jueves, 11 de julio de 2019

Dos de cal y una de arena: Download Festival 2019 + (Día del Orgullo) + Bon Jovi en el Wanda


DOWNLOAD FESTIVAL MADRID 2019

De antemano, el cartel de este año del Download Festival no parecía acabar de convencer. Eso sí, los cabezas visibles eran suficiente razón para decidirnos a cruzar el Atlántico una vez más. Pero muchas veces las previsiones no se ajustan a la realidad y, en este caso, para bien.




Viernes, 28 de junio

Nuestra avanzadilla, Alfredo y David, se acercó el viernes para ver principalmente a unos Papa Roach, que al parecer dieron todo lo que pudieron, y a unos Scorpions que vinieron a cumplir el trámite que Aqueronte les está ofreciendo desde hace tiempo. Pero ya se sabe, en el rock no se jubila nadie. Amagan con ir al asilo y acaban escapando por la ventana.

Sábado, 29 de junio

El sábado se unió el segundo séquito, Suso y el que les escribe. La atracción del día se centraba principalmente en Stone Temple Pilots y Slipknot. No obstante, durante la tarde pudimos disfrutar de varias sorpresas como la que ofrecieron El Altar del Holocausto en el escenario 4. Muchas risas nos habían proporcionado previamente esta banda madrileña, tanto por su nombre como por su estética kukluxklaniana. Y es verdad que su indumentaria y el escenario lleno de cruces tiran un poco para atrás, pero la banda hace un post rock instrumental que crea una atmósfera bastante aceptable.

Rival Sons fue una de las revelaciones del festival. Su sonido zeppeliano setentero, agradable y muy honesto, se subió al escenario 2 para trasladarnos a otra época, haciendo un contraste musical muy adecuado con lo que habíamos escuchado hasta el momento. Actitud estupenda de su cantante, que tiró de su fondo de armario para involucrarnos en el ambiente que quiso, ayudándose de sus poses afeminadas propias del mismísimo Robert Plant. Un auténtico cock rock que tiró de la banda de una forma muy profesional, incluso cuando el sonido les jugó una mala pasada en una de sus últimas canciones. La tarde ya estaba calentita.

Red Fang se desempeñó bastante bien con su sonido punkero y canallita pero, para el que escribe, ese sonido nunca fue santo de su devoción y mucho menos ahora. Me vale con un par de temas.

La barca vikinga de Amon Amarth se volvió a subir al escenario tres años después de haberlos visto navegando en el Rock Fest de Barcelona 2016, donde nos dejaron con un buen sabor de boca. El cuerno de cerveza de Johan Hegg se elevó varias veces en el escenario para delirio de los asistentes, que no pudieron dejar de responder una y otra vez a las salutaciones del frontman: "¡Skol!".

Stone Temple Pilots había generado cierta expectación en cuanto al rendimiento de su nuevo cantante. Salir a sustituir a nada más y nada menos que al malogrado Scott Weiland no era una tarea sencilla. Pero había algo con lo que algunos no contábamos y es que se trata de un "triunfito" y estos saben emular a los artistas como nadie. Aun así, la duda que nos quedaba era si desprendería el aura de la banda. El chico lo clavó. A la voz, exactamente igual a la de Weiland, quizás algo más limpia, unió las posturas propias de una estrella del rock y se atrevió a añadir algo propio de los "triunfitos" como bajar del escenario y desfilar entre la multitud dándose un baño de masas. El público quedó entregado a temas míticos como Plush, Down o Roll Me Under.

A Slipknot se le conocen muy bien sus performances, que están llenas de buen sonido, pirotecnia y un gran juego de luces. No decepcionaron en su esperado regreso. Corey Taylor, quien combina espléndidamente sus labores con Stone Sour, comandó a los enmascarados para calentar el ambiente al máximo y volver a casa con un sabor de boca espléndido. Por allí sonaron todos los temas más esperados como Unsainted, Before I forget o una Duality que se coreó como si fuera la última canción del mundo. Así cerraron una grandiosa noche que nos dejó con muchas ganas de volver al día siguiente.

Domingo, 30 de junio

El domingo se nos unió el último eslabón de la cadena: Julio. Así, ya todos juntos, volvimos a adentrarnos en los magníficos exteriores de la Caja Mágica. Gran organización que dio la sensación de un control y seguridad totales.

El calor, protagonista de esta jornada, parecía que no iba a superar el nivel del día anterior. Pero lo consiguió. Soluciones más viables y rápidas: mojarse la cabeza en los grifos instalados en algunos laterales y agenciarse unas cañas. Por lo demás, la organización salió al rescate haciendo subir a un chaval con una manguera de bombero para regar constantemente al público que ardía fervorosamente por la temperatura cercana a los 40° y el show que se marcaron los Brass Against. Todos entendimos lo mismo cuando acabó su espectáculo a media tarde: menos mal que esto no había sucedido en el tramo final del día; de lo contrario, nos hubiesen tenido que sacar de allí con espátula. La banda pasa por su filtro de instrumentos de metal canciones de Rage Against The Machine, Tool o Audioslave. Y el resultado es impresionante. Se vienen arriba comandados por una cantante, Sophia Urista, que vuelve loco a todo el mundo, no solo porque no para de moverse y animar al público, sino porque posee una voz prodigiosa. Se salió del escenario para desorbitar a todo el público congregado ante el escenario 2 y lo hizo corear como posesos aquellas "Fuck you, I won't do what you tell me. Motherfucker!".

Toundra. Sin duda alguna, la banda madrileña es una de las mejores en esto del post rock instrumental a nivel europeo. Como siempre, se hicieron un setlist que crea un ambiente apocalíptico que te hace viajar en el espacio y el tiempo. Pero es verdad que pierde un poco al aire libre y con el sol pegándote en el lomo.

En el escenario 2 ya se preparaban Soulfly. Max Cavalera y los suyos ya no suenan novedosos como antaño, pero pusieron toda la carne en el asador, dirigiéndose al público de vez en cuando en un correcto español. Eso sí, todas las miradas estaban puestas en su hijo, Zyon, que aporreaba los parches de la batería como un auténtico poseso. De tal palo...

Por allí estuvieron también Sum 41, quienes dieron todo y más sobre el escenario matizando su actuación con algunas versiones de clásicos del rock. Gran espectáculo que, sin embargo, este que les escribe no sabe disfrutar como sus fans.

Y llegó el momento más esperado: Tool. Una enorme estrella de siete puntas se erigió en lo alto del escenario y el solar del festival se llenó como nunca: unas 70 000 personas, según algunos medios de comunicación. Dos pantallas enormes mostraban imágenes de los vídeos hipnóticos para acompañar a las también hipnóticas canciones perfectamente ejecutadas por cuatro enormes músicos.

Arrancan en una comunión especial, con un sonido espectacular apoyado en las bases rítmicas de Danny Carey a la batería y Justin Chancellor al bajo. La guitarra de Adam Jones suena con una gravedad exclusiva, con un groove contundente que te mueve el cuerpo con mucha facilidad.

Maynard aparece en un segundo plano, en una tarima, con una estética cyberpunk, cresta incluida, como extraído de una película futurista, aferrado al micro y formando una imagen críptica muy enloquecedora.

Desde los primeros acordes de Aenema el espectáculo fluye como la seda pasando por grandes canciones como The Pot o Forty Six & 2. Los riffs de Vicarious y Jambi encandilaron a un público totalmente entregado, que llegó al éxtasis con el cierre de Stinkfist.

Interludio

El paréntesis entre conciertos se hizo gracias a la coincidencia de la Cabalgata del Día del Orgullo. Madrid se vistió de los colores del arcoiris, pese a quien le pese, para dar paso a una alegría y diversión catárticas, envolventes y muy disfrutables.


BON JOVI + MAREA



7 de julio de 2019

Acercarse al Wanda Metropolitano tenía el atractivo de ver un moderno estadio con una arquitectura espléndida, en el que seguramente se disfruta el fútbol a tope, no solo por su entregada afición sino porque desde todos los lados se alcanza a ver perfectamente.

Por otro lado, no parece ser el mejor sitio para un concierto. Sus problemas de acústica son bastante perceptibles desde un primer momento. No obstante, nos encontrábamos allí para disfrutar de una banda que durante décadas se encumbró como una de las mejores en directo: Bon Jovi.

Comencemos con un primer error. Para esta ocasión la organización del evento eligió, no sé cómo demonios, a la banda nacional Marea como teloneros. Incomprensible. Se trata de una banda que nada tiene que ver con Bon Jovi, que declaró en su Facebook oficial de forma despótica algo así como que el guapito de Nueva Jersey los había invitado a abrir para ellos y que habían aceptado para no hacerles un feo. Ese rollo de ir de malote, de pseudoartista y pasota está bien si eres elegante y tienes una legión de fans detrás de ti. De lo contrario, quedarás como un idiota, que es justamente lo que pasó.

Un sonido atronador en el peor sentido de la palabra, demasiado alto, sobre el que apenas se distinguía una sola sílaba que emitía el cantante Kutxi Romero. Eso sí, los comentarios entre canción y canción de esta mala copia de Extremoduro sobre Jon Bon Jovi, al que el Kutxi Kutxi denominaba "el Rubiales", estaban totalmente fuera de lugar. No he escuchado mayor ridículo de un artista menor telonero conocido en los bares del pueblo de su natural Navarra hacia otro artista mayor cabeza de cartel de una talla internacional indiscutible. Ni una sola línea más sobre estos indeseables.

Jon Bon Jovi saltó al escenario como emergiendo delante de unas pantallas enormes que se hubiesen podido ver desde el otro lado de Madrid. Está físicamente perfecto, lo que le permite ejercer unos movimientos sobre el escenario de líder indiscutible y una sonrisa encantadora que enamora al más pintado. Eso es así. Cuando la pantalla apuntó a Jon y este alzó los brazos sonriendo y mirando en nuestra dirección, a la chica colombiana de la fila de atrás casi le da algo y exclamó: "Ay, pero qué bello es".

Como decíamos, el montaje del escenario es impresionante. En el previo, las enormes pantallas nos vendieron la marca de salsa de tomate de Jon, su próximo crucero por el Mediterráneo y otros productos de merchandising. A esto se le une la pasarela que se cuela en el recinto y un juego de luces e imágenes con una nitidez de altísimo nivel.

El concierto comienza con una previsible Thie House Is Not For Sale y salta la alarma por el sonido poco ajustado, sobre todo en la voz. Esperando que esto vaya tomando el orden lógico, la banda arremete con una Raise Your Hands que, 35 años después, hace saltar chispas en el estadio. Los 50 000 asistentes tienen sus brazos puestos en alto y corean el estribillo hasta desgañitarse. Pero el problema de la voz no mejora. Es más, comienza a verse a Jon incómodo tras el micro, agarrado a él como una lapa y haciendo unos sufridos esfuerzos que empiezan a preocupar. Así seguiría todo igual hasta el final del setlist. Un setlist que, junto al público hiperagradecido, salvó un concierto que pudo haber sido mágico. Aquello fue una fiesta, pero Jon no estuvo bien a la voz. Por allí pasaron los clásicos del Slippery When Wet como You Give Love A Bad Name, Wanted Dead Or Alive o Livin´ On A Prayer y los del New Jersey como Born To Be My Baby, Bad Medicine, I'll Be There For You o Lay Your Hands On Me. En medio se incrustaron otros éxitos más tardíos como Have A Nice Day o It's My Life y alguna balada prescindible como Bed Of Roses, una ñoñada perfectamente sustituible por otra como Never Say Goodbye, por ejemplo.

El sufrimiento de Jon Bon Jovi estaba empezando a trasladarse a nuestros cuerpos cuando le veíamos hacer gestos extraños con el ojo derecho y cuando se le empezaron a salir las venas del cuello. Además se despistó de entrar en una de las canciones y pidió perdón a su banda. Desdibujaba las letras de las canciones con un tono bajísimo, haciendo cortes continuamente en el fraseo con truquitos de micro muy descarados.

Pero todo ello aparentaba no importar. La gente estaba allí para pasarlo bien y le echó el mayor de los capotes al músico. Esto lo hacemos entre todos, parecía ser la consigna.

No habían pasado 10 minutos de concierto y ya se echaba de menos a Richie Sambora. Cuánta ayuda habría hecho y cuánta falta nos hizo aquella noche.

Durante la parte más floja del concierto, mientras esperaba por el avituallamiento, una chica se me acercó y me preguntó qué me estaba pareciendo el concierto. Manifesté mis quejas con el tema del sonido y, sobre todo, la voz de Jon. Ella se encogió de hombros y me trasladó su preocupación por la crónica que tenía que escribir al día siguiente en su medio de comunicación (jamás me dijo cuál era). "Intentaré no ser muy dura", me dijo. "Escribe la verdad", le contesté; y nos despedimos.

En definitiva, el Wanda no parece ser un estadio para la música. La banda estuvo bien, sobre todo el desempeño de Tico Torres en la batería o David Bryan en los teclados. Jon estuvo mal a la voz. Esto es así, le pese a quien le pese.

Si no llegas a las notas de antaño, lo que hay que hacer (lo que se hace) es bajar medio tono a las canciones. Si crees que con esta maniobra las canciones deslucen, apóyate vocalmente en el resto de la banda. Si aún con esto no alcanzas unos mínimos, pues cierra el grifo, tómate un descanso. Es hora de ir pensando en un retiro digno para el recuerdo.

PD: Dejamos unos saluditos aquí para Chiqui y Marita, que también acudieron a ver a Bon Jovi.

sábado, 2 de marzo de 2019

El Faro de la Atlántida: Las series de tu vida I y II





Nada puede con la nostalgia de la televisión de nuestra infancia y adolescencia.
Súbanse al Faro con su bocadillo de nocilla para este primer repaso a las series de los 80 y 90.
Escucha aquí la primera parte (series hasta los 80).




Repaso con poco criterio y profundidad como estilamos en el Faro pero muy divertido, con Zaida, Ernesto, Ancor, Deif y Vikowski (desde los 90 hasta la actualidad).
Escucha aquí la segunda parte (desde los 90 hasta casi la actualidad).

lunes, 8 de octubre de 2018

El Faro de la Atlántida: La niebla y la doncella





Vuelve el Faro de la Atlántida en una segunda temporada que comienza con un viaje a La Gomera, buscando desentrañar un crimen cubierto en un denso velo de misterio.

Para hablar de La niebla y la doncella (2017), su director y guionista Andrés Koppel ha tenido la gentileza de subirse al Faro con Vikowski y Deif, para comentar, no solo los entresijos del rodaje, sino también compartir su perspectiva acerca de su trayectoria profesional, su pasión por el cine y, sobre todo, una enorme humanidad que bulle en cada palabra.

El Faro de la Atlántida emerge en uno de sus programas más especiales que cumple su principal premisa: Canarias como razón, escenario y sentido de este podcast.

Puedes escuchar el programa aquí.

jueves, 2 de agosto de 2018

El Faro de la Atlántida: Cobra Kai + Iron Maiden (Seventh Son of A Seventh Son)





Último programa en el que Vikowski y Deif repasan una de las sorpresas más agradables del año televisivo: la adictiva Cobra Kai; suben el volumen del radiocasete para celebrar 30 años del “Seventh Son Of A Seventh Son” de los incombustibles Iron Maiden y reflexionan sobre lo que ha sido esta primera incursión en la Podcastfera.

Puedes escuchar el programa aquí.


miércoles, 2 de mayo de 2018

El Faro de la Atlántida: Esta casa es una ruina + Mötley Crüe (podcast)



En este programa del Faro de la Atlántida se inaugura nueva sección dedicada al maravilloso mundo de los videoclubs en la que Ernesto, Fausto y Deif, aparte de hablar de la mítica "Esta casa es una ruina" (1986), recuerdan sus andanzas en aquellos mágicos lugares.
También vuelve la sección musical "Don´t Stop Believin", esta vez, para que Deif y Vikowski se sumerjan en la discografía de los chicos malos del rock n´roll, los Mötley Crüe.
Comedia en VHS y hard rock envuelto en fuego, sangre y laca en el Faro de la Atlántida.
¡No se lo pierdan!

miércoles, 31 de enero de 2018

The End of The F***ing Comedy

Dos hechos nos han revelado en las últimas semanas algo que llevábamos sospechando hace mucho.

El primer hecho es un programa televisivo dedicado a la figura de un genio, Miguel Gila.



En la serie de documentales Imprescindibles, RTVE ha elegido a esta ineludible persona y personaje, y nos ha presentado al gran humorista bajo el subtítulo de Gila nunca fue serio. Lo primero que se nos viene a la cabeza es que los redactores estaban haciendo uso de la ironía con este subtítulo. Quizás podamos pensar (o no) que la lectura se ha hecho de forma literal, que la intención era separar el personaje de la persona. Sin embargo, una vez que visualizamos el magnífico trabajo de este genio, nos damos cuenta de que Gila realizaba el mejor de los análisis sobre la realidad que le tocó vivir que, sin forzar en exceso, nos resulta un análisis muy parecido al actual. Nada ha cambiado en esencia. Nada ha cambiado, salvo que Gila podría llevarse en la actualidad algún disgusto con las autoridades. Qué curioso y qué anacrónico. 



El segundo hecho nos remite a la serie de Netflix The End of The F***ing World.

La serie, aparentemente dirigida a un público juvenil, es tan cómicamente cruel que refleja perfectamente la realidad, cual espejo enorme del escenario del mundo. Muestra nuestros instintos básicos, nuestras acciones controladas absolutamente por el poder del interés propio. Pero también muestra un ápice de salvación, sin moralinas. 



Las evidencias son muy claras. Vivimos en un país tosco, literal. Tan literal que confundimos realidad con ficción. Intentamos trasladar la realidad a la ficción, cuando realmente lo que hay que hacer es buscar la analogía que resulta de la ficción.

Este país ha postergado definitivamente el significado de ficción de la misma manera que ha perdido por completo el sentido del humor y ha olvidado totalmente su función, que no es solo hacer reír. La ficción y el humor nos dan la descripción detallada de esa realidad, pero no es la realidad. Tanto la ficción como el humor nos aportan diferentes enfoques y posibles soluciones. Son teorías muy serias que nadie se atreve a llevar a cabo porque no interesan. Y es una lástima que la mayoría de nosotros no se las tome en serio.

PD: Afortunadamente, el relevo generacional nos ha aportado cómicos como Ignatius Farray, quien se atreve a apostar irónica e irreverentemente por El fin de la comedia.



jueves, 28 de diciembre de 2017

Espero que no vuelva




¿Qué pasaría si Hitler no hubiese muerto en aquel búnker en 1945? ¿Y si se hubiese quedado dormido, criogenizado y, por algún motivo desconocido y manera extraña a nuestro entender, apareciese en mitad de Berlín en el año 2014? Y lo que es peor, ¿y si una vez aquí, entre nosotros, lo tomásemos por falso, como si fuera un actor de método?

Este es el arranque de una curiosa película producida en Alemania, mezcla de drama, sátira y humor, que nos presenta una Europa actual desorientada. La historia se presenta bajo la atenta mirada y el análisis clínico del dictador. Para ello, la cinta está grabada casi en su totalidad con cámara subjetiva y con un formato de falso documental que le añade un enfoque mucho más verosímil. Un guion genial, basado en la exitosa novela de Vermes Timur, cargado con una crítica ácida que es imposible no relacionarla con aquella otra obra maestra del cine alemán que es Good bye, Lenin!

El descontento que se palpa en las calles a poco que Adolf Hitler remueva cualquier tema social le hace pensar que la situación es perfecta para su añorada intervención y sus ansiadas pretensiones. El clima es perfecto. Una dependienta de un restaurante, que procede del antiguo este de Berlín, explica los motivos por los que no va a votar: "Allí, arguye, votar consistía en marcar la X justo donde te pedían que la pusieses; ahora, en el sistema democrático actual, todos votan lo que quieren, pero luego los de arriba cambian de sitio la X y, al final, todo queda igual que lo que sucedía en el este". Escalofriante declaración. Un joven le comenta al dictador que él cree que el partido que gane debe decir lo que hay que pensar y hacer. "Esa es la democracia que a mí me gusta", le responde Adolf Hitler.

El Führer reflexiona sobre lo que va viendo y escuchando: "Reconozco que lo que más me ha sorprendido es la gente", "La gente me sigue porque en el fondo son todos como yo", "Había una ira contenida en el pueblo que me recordaba a 1930. Solo que ahora se le llama desencanto político". Con una facilidad pasmosa es capaz de sacar lo peor de la gente en la calle: la xenofobia, el racismo, la manipulación de los medios de comunicación. Sobre todo, esto último. El invento de la televisión le fascina. ¿Qué no hubiera podido hacer un megalómano de este calibre y su entramado propagandístico en la actualidad con tales herramientas en los medios de comunicación de masas?

Alguien que por un momento trata de tomárselo en serio le pide argumentos a sus deducciones y él no duda ni un segundo: "El sólido fundamento de mis convicciones me permite llegar sin esfuerzo a las conclusiones correctas". Qué pena que ya no existan sólidos fundamentos y convicciones como esta; y qué lástima que las conclusiones no sean otras.

La interpretación de Hitler por parte de Oliver Masucci (quien ha aparecido recientemente en la serie Dark) probablemente sea de las mejores hasta la fecha. Comparable a la de Bruno Ganz, que estuvo magistral en El Hundimiento. Quizás la de Masucci se muestre aún más natural, cotidiana, cómica si se quiere. Pero, ¿es que acaso el personaje del Führer no era un personaje cómico? Charles Chaplin lo demostró con exquisitez en la insuperable El Gran Dictador allá por 1940, en plena actuación del personaje histórico. ¿No ha sido siempre la comedia la más seria crítica de la realidad?


Estamos viviendo en un mundo donde se considera loco al que destapa la locura del que lo está realmente. ¿Buena parte de la población actual seguiría, una vez más, los ideales y acciones del nazismo en virtud de falacias y manipulaciones de la realidad? ¿No le sería fácil a un personaje de estos llevar a cabo sus pretensiones en la actualidad en medio de esta tremenda confusión? ¿Será acaso que en realidad ya está entre nosotros? ¿Habrá vuelto?

jueves, 9 de noviembre de 2017

El poema de la criada



La noche no cae, se levanta
Mi vida se diluye

viendo las vírgulas de agua rodar en el cristal

esperando a que mis ojos se adapten a la oscuridad
¿O quizás a la luz?
Me grito mentalmente
no puedo tocarme por fuera

El pequeño poder de no poder ser tocada
me regocija
Soy de alguien que impide ser de otros
Ellos fruncen el ceño, miopes de poder
un poder que no pueden ejercer

Pertenezco a alguien pero no soy de nadie
no lo entiendo
Soy pero no siento
siento que no soy por ello

Escapo hacia dentro
hacia el recipiente que soy
tocando todo el interior de mi cuerpo
comiéndomelo
comprobando que estoy viva
quizás simplemente que estoy

La voz aparece de nuevo
sin procedencia exacta
emana de las paredes de mi seno
"No dejes que te quiten lo de adentro"
Y me reservo
y tengo miedo
calculo y desaparezco

Vikowski

Puedes escuchar el primer programa aquí de El faro de la Atlántida donde se da una visión particular sobre el libro y la serie El cuento de la criada (primera parte) y el disco 1987 de Whitesnake (segunda parte) dentro de la sección Don´t Stop Believing.


domingo, 10 de septiembre de 2017

Miedos cotidianos. Desmemoria Blues

Solo se inventa mediante el recuerdo

Alphonse Karr

El otro día estaba leyendo un libro y algo hizo que me detuviese, algo que ahora mismo no recuerdo. Era algo que había leído y quería comprobar documentalmente. Como un resorte, cogí el móvil, como hago siempre, a modo de manual de consulta inmediata. Pulsé la barra de Google pero no supe qué teclear. El cursor parpadeaba, me miraba. Intuí que tenía la mano en la cintura, en forma de jarra, con un gesto de "estoy esperando", pero no pude contestarle. No supe. Volví al libro que me estaba leyendo. Era... ¿Cómo era el título? No recuerdo. Era una escritora danesa. O era una escritora francesa. Nada. No recuerdo nada. Ah, sí, eso, Nada, ese era el título.

Por la tarde, conversando con unos amigos sobre música, comenzamos a recordar influencias de unos músicos sobre otros músicos. Las canciones de las que hablábamos me recordaban claramente a sus intérpretes, a sus composiciones, pero no era capaz de recordar cómo se llamaban. Los veía en mi cabeza tocando en el escenario, pero ni rastro de sus nombres. Escuchaba sus acordes perfectamente, pero no era capaz de recordar ni un título. La conversación se paralizaba por momentos para esperar por mis referencias musicales, que no aparecían. ¡Qué imagen estaría dando, por Dios! Pero esto tampoco lo recuerdo.

Luego pasamos a las películas, y a las series de televisión, de las que solo fui capaz de recordar temáticas y argumentos, pero nada sobre los actores y sus interpretaciones. Justo cuando pasaban por allí unos familiares lejanos que decidieron saludarme, de los que no pude recordar sus nombres, un amigo me hablaba de otro amigo común del colegio. Me dio su nombre y características físicas y síquicas, pero mi cerebro no acercó imagen suya alguna.

Achaqué todo esto a la gran cantidad de información que se va acumulando en nuestros cerebros, la que acumulamos todos cada día, la que llega por todos lados desde que abrimos los ojos a primeras horas de la mañana, o de la tarde, o de la noche. ¿Estaría acercándose ese Alzheimer galopante que va invadiendo los discos duros de nuestra sociedad? ¿Quizás la culpable sea cierta bebida espirituosa que ingiere mi organismo en cantidades desproporcionadas de vez en cuando, o a menudo? No sé ahora mismo si lo achaqué a otra causa. No lo recuerdo.



El lunes pasado, sin ir más lejos, ¿o fue el viernes?, me preparé para salir de casa. Llamé al ascensor, llegué a la planta baja, abrí la puerta de la calle, recorrí dos manzanas y entré en una farmacia. El dependiente que estaba al otro lado del mostrador me indicó con un gesto que era mi turno, pero... Sí, así fue: arrastré una m larga buscando en mi cabeza el motivo por el que estaba allí, pero no surgió la más mínima idea. No sé cómo se me ocurrió, pero en unas décimas de segundo me vi contestándole al dependiente algo absurdo: "No se preocupe, estoy echando un vistazo". El hombre mostró un gesto forzado de complicidad, giró su cabeza para buscar a sus compañeros de trabajo y avisó con la mirada de mi presencia sospechosa en el establecimiento. Todo ello lo sé porque vi ese gesto a través del cristal del nuevo expositor de complejos vitamínicos. Al menos, eso es lo que yo recuerdo. Es sorprendente como la memoria difumina los hechos.

Anoche me llegaron a la cabeza, de pronto y sin avisar, una lista de títulos de libros y otra muy larga de nombres de músicos. Tenía todos los datos numéricos de la deuda económica de los países de la Unión Europea, podía recitar ¡de memoria! los miembros más destacados de la Generación del 27, la lista de clase de 8º de EGB con nombres y primeros apellidos, los títulos de canciones de más de trescientos discos con referencias de su autor y año de publicación, podía recitar diez o quince poemas de la historia de la literatura española, las alineaciones del Fútbol Club Barcelona de las últimas cinco temporadas, las mejores películas americanas con sus directores y actores principales, y hasta la tabla periódica de los elementos. Pero no pude recordar para qué recordaba todo eso. Era una llegada aterradora, más aterradora aún que la sensación de no recordar. Quizás porque empiezas a vomitar toda esa retahíla de súbito, sin más, y puedes llegar a parecer un demente.

Entonces pensé que todo podía estar motivado por una maniobra que había realizado hacía ya unos meses en casa. Decidí que era el momento de abrir espacio, de tirar a la basura todo aquello que ya no era útil. Pero este es un acto que sabes cuándo inicias pero no cuándo finalizas. El detonante está en tirar un viejo recuerdo: aquel llavero que te trajo tu hermana cuando fue de viaje a Alemania; una fotografía de aquella excursión que hiciste al parque nacional con un grupo del que ya no recuerdas la mitad de sus nombres; un horrible sacatapas que compraste en Portugal; ay, aquellas cintas de casete de toda aquella música generacional que sigue sonando en mi cabeza y en mi alma... En definitiva, que empecé a desechar cosas que entendí que eran inservibles sin darme cuenta de que, en realidad, lo que estaba haciendo era enterrando mis recuerdos.



Últimamente he decidido apuntarlo todo lo más rápidamente posible, pero creo que normalmente me olvido de hacerlo. Ahora mismo no recuerdo. Un amigo me dijo que no me preocupara, que eran tonterías mías pero, que si me quedaba más tranquilo, que se lo comentara al médico de familia en cualquier consulta rutinaria. Pero el caso es que siempre que voy a consulta me olvido de hacerlo. Ya ven, juzguen ustedes mismos si es para preocuparse o no.

Pero, ¿qué les estaba contando?

miércoles, 5 de julio de 2017

Taxistas del mundo y rock progresivo (Be Prog My Friend 2017)



Viernes. Baloncesto, proposición decente y rock

Tras tropezarnos varias veces con el "Chacho" Rodríguez en el aeropuerto de Los Rodeos, salimos con 45 minutos de retraso hacia Barcelona. La resignación pudo con nosotros al comprender que iba a ser imposible llegar a tiempo para ver la actuación completa de Mike Portnoy y su Shattered Fortress.

Pero es probable que el piloto se pusiese de nuestra parte pisando a fondo para recortar una media hora de vuelo. Todo se hizo un poco más llevadero y la tensión se rebajó bastante cuando una azafata le pidió matrimonio a bordo al sobrecargo y los pasajeros estallaron de júbilo entre un "quesebesen" unificado.

Rachid nos trasladó en taxi del aeropuerto al hotel. No hizo falta más que una pequeña indicación para que localizara en su cabeza la situación de la calle.

—Al llegar al hotel, ¿podría esperarnos unos minutos para seguir hasta el Pueblo Español?

—Sí, sí, claro.

Pero al llegar, Rachid nos avisó de que no podía esperarnos porque delante del hotel había una parada de taxis. No era legal.

Dionisio, el siguiente taxista de unos 60 años, continuó con la tarea tras registrarnos fugazmente en el hotel.

—¿Y qué hay en el Pueblo? —dijo sin ningún acento catalán.

—Un festival de rock progresivo, o sinfónico como se llamaba antes.

—Uf, vaya. ¿Y de dónde venís?

—De Canarias.

—¡Ostras! ¿Solo a eso? ¿Y sin las parientas? Sois mis ídolos...

(Risas extras)

Tras un momento de silencio y tras pasar la plaza de España, Dionisio añadió:

—Pues en Can Zam está el Rock Fest también.

—Calle, que lo sabemos, pero teníamos que decidirnos.

—Vienen los Deep Purple.

—Ya, ya, por eso.

—Y los Aerosmith.

—Sí, sí, para esos tenemos entradas en Tenerife el próximo sábado.

—No paráis, ¿eh? A mí los Purple me molan, los clásicos de AC/DC, los ZZ Top...

Dionisio nos relató que un cliente italiano le había hablado de un grupo del país transalpino que vienen a ser los homólogos de Barón Rojo y se ocupó de ponernos una muestra en el equipo de música de su taxi en un semáforo en rojo.

—Pero yo, por ir a conciertos, he ido hasta Joan Manuel Serrat. 11 horas me tuvo en cola la parienta para comprar las entradas. Bueno, a mí no exactamente. Yo iba a comprar bocatas y cervecitas para que no le faltara de nada. Bueno, aquí estamos, el Pueblo. Venga, dadle duro.

La plaza de El Pueblo tenía un aforo perfecto para moverse entre la gente. Y si hay que destacar algo de todo el fin de semana fue el sonido pulcro y afinado, certero y ajustado, en un recinto admirablemente sonorizado. El Poble Espanyol es un sitio perfecto para escuchar música en directo.

Aprovechamos para acercarnos hasta el escenario mientras el señor Portnoy bateaba sin descanso con su Tama las primeras canciones de su Twelve-step Suite. Esta exclusiva gira la hace junto a la banda inglesa Haken más el excelente guitarrista Eric Gillete (Neal Morse Band), quienes cumplen en la ejecución de forma extraordinaria. Eso sí, al vocalista de Haken se le vio a veces un tanto incómodo para llegar a las extremadas agudas notas de James LaBrie. Pero todo estaba muy bien pensado. Gillete, quien se desenvuelve muy bien en el aspecto vocal, aportó cuidado y finura a The Root Of All Evil. Portnoy, que evidentemente no es un cantante brillante, interpretó a las voces Repentance mientras marcaba ese contratiempo a la batería que le da mucha más emotividad a ese soberbio tema. Cuando ya se pensaba que estaba todo terminado y, a pesar de ser muy temprano, volvieron a salir a escena y movieron a la masa como se esperaba con una Dance of Eternity majestuosa, tema añadido a la suite que vale todo un concierto.

Marillion era otro de los platos fuertes del día. Las expectativas estaban altas y así se mantuvieron, hasta el final. Un histriónico Steve Hogharth, perfecto a la voz, subiendo y bajando mientras utiliza el falsete en su justa medida para dar dramatismo a las letras, iba perfectamente acompañado al bajo del talentoso y animado Pete Trewavas y de la elegante guitarra de Steve Rothery. Los británicos vinieron a presentar su última obra F.E.A.R. y por ello el setlist fue un 90 % de ese disco. El punto más emocionante fue cuando empezaron a sonar los acordes de The New Kings. Seguro que a alguno se le fastidió la próstata mientras escuchaba atónito el recital, pero no creo que le haya importado lo más mínimo.

Con un buen sabor de boca y pletóricos por lo que habíamos presenciado, nos subimos al taxi de Mustafá que nos llevó con corrección al hotel, sin incidentes y ahorrándonos algún euro en la carrera.



Sábado. Gastronomía, el problema del servicio público y sorpresa en el rock

Tras la inspección a la zona gastronómica de Sants, Norberto nos recogió en la estación no sin antes mantener una discusión bastante acalorada con otro taxista que le había indicado a quién le correspondía el turno. Por el camino, nuestro conductor hispanoamericano nos dibujó los entresijos del problema del gremio en Barcelona a través de un monólogo.

—Todo lo que nos está pasando en este trabajo es poco. Nosotros mismos no le paramos la bola a esa mierda y este que me acaba de decir le conozco yo bien y es un hijo de puta. Perdónenme la expresión, amigos. Le tocaba a él el turno, pero como ustedes los pasajeros no llevaban maletas, ya vieron que la colita era próxima y no les convenía. Si a mí me da igual, yo estoy trabajando y hago el servicio que me toca. Además, si yo ya tengo el día ganado, que he ido a Tossa de Mar. Bueno, amigos, aquí estamos, 6,25 €, y que se la pasen muy bien. Hasta luego.

Abrir un festival a las 17:15 de la tarde con todo lo que queda por delante es tarea ardua. Pero cuando una banda cree en lo que está haciendo y se preocupa al milímetro de transmitir al público sus emociones hechas canciones, el obstáculo es mucho menor. Con el sol todavía dando en la nuca, Jardín de la Croix salieron a mostrar su post rock atmosférico que llenó el recinto de sensaciones espaciales. Cada canción es un capítulo individual de una novela diferente. La banda pone toda la carne en el asador y por eso les ha llovido y le seguirán lloviendo ofertas internacionales. Es difícil destacar a un músico sobre otro, porque realmente son muy buenos todos, pero Israel Arias es un batería al que habrá que seguirle la pista. Por cierto, estuvo a nuestro lado un rato escuchando a Devin Towsend.

Toda la prensa alaba a Devin Towsend como un adelantado, un virtuoso y un gran compositor, pero cuando la propuesta musical no nos llega, pues no nos llega. Hasta aquí.

Según cuenta la prensa especializada, Anathema acaba de grabar uno de sus mejores discos, The Optimist. Aún no hemos podido escucharlo, si exceptuamos la propuesta de algunos temas que nos hicieron desde el escenario esa tarde. Lo que está claro es que a los hermanos Cavanagh se les ve muy cómodos con lo que están haciendo, que ponen mucho empeño y cuidado. Lo que son ahora no es más que una evolución natural de lo que ya venían haciendo estos últimos años, desde que dejaron de hacer death metal, ¿quién lo diría?

Nuestra apreciación nos hizo suponer que el público joven que estaba allí ese día lo hacía para verlos a ellos. 

Siete años han pasado ya desde que los viéramos en el Sonisphere de Getafe a media tarde, con un sol que pegó tan duro sobre la frente albina de Vincent Cavanagh, que al finalizar su actuación seguramente tendría que ser atendido con tubos de aftersun.

Las voces de Lee Douglas y de Vincent están perfectamente conjuntadas y se funden para dar ese tono melancólico que actualmente posee la banda. Sin embargo, antiguos himnos como Natural Disaster siguen siendo los que motiven al personal. Quizás echamos de menos que estas nuevas composiciones estén prácticamente desprovistas de algún riff algo más roquero, pero no se puede pedir más.

La banda cerró su actuación con unos bises improvisados por un visiblemente desmejorado Daniel Cavanagh, acompañados de percusiones varias y prometiendo volver a Barcelona y Madrid el próximo otoño.

Jethro Tull. 55 años lleva en la música Ian Anderson. No esperábamos gran cosa de esta mítica banda, pero la sorpresa fue mayúscula. Sobre el escenario apareció el eterno juglar que no paró en ningún momento de tocar, cantar y dirigirse al público como un chaval de 20 años. Anderson ha encontrado la banda perfecta para deleitar a su público de siempre y proponerle al público actual una modernísima reinterpretación de sus temas, gracias a la incorporación del joven guitarrista alemán Florian Opahle, que se compagina con el resto de músicos fluidamente. Anderson no fue nada egoísta, dejó que sus músicos se explayaran en sus instrumentos, los jóvenes y los no tan jóvenes. Por allí desfilaron temas de la talla de Aqualung, Thick As A Brick o Living In The Past que Anderson introducía brevemente comentando su año de composición allá por los ¡años 60! Sinceramente, se nos borró del pensamiento que al otro lado de la ciudad estaban los Deep Purple sobre el escenario.



Nuestro taxista de esa noche pasó totalmente desapercibido. Un simple chascarrillo que aludía al descanso y nos plantamos en la cama del hotel a disfrutar en silencio de las buenas sensaciones.