lunes, 24 de abril de 2017

Un comentario a Deshacer el mundo

Deshacer el mundo
de
Héroes del Silencio
Empezar porque sí
y acabar no sé cuándo
el azul me da cielo
y el iris los cambios
los astros no están más lejos
que los hombres que trato
repito otras voces
que siento como mías
y se encierran en mi cuerpo
con rumor de mar gruesa

Te he dicho que no mires atrás
porque el cielo no es tuyo
y hay que empezar despacio
a deshacer el mundo

El aliento de la tierra
y su calma serena
y la sombra de la tarde
es una mano que tiembla
la música me abre secretos
que ahora están dentro de mí
al final después de todo
no somos tan distintos,
un oasis en desierto
donde queda la paciencia

Te he dicho que no mires atrás
porque el cielo no es tuyo
y hay que empezar despacio
a deshacer el mundo

Ponme fuera del alcance
del bostezo universal
nos veremos en el exilio
o en una celda
ponme fuera del reposo
en mi historia personal
soy un ave rapaz:
mirad mis alas!
La canción Deshacer el mundo es una de las piezas que conforman el cuarto y último álbum de Héroes del Silencio, una de las mejores bandas de rock españolas de todos los tiempos, que logró un gran éxito en España, Hispanoamérica y en varios países europeos como Italia, Bélgica, Alemania, Suiza o Francia.
La obra a la que pertenece este corte musical se publicó en 1995 bajo el nombre de Avalancha, un título contestatario e intencionado y que supone el culmen de una sobresaliente tetralogía iniciada con El mar no cesa en 1988 y continuada con Senderos de traición y El espíritu del vino.
Entre una maraña de grupos de pop rock de la denominada Movida de los años 80 del siglo pasado y cuyo objetivo común era la de provocar a un público que se empezaba a creer aquello de la democracia, surgen cuatro agrupaciones que se caracterizan por el extremado cuidado y el perfecto equilibrio entre forma y contenido que desemboca en una trabajada instrumentación y una lírica extraordinaria. Estos grupos eran El Último de la Fila, Radio Futura, Mecano y Héroes del Silencio.
En el plano lírico, Héroes del Silencio y, en concreto su compositor Enrique Bunbury, se desmarca del enfoque temático predominante en las composiciones de la época, cargando sus versos de numerosas metáforas. Con Avalancha se rebaja este lenguaje metafórico y, con un estilo mucho más directo, se invita al público a no permanecer estancado, a luchar contra el inmovilismo social, tal y como se muestra en la canción que nos ocupa.
Aunque esta composición no contenga una letra excesivamente críptica, sí presenta esos rasgos característicos de la poesía de este autor: la ambigüedad y el simbolismo. La carga lírica de sus versos, que evocan sentimientos propios, provoca diversas interpretaciones que el artista deja a elección del lector puesto que, como el propio autor ha manifestado, muchas veces son ideas inconexas que emanan de situaciones oníricas o producidas por un estado lisérgico.
La estructura de la canción se ajusta a los cánones clásicos (estrofas + estribillo), otro rasgo más de la simplificación de la compleja forma usada por el autor en su obra anterior El espíritu del vino. Bien es verdad que a este esquema clásico se suma un puente musical sobre el que se escribe el mensaje más poético y reivindicativo de toda la composición: "Ponme fuera del alcance / del bostezo universal / nos veremos en el exilio / o en una celda / ponme fuera del reposo / en mi historia personal / soy un ave rapaz: / ¡mirad mis alas!".
En la primera estrofa el poeta, decidido y cargado de todos los argumentos y teniendo presente las consecuencias en el tiempo, comienza la lucha contra el inmovilismo y las opresoras convenciones sociales. Se queja del entorno social en el que se ve envuelto y por el que pululan personas que se acercan en la distancia física pero que se alejan en la forma de pensar. El poeta hace suyas las quejas de los oprimidos y muestra la gravedad con la que se toma el asunto, utilizando una metáfora marina que nos remite a la estilística de sus primeras obras como El mar no cesa: "Repito otras voces / que siento como mías / y se encierran en mi cuerpo / con rumor de mar gruesa".
Ya no hay vuelta atrás y, en el estribillo, el autor se dirige directamente a todos en voz alta, a los que miran para el otro lado y a los que protestan en voz baja, para indicarles que ya está todo decidido: habrá que rehacer paulatinamente el orden establecido y formar un nuevo mundo. El poeta no ve otra solución que la evasión de esa monotonía que impera en el sistema establecido y que hace a los hombres seres alienados. La solución comienza por la reestructuración de la cosmovisión actual. Es por ello que deshacer el mundo sea el único camino posible para el cambio.
La segunda estrofa es más críptica, aunque todo parece indicar que se trata de la descripción de ese statu quo difícil de afrontar. La música se presenta como una ayuda indispensable para unir las pequeñas islas que representan a cada persona ("al final después de todo / no somos tan distintos / un oasis en desierto / donde queda la paciencia").
El poeta solo contempla dos salidas: vivir bajo el yugo del sistema implantado o exiliarse hacia otro nuevo orden. Finalmente, se burla de los que pretenden que allí quede subyugado y les muestra su intención clara de partir volando.
Nos encontramos ante un personaje anónimo e inmortal que simboliza la lucha. El espacio y el tiempo en los que transcurre la acción son definitivamente irrelevantes, puesto que el tema tratado es atemporal, imperecedero e inherente al espíritu humano.
La mayoría de composiciones del artista está fuertemente influenciada por William Blake, Baudelaire, Óscar Wilde, Benedetti, Neruda o los poetas españoles de la Generación del 27. En este caso concreto, la impronta de Baudelaire y su concepción de la vida como una constante decadencia se cierne de forma evidente sobre su temática.
La canción es parte de un trabajo fundamental, pues supone el culmen del legado de la banda española de rock con mayor originalidad y proyección internacional de todos los tiempos: Héroes del Silencio. Un legado del que siguen bebiendo multitud de grupos y que aún sigue resonando en el corpus colectivo musical.




miércoles, 22 de marzo de 2017

1987, el año de la serpiente



Justo este mes hace 30 años de aquel primer encuentro, el que definiría a la perfección el gusto musical de un muchacho que se acercaba un día a la plaza del pueblo para encontrarse con sus amigos. Allí, sus oídos recibieron ese día las notas musicales más alucinantes que había escuchado hasta ese momento. Y comprendió que aquella música jamás lo abandonaría.

Del radio casete de doble pletina salía una solemne entrada que a continuación era surfeada por la voz de un tipo que alcanzaba registros inigualables para los oídos de aquel chico. Comprendió que lo que había estado oyendo hasta ese momento estaba bien, pero aquello era mejor. Aquella música lo zarandeó de un lado a otro, le hirvió la sangre y le provocó el más profundo sentimiento. Después de todos aquellos tintes zeppelianos, ese ritmo sensual que aporta el riff, el interludio de lamentos vocales que erizan la piel y el aporte guitarrero ejecutado con un arco de instrumento de cuerda clásico, brota de nuevo la fuerza que desata la auténtica locura. Una auténtica gozada de canción: Still Of The Night de Whitesnake había visto la luz el mismo día que vino al mundo este muchacho unos años antes. ¿El destino?




El resto del disco sonó de arriba abajo y de abajo arriba una y otra vez sin que nadie se saltase un detalle. Sus títulos parecían componer un pequeño poema sin ningún esfuerzo mental:

Cuando cae el sol
Llorando bajo la lluvia
Corriendo bajo la cubierta de la luz de la luna
Aquí voy de nuevo
Como un vagabundo
Como un chico en la penumbra.

Me fui derecho a tu corazón
Buscando amor
En la quietud de la noche
¡No te vayas!
¿Es esto amor?
Por favor, no vayas a romperme de nuevo.

¿Cómo se gestó esta obra?

Muy difícil era superar un grandioso disco anterior, Slide It In, pero Coverdale ideó un plan para romper los mercados sin necesidad de prescindir del sello blusero de la serpiente blanca. Supo aprovechar el momento, darle una vuelta de tuerca a su música. Y lo consiguió.

Pero todo esto no fue sencillo. El proceso de grabación fue un auténtico calvario. El estupendo guitarrista John Sykes se encierra en una ciudad francesa con el exvocalista purpleano David Coverdale para preparar las ideas.

(No olvidamos que antes de Sykes existió una remota posibilidad de que fuera nada más y nada menos que Gary Moore quien se uniera a la banda del reptil blanco. No alcanzamos a pensar qué hubiese salido de ahí)

Al binomio mencionado se le suman más tarde el bajista Neil Murray y el reconocido batería Aynsley Dunbar (ex John Mayall, David Bowie, Jeff Beck) para grabar las primeras pistas en Canadá. Allí comienzan las diferencias en la dirección de las composiciones entre el guitarrista y el líder de la banda, y es justo entonces cuando David Coverdale se ve afectado por una terrible sinusitis que lo retira del proceso unos seis meses. John Sykes se impacienta y sugiere seguir la grabación con otro vocalista.

Pero, ¿esto qué es? ¿Este chaval había olvidado que Whitesnake es propiedad de Mr. Coverdale? La relación se tensó y se rompieron todos los acuerdos. Sykes salió defenestrado, aunque se llevó parte de los derechos de autor que, por supuesto, se merecía este gran compositor, creador de varios himnos de la banda.

Tras la marcha de Sykes, se terminaron de grabar las pistas con la colaboración del teclista Don Airey y el guitarrista holandés Adrian Vanderberg. El resto de componentes se fueron marchando al ver que nadie les cerraba la puerta de salida. Finalmente, el proceso iniciado en 1985 había concluido a finales de 1986 y estaba preparado para editar en marzo de 1987.

El álbum tuvo dos ediciones: la americana, con 9 temas y denominada simplemente Whitesnake; y, la europea con 11 temas y denominada 1987. La disposición de los temas es diferente, pero da exactamente igual, el efecto es el mismo. Recordemos que esta obra se editó y triunfó en el año en que el hard rock y el heavy metal alcanzaron la cima. En ese año vieron la luz, entre otros, Wild Frontier de Gary Moore, The Joshua Tree de U2, Among The Living y I´m The Man de Anthrax, The Eternal Idol de Black Sabbath, Electric de The Cure, Hysteria de Def Leppard, Dream Evil de Dio, Introduce Yourself de Faith No More, Once Bitten de Great White, Appetite For Destruction de Guns N´ Roses, Love Is For Suckers de Twister Sister, Crazy Nights de Kiss, Keeper Of The Seven Keys I de Helloween, Fighting The World de Manowar, Girls, Girls, Girls de Mötley Crüe, Surfing With The Alien de Joe Satriani…

Viendo todo los sucedido era casi imposible pensar en un producto estrella, pero así fue. ¿Qué pasaría con la defensa del disco en directo? Con este fin, Coverdale, reclutó a Vivian Campbell (ex Dio) para las seis cuerdas junto a Vandenberg, al bajista Rudy Sarzo (ex Quiet Riot) y al batería Tommy Aldrige (ex Ozzy Osbourne).

Solo queda dejar correr el dedo hacia el botón del play y dejar que el oído juzgue por sí mismo.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Elsbeth, el recuerdo y el acuerdo

La muerte de nuestra vecina Elsbeth nos ha reabierto un debate que teníamos un poco aparcado hace tiempo: ¿Cómo afrontar nuestra despedida con dignidad, sabiduría y calma?

Elsbeth era una mujer independiente, con estilo, autosuficiente, singular. Su modus vivendi en perfecta armonía con la naturaleza y con el meollo de la vida hicieron de ella una persona especial. Una mujer con una capacidad para estar en situaciones donde hay que estar y una capacidad para desaparecer, echarse a un lado, cuando hay que hacerlo. Esas son, a nuestro juicio, las mejores cualidades de un vecino; y por extensión, las de un familiar o amigo.

Elsbeth nos había avisado de su despedida hacía ya un buen tiempo. Y lo hizo a su modo, de la mejor forma: se asomó a la valla que separa nuestras casas para saludarnos y preguntarnos qué tal había ido el día. Nadie nunca nos había hablado de su propia muerte con tal aplomo, seguridad y cierta felicidad. Nos compartió su destino con una naturalidad envidiable. Aquellas palabras que transmitió e hizo llegar desde su parcela a la nuestra fueron las más cálidas que hemos escuchado nunca. Y para que no quedara duda de su propósito, las acompañó con su eterna sonrisa, plácida.

Después de conocerla, esa valla siempre nos pareció imaginaria, metafórica. Era solo una línea que obligatoriamente debe existir entre dos mundos, el margen al que debe asomarse alguien cuando se le pide y retirarse cuando haga falta. 

El primer legado que nos ha dejado consiste en recordar, recordar lo importante. Es decir, volver al significado etimológico de la palabra recordar: traer al presente desde el pasado algo habiéndolo hecho pasar por el corazón. Es una pena que el significado de esta palabra haya evolucionado tan desfavorablemente en nuestro idioma, que se haya perdido esa creencia de que el corazón es la sede de la memoria. Ortega y Gasset lo dejaba perfectamente plasmado en su obra: "El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo, perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón—".



El segundo legado ha dado como resultado un acuerdo. Elsbeth no era una mujer religiosa, pero era enormemente espiritual. Sus ejercicios semanales de relajación y de contacto con la naturaleza se trasladaban hasta nuestra casa y se colaban en nuestro hogar. Aún hoy siguen llegando y lo seguirán haciendo por siempre. Por ello, hemos vuelto a echar mano de la etimología y del significado histórico de la palabra acordar: unir los corazones. Unir los corazones para hacer juntos el recorrido.

Por todo ese legado, estamos totalmente agradecidos.

Gracias, Elsbeth. Y buen viaje.

Hemos acordado recordarte siempre.

jueves, 26 de enero de 2017

Desnudos bajo control


¡Los aeropuertos! ¡Esos maravillosos escenarios! ¡Esos espacios preparados para cualquier secuencia de situaciones curiosas!




Desde el 11S, los controles de seguridad de los aeropuertos se han recrudecido de una forma excepcional. Algunos de estos controles nos parecen hasta ridículos, pero cuando nos paramos a reflexionar o dejamos que algún experto nos lo explique, nos pueden resultar muy necesarios. Si no lo enfocamos desde esta perspectiva, podemos llegar a sentirnos como delincuentes: nos hacen extender los brazos en cruz, nos ordenan un morboso deselavuelta que recibimos con total sumisión, sentimos los tocamientos por todo el cuerpo y un papelito con un compuesto químico roza obscenamente el bolsillo del pantalón en dirección a la parte inferior del muslo...

Bien, pues por ahí en el aeropuerto andaba yo, arrastrando el equipaje de mano, dirigiéndome hacia el control de seguridad.

Una operaria espera con amabilidad a que pases tu tarjeta de embarque por la máquina registradora. Luz verde, un buenviaje y al siguiente paso.

Es invierno y la gente entra al aeropuerto con una barbaridad de ropa: chaquetas, jerséis, guantes, bufandas. A esto se le suman los decoros y joyas como colgantes, relojes, anillos, pulseras...

Delante de mí, una señora muy elegante bifurca su trayectoria y se pone justo enfrente, al otro lado de la mesa de bandejas. Allí suelta su maleta, yo hago lo mismo. Y, como si de una coreografía ensayada se tratase, comenzamos ambos a quitarnos lo pertinente para cruzar con éxito el arco detector. Primero la bufanda, luego la chaqueta... Justo en ese instante, nuestras miradas se cruzan y se genera una leve y cómplice sonrisa.



Las luces se atenúan y el telón termina de abrirse. Una suave melodía complementa la escena y hace que el resto de prendas vayan cayendo dentro de la bandeja en cámara lenta. Ahora parece que el pelo de ella se mueva hacia detrás y hacia delante en sintonía con la música y el cuello de ambos rote por inercia intuitiva.



Bandejas bajo el brazo, y en nuestra desnudez, nos dirigimos hacia el arco del triunfo. Los vigilantes de seguridad, haciéndonos el pasillo, nos invitan sonrientes a pasar a un nuevo espacio, a una especie de sala íntima. Primero pasa ella, esbelta, con estilo, paso largo y firme. Cuando me dispongo a seguir aquel movimiento triunfal, me detiene una mano que procede de un brazo extendido. La música se deforma en segundos, rayada en el tocadiscos, y los focos irrumpen con su haz de luz sobre mis ojos, rompiendo el primer plano.

—Señor, su cinto. Tiene que pasarlo por el escáner. Vuelva atrás y póngalo en la bandeja.

—Sí, pero… —y señalo torpemente a la espalda de la mujer.

—Tiene que pasarlo por el escáner —repite negando con la cabeza el de seguridad, sin dar opción a una respuesta.

Tengo que volver a la zona de bandejas, pese a mi resistencia interior. Mientras camino en sentido contrario al arco, giro mi cabeza y veo cómo mi compañera de intimidades se aleja en sentido contrario a través del pasillo. Ella también gira su cabeza y, con una expresión de incredulidad disimulada, comienza a vestirse. Mientras, yo discuto con el cinto y me pregunto una y otra vez cómo demonios tenía yo aún el pantalón puesto.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Necesidades irreales

Hoy en día, en una especie de yoísmo malvado, se expresa continuamente la necesidad de tener unas condiciones determinadas para ser feliz en lo personal o en el mundo laboral. "Yo necesito esto", "Yo necesito lo otro", se oye decir todo el rato, mientras se pierde el tiempo diciendo lo que se necesita.


Normalmente, esa necesidad se asocia a lo que nos debe aportar otra persona y es fruto de nuestras exigencias. Y cuando esta aportación no satisface los intereses personales de cada uno, es utilizada por una de las partes como justificación ante su propia inoperancia, que exculpa de todo a uno y acusa al otro de forma injusta. Más bien parece que lo que se busca son privilegios. Y eso no es del todo malo, pero en la búsqueda de estos privilegios se corre el riesgo de dejar por debajo a alguien, se incurre en lo inmoral e ilegal.


Lo que oculta un "Yo necesito" es sinónimo de "No sé ser feliz solo, soy dependiente", o un "No soy lo suficientemente capaz de hacer ese trabajo" o "Tengo miedo a hacerlo porque me harán responsable si sale mal" o lo que es peor, "No quiero hacerlo porque ya lo hará otro por mí".

El "necesito" es un claro signo de egoísmo, de un egocentrismo tan instalado en la sociedad actual que ya lo asumimos como algo habitual. Y en las sociedades actuales lo habitual se convierte en norma. Y la norma se acepta con resignación.


Dicen "Necesito" cuando debieran decir "Me gustaría..." o "Estaría bien si...". Y no es lo mismo, no puede decirse que lo que se quiere decir en realidad es esto último. No. A este tipo de cuestiones no se las nombra de una forma u otra arbitrariamente, gratuitamente. Un concepto de este tipo no es nombrado de esa manera por casualidad. Se le nombra así porque se siente de esa forma, porque se fija socialmente y porque es lo que se quiere decir en realidad.

Necesitar es depender y la dependencia no nos revierte normalmente nada bueno. Un ser necesitado es un error. Un ser dependiente comete errores continuamente, se frustra con muchísima facilidad y se le produce una correspondiente pérdida de felicidad.



No confundamos esa dependencia irreal, creada e infundada por el propio individuo, con la estructura social humana, con la vida social que ha formado la humanidad desde el principio de los tiempos y que sí ha sido necesaria para salvar a la especie a lo largo de la historia: la vida vivida como seres asociados, la ideal vida conjunta de personas como grupo y no agrupados. No hablamos de eso.

Ante todo debemos presentarnos como seres independientes, individuales. El individuo debe ser ante todo -y lo es- válido por sí mismo -para lo que sea, el abanico es bastante amplio- y en un segundo estadio, puede añadir complementos para mejorar, para perfeccionarse, pero nunca sentirlos como elementos imprescindibles, necesarios.

A la familia, a un padre, a una madre, a un hermano, a unos primos, o a unos amigos, o a unos compañeros de trabajo agradables con los que la labor es más llevadera, no se les necesita. Se les puede querer, añorar, reclamar, solicitar, aproximar, pedir ayuda, 
pero sería totalmente contraproducente necesitarlos. Nuestra vida puede salir adelante de forma adecuada sin necesitarlos. De lo contrario, esa vida se puede convertir en algo terrible cuando dejen de estar. Claro, que si estos están presentes, la vida es mejor, más llevadera. Por supuesto. Y hay que saber disfrutar de ello al máximo.

Pero esta necesidad no es necesaria. En realidad, no necesitamos a nadie para ser personas completas. Eso sí, si a nuestra vida le sumamos todo lo anterior se complementará y será más grande e intensa. 

¿Qué podrá aportar un individuo a su semejante si primero reclama en el otro una de sus "necesidades"?



lunes, 28 de noviembre de 2016

The Cure: espléndida canción de cuna


Palau Sant Jordi, 26 de noviembre de 2016



En la cabeza se mezclaban las melodías recordadas de The Cure y acabamos determinando la enorme trascendencia de su obra. Por poner solo algunos ejemplos, su influencia en bandas posteriores es más que notoria en artistas como Marilyn Manson, en cuanto a estética y letras; en Korn, sobre todo en lo que a letras se refiere; en A Perfect Circle, en un poco de todo; o en los españoles Héroes del Silencio, en letras, cierta estética y arpegios.


Su sonido se ha movido entre el ritmo veloz del post-punk, pasando por la optimista new wave británica, la electrónica y el muy característico y estandarte de la banda: el rock gótico. Y todo eso junto es The Cure, una banda que se adelantó a su tiempo: sus canciones más antiguas suenan aún jóvenes y esto es lo que mantiene su modernidad imperecedera.

El Palacio de Sant Jordi cambiaba su look después de haber recibido a un repelente Justin Bieber unos días antes. En fin. Esta vez la noche aportaba el perfecto escenario para que los fans de The Cure se sintieran en su hábitat natural.

Escrupuloso sistema de seguridad y adentro.

The Twilight Sad sale a escena a intentar armar algo de ruido, pero la cosa se quedó en el intento. Está claro que buscaron a los tipos apropiados como teloneros, pues el sonido de este grupo se mueve entre los Keane más oscuros y los propios Cure, aunque con una destacada falta de identidad. Un sonido mediocre dentro de un set cortito que sirvió sobre todo para que algunos se pusieran hasta arriba de cervezas servidas en vasos serigrafiados con el logo de las estrellas de la noche. Un bonito recuerdo.

A la hora acordada, los miembros de la banda salen en rigurosa fila india atravesando el escenario de un lado a otro. Un tímido gesto hacia el público y arranca Open para calentar el ambiente. Funciona.

Las introducciones agradecidas de las canciones de The Cure -dos pasadas más de lo habitual al estribillo, muchas veces unos 2 minutos- nos meten de lleno en ese ambiente onírico y triste que se traduce en el espectador en un despertar elocuente. Tras la sugerente Kyoto Song y la introspectiva Night Like This, llegó el toque electrónico con The Walk y su ritmo bailongo, que puso a menear la cabeza al personal para que se entregara a continuación al primer plato fuerte de la noche, Push: "Go, Go, Go! Push him away. No, no, no! Don't let him stay...".



Robert Smith es una estrella que no quiere serlo, pero la estrella todavía brilla. Simplemente sale al escenario enfundado en su riguroso negro y sus variadas guitarras, el pelo cardado allá por los primeros años 80, su extremado maquillaje blanco que resaltan los labios y los ojos, que cuentan sus ocurrencias vitales que transforma en canciones.



A estas alturas el líder, cantando por debajo del micro, alzaba la mirada, abriendo y cerrando los brazos para ir soltando su voz descarnada en las letras de una lista enorme de canciones como In Between Days, Pictures Of You, Primary, Lovesong o Just Like Heaven, en la que sonaron los teclados más gloriosos que nunca.

La actuación estuvo marcada por una fantástica línea de bajo, que suena potente, por encima del resto de instrumentos, con un ritmo pegadizo capaz de sostenerse por sí solo. A los mandos de las cuatro cuerdas iba un chaval con apariencia rockabilly, ataviado con una camiseta de Iron Maiden. Ese chaval que carga su instrumento sobre sus esqueléticas rodillas tiene 56 años y se llama Simon Gallup, el único componente que se movió por el escenario en toda la noche: se subía al monitor y asomaba la cabeza que emergía de su minúsculo cuerpo. Ya se sabe cómo va esto: la música de The Cure no invita al movimiento exactamente, sino más bien al dulce estatismo o al ritmo interior de la cabeza.

Tras 16 canciones, la banda hace su primera parada, que sirve para recargar de oro líquido los vasos personalizados al módico precio de 2 € (vacío).

Arranca el primer bloque de bises, quizás el más flojo de los tres que componen la segunda parte del concierto. Pero se salva perfectamente con Burn, BSO de El Cuervo, y la hipnótica A Forest.

El segundo bloque alcanzó el éxtasis total con unas emocionantes y roqueras Never Enough y Wrong Number.

Los apoyos visuales emitidos a través de las pantallas crearon un perfecto ambiente lisérgico. Una tremenda tela de araña se posó en la gigante pantalla durante la interpretación de Lullaby, ya en el tercer y último bloque. Robert abría los ojos de par en par y le sacaba la lengua tímidamente a la primera fila del público. Por un momento pareció que él mismo se había enredado en su propia trampa mortal. Alucinante.



Esta última parte nos ofreció sus grandes éxitos comerciales para delirio del público asistente: Close to me, Boys Don't Cry, Lullaby, Lovecats o Friday I'm In Love. Con Why Can't I Be You?, canción número 32, se dio fin a un concierto de casi tres horas, un regalo muy generoso que no se torna cansino. Eso sí, evita que el público pida otra.

No hubo sorpresa alguna en el concierto. Sin embargo, queda como una experiencia introspectiva que no se va a olvidar fácilmente. Moltes gracies.

domingo, 30 de octubre de 2016

Record-mendaciones para otoño e invierno 2016

Prayers for the Damned Vol. 1 de Sixx: A.M. El rock moderno que se presentó hace ya varios años con Heroin Diaries Soundtrack, y continuó con This Is Gonna Hurt y Modern Vintage, sigue adelante, sumando producciones brillantes, comandadas por un icono del rock como es Nikki Sixx y sustentadas por una tripulación más que aconsejable (el productor y cantante James Michael y DJ Ashba, a la guitarra). Ideas sugerentes con estribillos pegadizos con un porcentaje justo de comercialidad, que invitan al movimiento corporal y al tarareo. Se les nota muy convencidos y cómodos con el asunto, que no era cosa de un experimento pasajero o una vía de escape para Nikki: el proyecto es una realidad como grupo. Y Nikki está que se sale: por un lado, acaba de presentar la película Mötley Crüe: The End; por otro, trabaja en el lanzamiento de la segunda parte de este disco, Prayers for the Blessed Vol. 2, que será presentado en breve.




Black Star Riders. O lo que es lo mismo, la banda tributo a Thin Lizzy. Cuando decidieron grabar material propio cambiaron su nombre y crearon dos obras: All Hell Breaks Loose en 2013 y The Killer Instinct en 2015. Si te gustaban aquellos también te gustarán estos. Con solo oír los primeros acordes de los temas Bound For Glory, Bloodshot o Kingdom Of The Lost, que retoma las raíces celtas, ya sabrás de qué va esto. Una propuesta divertida, fresca y honesta, de la que estamos seguros que el mismísimo Phil Lynnot estaría satisfecho. Recientemente pasaron por el Rock Fest de Barcelona (en formato Thin Lizzy) dejando un buen sabor de boca.



Hurtsmile (2011) y Retrogrenade (2014) de Hurtsmile. Indagar en qué habría sido de Extreme, aquella banda que nos deslumbró en los 90, nos llevó a saber qué había sido de su cantante, Gary Cherone. Tras la disolución de Extreme y hacer una parada en la estación Van Halen para grabar un disco con la mítica banda, inició este proyecto que ha dado a luz dos grandes trabajos. El primero es más homogéneo, una evolución más moderna del género al que nos tenía acostumbrados, con riffs que recuerdan incluso a los sonidos de Rage Against The Machine, como podemos comprobar en temas como Love Thy Neighbor. El segundo se muestra más pensado, menos directo, aunque suene mucho más a las composiciones de Gary Cherone junto a su media naranja en Extreme Nuno Bethencourt como Sing A Song (My Mia) o Anymore (Don´t Want My Love), en la que el vocalista se luce recordándonos que no ha perdido ni pizca de calidad.




Book of Shadows II de Zakk Wylde (2016). Intimista trabajo del que otrora fuera el descubrimiento de Ozzy Osbourne y relevo de Jake E. Lee. Segunda parte de algo iniciado 20 años antes y que se distancia mucho del sonido al que nos tiene acostumbrado en su banda Black Label Society. Guitarra acústica en mano como principal instrumento, la Bestia se convierte en Bella para ir desgranando canción tras canción la parte más sentimental y dulce del rockero. Destacaremos el solo de guitarra de Darkest Hour, que bien vale medio disco por su intensidad y porque posee un fraseo muy emotivo.



Ellipsis de Biffy Clyro (2016). No nos equivocamos en este blog cuando presagiábamos en 2013 que esta banda ya era el presente del rock internacional y con la que el futuro del rock estaba asegurado. Tras la apabullante intro Wolves Of Winter se despliega una lista de emocionantes y grandísimas composiciones que llegan muy adentro: los cambios de ritmo en Animal Style, la lenta Re-arrange, la bailonga Flammable o la despedida cañera en la edición Deluxe In the Name of the Wee Man.

¿Por qué no pierdes un poco de tiempo conmigo?
¿Puedes darte cuenta de que mi cabeza es un jodido carnaval?
Todo lo que quiero sentir es una pequeña descarga química
Todo lo que sé es que no pasará mucho tiempo
Te comeré viva, solo soy un puto animal.
                                                             (Animal Style)
Es imposible escuchar este disco y no imaginarse un escenario con los de Escocia encima y el público en medio de un descampado. Superar el listón colocado por su anterior trabajo, el impresionante Opposites, era casi imposible. Pero aquí está esta obra que a lo mejor no lo supera, que quizás suene un poco más popera, pero igual de bien.



Back to the Earth de Exxasens (2015). Un ejemplo más de banda de prog post rock español, como Jardin de la Croix o los fantásticos Toundra, que tiene mucha más aceptación fuera de nuestras fronteras, en países como Polonia, Francia o Rusia que en nuestra "querida madre patria". El disco se convierte en un espacio de tiempo para disfrutar con melodías muy sugerentes que trasladan a lugares oníricos, muy lejanos y que servirían perfectamente para una BSO.





Hand.Cannot.Erase de Steven Wilson (2015). El gurú del progresivo. Sin que nos haya dado tiempo a empezar a catar su último disco 4 ½ y a sobreponernos de felicidad de su anterior The Raven That Refused to Sing (And Other Stories), nos hemos sumergido de lleno en esta obra maestra del mundo progresivo en la que el genio de este género ha contado con la participación de, entre otros, Guthrie Govan a las guitarras o Marco Minnemann a la batería. Se trata de un todo de múltiples facetas, de un trabajo lleno de matices de composición influenciado por todas las facetas de este gran compositor. Temas llenos de nostalgia y melodía como Hand.Cannot.Erase o Routine, propios de su aventura israelí en Blackfield; otros como 3 Years Older en un auténtico estilo progresivo; Ancestral o Happy Returns que recuerdan a sus Porcupine Tree y su profundidad y elegancia; composiciones más electrónicas y ambient como Perfect Life, más en la línea de sus No-Man; Regret #9 es una monstruosa composición instrumental capitaneada por dos solos (uno de teclado y otro de guitarra) que hacen temblar de gusto a cualquier oído.
Algunos críticos han dicho de esta obra que se acerca bastante a la idea de composición y a la calidad musical de The Wall de Pink Floyd. El tímido e introspectivo Wilson ha rechazado estas afirmaciones, no cree que sea así, pero a este blog se le antoja una creación bastante cercana a esos niveles.



California Breed. Tras la pelea de gallos y ruptura de Black Country Communion en 2013, Jason Bonham y Glenn Hughes ficharon a un jovencísimo guitarrista llamado Andrew Watt para formar esta banda y crear su homónimo disco en 2014, una obra que hace relamer a cualquier seguidor de tremendos talentos. El sonido es un punto y seguido al de BCC, quizás con un añadido de rock setentero y un diminuendo de blues, con grandes composiciones rentabilizadas por la imperecedera voz de Glenn Hughes como la rítmica Sweet Tea, la stoneana Spit You Out o la desgarradora All Falls Down.
Hace pocos meses Bonamassa y Hughes han fumado la pipa de la paz y BCC han anunciado la vuelta a los estudios para 2017. Nos relamemos nuevamente.



Blues of Desperation de Joe Bonamassa (2016). Vuelta esperadísima del neoyorquino al blues, a sus auténticas raíces, y retomar el rumbo que dejó para aportar grandes cosas en otros lares. Eso sí, por nosotros puede volver a escaparse más adelante otra vez. Es decir, que puede ir y venir cuando quiera, que el rumbo que coja da igual, siempre hace buen camino. El tipo entró al estudio y a los cinco días salió con un disco debajo del brazo. Bueno, ¿y qué hay de nuevo en este disco? Novedoso nada, simplemente suma nuevas y buenas composiciones bluseras que se mueven entre lo más clásico como No Good Place For The Lonely y el nuevo blues como Mountain Climbing. Todo lo demás es de sobra conocido: buena voz y mejor guitarra. Pónganse una copa y disfruten de How Deep This River Runs.


jueves, 22 de septiembre de 2016

Asesine en serio



Asesine en serio
Dispare discretamente
A discreción
Sin descanso
Con el arma levantada a la altura de la cintura
Como el cine en blanco y negro

Asesine en serio
Aniquile
Con la intención
Con la mirada
A diestro ráfagas
A siniestro descargas

Asesine en serio
Apunte
Sin un blanco fijo
Sin fuego
¡Que los dulces casquillos del saber crepiten
entrecortando el ruido!
¡Que giren en el aire con un tirabuzón
y se sumerjan en la onda del polvo levantado!

Asesine en serio
la biblioteca de los prejuicios
Con piedad
Sin gases
Con bombas de argumentos

Asesine en serio
Sin muertes
A las doctrinas
¡Que se derrumben sus cadáveres dogmáticos!
Extirpe sus páginas ideológicas
Practíqueles la autopsia
Y arránqueles los párrafos de la iniquidad
Deje sus cuerpos mutilados
Fundidos en el paisaje
Desguazando el irónico martirio
Lobotomizando los absurdos idearios

Asesine en serio
¡Y que se celebre el juicio finalmente!
¡Que falle el acusado
y el veredicto declare culpable al jurado!

Vikowski

viernes, 26 de agosto de 2016

Miedos cotidianos. El tamaño sí importa

Esperaba a que el semáforo cambiara a verde para los viandantes mientras curioseaba en el teléfono móvil. Al cruzar la calle con tanta prisa, tropecé en la acera y mi móvil salió despedido de las manos unos metros más adelante, como una pastilla de jabón que se escurre entre los dedos sabiendo que no se va a recuperar pese a los intentos.



Justo en ese momento y a mi espalda, un grupo de personas se acercaba susurrando, portando risitas y comentarios que yo traduje de forma mecánica como mofas de mi torpe acción. Por supuesto, no me agaché a recoger mi móvil de inmediato, pues me pareció reconocer la situación de la típica escena de las duchas en las cárceles. Tal vez las risas podrían tener otro origen, pero yo reduje toda mi interpretación a la imagen cinematográfica.

Una vez que me adelantó el grupo apresuré la recogida, pues el espectáculo se estaba alargando demasiado y los coches amenazaban con sus embragues y aceleradores tras las líneas blancas.



Ese mismo día decidí comprarme un móvil bien grande para que no se me escapara tan fácilmente de las manos en caso de tropezar. Pero días más tarde comencé a plantearme que, por obra del demonio, podría correr el riesgo de que este nuevo aparato también pudiera desenvolverse y liberarse de mis garras en cualquier momento. Imaginé de nuevo la escena de las duchas y me pareció que el sufrimiento sería mayor.

Ahora nunca paseo con el móvil en la mano. Lo llevo siempre en el bolsillo delantero del pantalón, con una doble función.

martes, 26 de julio de 2016

Rock Fest Barcelona 2016: Dios, el Hombre y la Banda



La sensación de que pudiéramos estar ante el ocaso de algunas de las grandes bandas de hard rock y heavy metal se nos introdujo en la cabeza camino de Can Zam. Pero las sensaciones cambian con los estímulos exteriores. Y en esto de la música, en esto del rock, son muchos. 




Sábado 16

A partir de la estación de la Sagrera, los vagones del metro se tiñen de negro con la vestimenta de la muchedumbre. Algunas manos que salen de las camisetas con anagramas lían tabaco en sus correspondientes papelillos, retando el pequeño traqueteo del vagón.

Al salir por la boca del metro en Can Zam ya se oyen los acordes en quintas y el doble bombo. Los papelillos comienzan a arder. ¡Vaya, todos no portan tabaco exactamente!

Armored Saint nos reciben en el Rock Stage. El calor invita a la primera caña de la tarde y a buscar refugio cerca de los aspersores que salen de lo alto de las barras. En el Fest Stage comienzan a sonar Unosonic: "¡Cuánto me recuerda esa voz a Helloween, a Michael Kiske... Un momento, ¿ese guitarrista no es Kai Hansen?". El enigma va quedando resuelto: "¡Alto ahí!, eso es Time of March y ese riff, ¡aaauuu!, ¡I want out!". Qué grata sorpresa, les teníamos la pista perdida a estos grandes del power metal, pero ahí están tan frescos como siempre.

Tras los martillazos de Over Kill, salen Barón Rojo. El respeto ante la veteranía hace que prestemos atención hacia un grupo que en los 80 se subía al escenario junto a los Maiden y que, sin embargo, sale a escena como si estuviera en el garaje de su casa. Los intentos de Carlos de Castro, a veces desafinados y aflamencados, no pueden salvar un sonido horrible, que no se arregla en ningún momento. Los nostálgicos intentan ayudar coreando "¡Malo, seré Malo!" o "¡Cueste lo que cueste, digan lo que digan!" con memoria de bareto sudoroso. ¿Les están haciendo una broma desde la cabina de sonorización? Una pena, porque ganas no les faltan, sobre todo a Armando, que se desempeña en sus solos como un chaval. Cualquiera se hubiese bajado del escenario para dar un par de tortazos al técnico. Pero claro, "su rollo es el rock" y su clásico Resistiré hasta el fin parece ser el resumen de su set.

Iron Maiden, la Banda. Con puntualidad inglesa, como lo fue todo en este festival, el Ed Force One aterriza en Can Zam a través de las enormes pantallas colocadas a ambos lados de los escenarios. La Eterna Doncella presenta su nuevo trabajo The Book of Souls en la primera parte del concierto e incluye sus grandes clásicos en la recta final.

Entrada épica y humeante: Bruce Dickinson de espalda, en la parte alta del escenario, recitando. Suenan los primeros acordes y, desde varias zonas del escenario, aparece el resto de miembros: "Reef in a sail at the edge of the world / if the eternity should fail / Waiting in line for the ending of time / if the eternity should fail". Así siguen otras composiciones, entre las que caben destacar la inmensa The Red and The Black o la melódica Tears of the Clown, un tema que instrumentalmente mantiene una sensibilidad acorde a su letra dedicada al fallecido actor Robin Williams.

Suena el riff de uno de los grandes clásicos de la noche: The Trooper. Dickinson, con casaca roja, enarbola la bandera de Gran Bretaña en lo alto de la pasarela. El público enloquece. ¡Al ataque!



Steve Harris, creador y cerebro de la legendaria banda, aprieta los dientes mirando hacia el público y toma las riendas de su caballo-bajo para galopar al ritmo que su intención requiere. Inmortal.

Dave Murray y Adrian Smith siempre atentos para que todo suene a la perfección, mientras el flaco Janick Gers corretea todo el rato, da vueltas a su guitarra alrededor del cuerpo, sube su pierna izquierda con una elasticidad pasmosa y la coloca en ángulo recto sobre el enorme amplificador. Nicko McBrian impertérrito tras los parches, marcando el ritmo con contundencia.

Se incrusta algún que otro tema nuevo entre Powerslave y Halloweed Be Thy Named y a la carga con Fear of the Dark. Solo con oír las dos primeras notas de la guitarra, el público corea la melodía con un afinadísimo "ooooh ooh ooh ooooh ooooh, fear of the dark, fear of the dark".

Bruce Dickinson está fantástico. No para de moverse por las pasarelas interpretando teatralmente sin que sus notas se vean alteradas. Un tipo que hace unos meses superaba un cáncer, parece ahora no tener límite: hace cálculos sobre la cantidad de asistentes, sonríe, provoca sonrisas, atisba las banderas de diferentes nacionalidades que se encuentran entre el público y pone el recinto a chillar de emoción al recordar al respetable que esa noche no hay política ni religiones, solo música. La magia del rock.

La puesta en escena es tremenda: diferentes máscaras que usa el cantante, chaquetas, estandartes, pirotecnia, hinchables gigantescos o cúpula móvil con las diferentes formas de su mascota, Eddie sobre zancos jugando a cazar a los músicos y los 15 diferentes telones de fondo que cambian cada vez que finaliza una canción y empieza la siguiente.



Patas arriba el recinto, se manifiestan The Number of the Beast y Blood Brothers, para concluir con una entrañable y apropiada Wasted Years, que nos hizo creer que todo este tiempo esperando para ver a la Doncella ha valido la pena. "Los Maiden son los Maiden, y nunca decepcionan", se oye decir justo detrás de nosotros a un sexagenario. Thank you.

Es el momento para comentar los detalles del tremendo espectáculo que ha dejado allí la banda inglesa mientras salen a escena Loudness. ¡Cuánto le gusta a un virtuoso japonés articularse sobre el mástil de una guitarra!

Rata Blanca prueban suerte en su esperado regreso, con su cantante de imagen a lo Steve Perry de Journey. La idea es subirse de nuevo a un escenario para intercambiar sensaciones: volver o dejarlo correr. No seremos nosotros quienes resuelvan la incógnita. Pero suenan muy bien.

Doro. Hasta las 00.40, la hora prevista, esperamos para ver a la impresionante guerrera teutona sobre las tablas. Difícil papeleta tenía para desperezar a la audiencia, que empezaba a notar el cansancio. Pero la concurrencia se mantuvo fiel y la de Düsseldorf resolvió paseando por el escenario y moviendo cuerpo y cuello de forma imparable.

Doro expone su heavy metal fresco, aunque para nuestro gusto un poco plano ya. Mantiene sus notas a la perfección durante toda su actuación, incitando al público metalhead para que despierte de su cansancio con himnos como I Rule The Ruins. Y así lo hace. Cuando llega la esperada All We Are, puño en alto, yeah, y calabaza, calabaza... No hubo mejor cierre posible.


Domingo 17

El doble bombo infernal de Obituary sonaba en el Rock Stage cuando asomábamos la cabeza al recinto. Momento perfecto para la hidratación de cebada y echar un vistazo al merchadising y a la carpa anexa, donde los más valientes se atrevían con el karaoke rock.

La tarde se animaba en el Fest Rock con el virtuosismo guitarrero de Impelliteri. Hard rock de bella factura.

Anthrax. Con la formación original se presentaba en Can Zam la banda más gamberra del thrash metal. Poco a poco fueron contaminando al público de su energía, sobre todo la que demostró el siempre irreductible Scott Ian. Con las masas achicharradas por el sol que golpeaba en nuestras nucas, sonaron aquellas versiones que les hicieron tan famosos. Fue el momento en el que nos pusieron a cantar Got the time tick-tick-tickin' in my head y You're anti, You're antisocial a grito pelado, mientras el sol bajaba y, justo por el lado contrario, la luna salía tras el escenario (when the sun goes down, si fuera David Coverdale quien describiese la escena, ese momento mágico para la metamorfosis nocturna).



La barca vikinga de Amon Amarth navegaba en el Fest Stage para que sus múltiples seguidores se sumaran a una fiesta pagana llena de cuernos de cerveza.

¿Quiénes son hoy en día Thin Lizzy? ¿Es la banda, un tributo de la banda o qué demonios es? A la banda del añorado Phil Lynnot y de la que formara parte el gran Gary Moore, se le han sumado Tom Hamilton de Aerosmith y Scott Travis de Judas Priest. Recordaron clásico tras clásico como Black Rose o Jailbreak y entusiasmaron a los más veteranos, y a los que no lo eran tanto, con The Boys Are Back In Town, para cerrar en forma de fiesta irlandesa con Whiskey In The Jar. Fantástico.


Whitesnake, el Hombre. Sinceramente, no tiene sentido alguno encadenar dos giras durante dos años, la del Purple Album y la de Greatest Hits. Desde mayo de 2015 la banda sale a escena cada noche prácticamente, sin parar. Pero ahí estaban, o mejor dicho, ahí estaba el hombre, David Coverdale. Por mucho aguante que se tenga, el cansancio y la edad merman el rendimiento. Al menos el de los hombres. Y David Coverdale, aunque no lo parezca, es un hombre. A los vocalistas, al menos a los humanos, se les va estropeando su instrumento, no como al resto del grupo que siempre puede cambiar las cuerdas de su guitarra o los parches de su batería. La interpretación de Coverdale, un tanto alejada de aquella maravillosa voz de la que disfrutamos en La Riviera de Madrid en 2008, fue bastante aceptable, no nos engañemos. Incluso hubo muchos destellos de antaño.

Dicho esto, el setlist dejó contento a todo el mundo. Coverdale es un frontman que, en cuanto pone un pie sobre el escenario, ya tiene ganada a la mayoría del público. Se pasea por el escenario como por el salón de su casa en el Lago Tahoe, con una forma física envidiable.



Después de oír el clásico aullido "Are you ready?" empezaron a sonar los grandes temas de los 80. Al finalizar la primera canción, Bad Boys, bajo la atenta mirada de la luna sobre el escenario, Coverdale abandonaba las tablas mientras sonaba aquello de "running undercover of moonlight". El momento dio lugar a varias interpretaciones. ¿Una preciosa coincidencia o el esfuerzo del arranque en frío había pasado factura? La duda se diluyó rápidamente cuando el cantante surgió tras el altar de la batería y marcó la primera estrofa de Slide It In, a la que siguió Love Ain't No Stranger.

Quizás la inclusión en esta gira de un temazo como Judgment Day, que sonó espléndidamente, pudiera ser una premonición con respecto al futuro de la banda.

A partir de ahí no había vuelta atrás y lo que tocaba era llegar a esos imposibles agudos, siempre con el apoyo del resto del grupo. Con enorme profesionalidad, Coverdale tomó el pie de micro como él solo sabe, lo tiró hacia arriba del revés, lo giró entre sus manos, se lo cruzó entre las piernas con sus ya característicos movimientos sexuales de cock rock y espetó sin pensárselo un "¡Barcelonaaaaa! ¡It is On Fire!" para que comenzara la intro de la gran Fool For Your Loving.

Coverdale siempre se rodea de grandes músicos como el guitarrista Reb Beach; algunos de ellos además vistosos, como lo es Joel Hoekstra, que puso su melena rubia al servicio del rincón izquierdo del escenario. Ambos desarrollaron sus correspondientes solos, muy correctos y nada cansinos. Tras el interludio de la siempre envolvente Slow an' Easy, el solo de bajo de Michael Devin sirvió para que Coverdale volviera a descansar la voz y atacara de nuevo el reto de interpretar Crying in The Rain.

Una de las grandes atracciones de la noche fue volver a ver al gran Tommy Aldrige junto a Whitesnake. Su interpretación fue perfecta y su solo como siempre: genial, variado, imparable, tirando las baquetas al público para terminar golpeando parches y platillos con sus manos y puños como podemos ver en el Live... In The Still of The Night.



Recta final con platos fuertes. Barcelona se convirtió en la ciudad del amor cuando Michele Luppi introdujo al teclado Is This Love. Sin pausa se inició Give Me All Your Love, brazos en alto y a cantar. Here I go Again valió para que el frontman inglés se reivindicara y Still of The Night, una de las mejores canciones del hard rock, selló la actuación con el clásico agradecimiento de Coverdale: “Be safe, be happy, and don’t let anybody make you afraid! God bless you."

Twisted Sister. La verdad es que Dee Snider lleva todavía la actitud del rock en las venas. No para de correr por el escenario y de jalear a las masas. Bien es verdad que tampoco hay que ser un portento para interpretar el tono que marca la instrumentación de la banda. "We Are Twisted Fucking Sister!", gritó el muy cabrón tras la primera canción. Y ya está. Reunión de temas clásicos, no se esperaba otra cosa: I wanna rock, The kids Are Back, I am (I'm me) o el himno imperecedero We're Not Gonna Take It. Suficiente para dejar el pabellón bien alto, aunque quizás sobrara el exceso de palique del vocalista y sus pretensiones de dejar claro que ellos han sido una auténtica banda de rock 'n' roll y de asegurar que esa sí era su última gira, no como otros. Ya veremos.

Llegó el momento de presentar a la banda y de hacer hincapié en el apoyo rítmico que tenían detrás: "Mr. Mike Portnoy. Mike, es increíble poder contar contigo". El que es uno de los mejores baterías del mundo se mostró activo pero comedido, como estrella invitada que era, sin variar demasiado las grabaciones originales de la banda, no fuera que el Dios de las baquetas las convierta en otra cosa.

Y eso fue todo.

Si tenemos que destacar algo de este festival nos quedaríamos con la sobresaliente organización, algo muy habitual por tierras condales. Pero no con el fervor de un público, que siempre se nos antoja un tanto soso en esta ciudad.

Nunca se nos olvidará aquel papá que se pasó todo el concierto con su hijo en los hombros. Un niño que disfrutaba de la música con su puño y su mano cornuta. Una imagen bella que hace recuperar la sensación de la inmortalidad del rock.