jueves, 22 de septiembre de 2016

Asesine en serio



Asesine en serio
Dispare discretamente
A discreción
Sin descanso
Con el arma levantada a la altura de la cintura
Como el cine en blanco y negro

Asesine en serio
Aniquile
Con la intención
Con la mirada
A diestro ráfagas
A siniestro descargas

Asesine en serio
Apunte
Sin un blanco fijo
Sin fuego
¡Que los dulces casquillos del saber crepiten
entrecortando el ruido!
¡Que giren en el aire con un tirabuzón
y se sumerjan en la onda del polvo levantado!

Asesine en serio
la biblioteca de los prejuicios
Con piedad
Sin gases
Con bombas de argumentos

Asesine en serio
Sin muertes
A las doctrinas
¡Que se derrumben sus cadáveres dogmáticos!
Extirpe sus páginas ideológicas
Practíqueles la autopsia
Y arránqueles los párrafos de la iniquidad
Deje sus cuerpos mutilados
Fundidos en el paisaje
Desguazando el irónico martirio
Lobotomizando los absurdos idearios

Asesine en serio
¡Y que se celebre el juicio finalmente!
¡Que falle el acusado
y el veredicto declare culpable al jurado!

Vikowski

viernes, 26 de agosto de 2016

Miedos cotidianos. El tamaño sí importa

Esperaba a que el semáforo cambiara a verde para los viandantes mientras curioseaba en el teléfono móvil. Al cruzar la calle con tanta prisa, tropecé en la acera y mi móvil salió despedido de las manos unos metros más adelante, como una pastilla de jabón que se escurre entre los dedos sabiendo que no se va a recuperar pese a los intentos.



Justo en ese momento y a mi espalda, un grupo de personas se acercaba susurrando, portando risitas y comentarios que yo traduje de forma mecánica como mofas de mi torpe acción. Por supuesto, no me agaché a recoger mi móvil de inmediato, pues me pareció reconocer la situación de la típica escena de las duchas en las cárceles. Tal vez las risas podrían tener otro origen, pero yo reduje toda mi interpretación a la imagen cinematográfica.

Una vez que me adelantó el grupo apresuré la recogida, pues el espectáculo se estaba alargando demasiado y los coches amenazaban con sus embragues y aceleradores tras las líneas blancas.



Ese mismo día decidí comprarme un móvil bien grande para que no se me escapara tan fácilmente de las manos en caso de tropezar. Pero días más tarde comencé a plantearme que, por obra del demonio, podría correr el riesgo de que este nuevo aparato también pudiera desenvolverse y liberarse de mis garras en cualquier momento. Imaginé de nuevo la escena de las duchas y me pareció que el sufrimiento sería mayor.

Ahora nunca paseo con el móvil en la mano. Lo llevo siempre en el bolsillo delantero del pantalón, con una doble función.

martes, 26 de julio de 2016

Rock Fest Barcelona 2016: Dios, el Hombre y la Banda



La sensación de que pudiéramos estar ante el ocaso de algunas de las grandes bandas de hard rock y heavy metal se nos introdujo en la cabeza camino de Can Zam. Pero las sensaciones cambian con los estímulos exteriores. Y en esto de la música, en esto del rock, son muchos. 




Sábado 16

A partir de la estación de la Sagrera, los vagones del metro se tiñen de negro con la vestimenta de la muchedumbre. Algunas manos que salen de las camisetas con anagramas lían tabaco en sus correspondientes papelillos, retando el pequeño traqueteo del vagón.

Al salir por la boca del metro en Can Zam ya se oyen los acordes en quintas y el doble bombo. Los papelillos comienzan a arder. ¡Vaya, todos no portan tabaco exactamente!

Armored Saint nos reciben en el Rock Stage. El calor invita a la primera caña de la tarde y a buscar refugio cerca de los aspersores que salen de lo alto de las barras. En el Fest Stage comienzan a sonar Unosonic: "¡Cuánto me recuerda esa voz a Helloween, a Michael Kiske... Un momento, ¿ese guitarrista no es Kai Hansen?". El enigma va quedando resuelto: "¡Alto ahí!, eso es Time of March y ese riff, ¡aaauuu!, ¡I want out!". Qué grata sorpresa, les teníamos la pista perdida a estos grandes del power metal, pero ahí están tan frescos como siempre.

Tras los martillazos de Over Kill, salen Barón Rojo. El respeto ante la veteranía hace que prestemos atención hacia un grupo que en los 80 se subía al escenario junto a los Maiden y que, sin embargo, sale a escena como si estuviera en el garaje de su casa. Los intentos de Carlos de Castro, a veces desafinados y aflamencados, no pueden salvar un sonido horrible, que no se arregla en ningún momento. Los nostálgicos intentan ayudar coreando "¡Malo, seré Malo!" o "¡Cueste lo que cueste, digan lo que digan!" con memoria de bareto sudoroso. ¿Les están haciendo una broma desde la cabina de sonorización? Una pena, porque ganas no les faltan, sobre todo a Armando, que se desempeña en sus solos como un chaval. Cualquiera se hubiese bajado del escenario para dar un par de tortazos al técnico. Pero claro, "su rollo es el rock" y su clásico Resistiré hasta el fin parece ser el resumen de su set.

Iron Maiden, la Banda. Con puntualidad inglesa, como lo fue todo en este festival, el Ed Force One aterriza en Can Zam a través de las enormes pantallas colocadas a ambos lados de los escenarios. La Eterna Doncella presenta su nuevo trabajo The Book of Souls en la primera parte del concierto e incluye sus grandes clásicos en la recta final.

Entrada épica y humeante: Bruce Dickinson de espalda, en la parte alta del escenario, recitando. Suenan los primeros acordes y, desde varias zonas del escenario, aparece el resto de miembros: "Reef in a sail at the edge of the world / if the eternity should fail / Waiting in line for the ending of time / if the eternity should fail". Así siguen otras composiciones, entre las que caben destacar la inmensa The Red and The Black o la melódica Tears of the Clown, un tema que instrumentalmente mantiene una sensibilidad acorde a su letra dedicada al fallecido actor Robin Williams.

Suena el riff de uno de los grandes clásicos de la noche: The Trooper. Dickinson, con casaca roja, enarbola la bandera de Gran Bretaña en lo alto de la pasarela. El público enloquece. ¡Al ataque!



Steve Harris, creador y cerebro de la legendaria banda, aprieta los dientes mirando hacia el público y toma las riendas de su caballo-bajo para galopar al ritmo que su intención requiere. Inmortal.

Dave Murray y Adrian Smith siempre atentos para que todo suene a la perfección, mientras el flaco Janick Gers corretea todo el rato, da vueltas a su guitarra alrededor del cuerpo, sube su pierna izquierda con una elasticidad pasmosa y la coloca en ángulo recto sobre el enorme amplificador. Nicko McBrian impertérrito tras los parches, marcando el ritmo con contundencia.

Se incrusta algún que otro tema nuevo entre Powerslave y Halloweed Be Thy Named y a la carga con Fear of the Dark. Solo con oír las dos primeras notas de la guitarra, el público corea la melodía con un afinadísimo "ooooh ooh ooh ooooh ooooh, fear of the dark, fear of the dark".

Bruce Dickinson está fantástico. No para de moverse por las pasarelas interpretando teatralmente sin que sus notas se vean alteradas. Un tipo que hace unos meses superaba un cáncer, parece ahora no tener límite: hace cálculos sobre la cantidad de asistentes, sonríe, provoca sonrisas, atisba las banderas de diferentes nacionalidades que se encuentran entre el público y pone el recinto a chillar de emoción al recordar al respetable que esa noche no hay política ni religiones, solo música. La magia del rock.

La puesta en escena es tremenda: diferentes máscaras que usa el cantante, chaquetas, estandartes, pirotecnia, hinchables gigantescos o cúpula móvil con las diferentes formas de su mascota, Eddie sobre zancos jugando a cazar a los músicos y los 15 diferentes telones de fondo que cambian cada vez que finaliza una canción y empieza la siguiente.



Patas arriba el recinto, se manifiestan The Number of the Beast y Blood Brothers, para concluir con una entrañable y apropiada Wasted Years, que nos hizo creer que todo este tiempo esperando para ver a la Doncella ha valido la pena. "Los Maiden son los Maiden, y nunca decepcionan", se oye decir justo detrás de nosotros a un sexagenario. Thank you.

Es el momento para comentar los detalles del tremendo espectáculo que ha dejado allí la banda inglesa mientras salen a escena Loudness. ¡Cuánto le gusta a un virtuoso japonés articularse sobre el mástil de una guitarra!

Rata Blanca prueban suerte en su esperado regreso, con su cantante de imagen a lo Steve Perry de Journey. La idea es subirse de nuevo a un escenario para intercambiar sensaciones: volver o dejarlo correr. No seremos nosotros quienes resuelvan la incógnita. Pero suenan muy bien.

Doro. Hasta las 00.40, la hora prevista, esperamos para ver a la impresionante guerrera teutona sobre las tablas. Difícil papeleta tenía para desperezar a la audiencia, que empezaba a notar el cansancio. Pero la concurrencia se mantuvo fiel y la de Düsseldorf resolvió paseando por el escenario y moviendo cuerpo y cuello de forma imparable.

Doro expone su heavy metal fresco, aunque para nuestro gusto un poco plano ya. Mantiene sus notas a la perfección durante toda su actuación, incitando al público metalhead para que despierte de su cansancio con himnos como I Rule The Ruins. Y así lo hace. Cuando llega la esperada All We Are, puño en alto, yeah, y calabaza, calabaza... No hubo mejor cierre posible.


Domingo 17

El doble bombo infernal de Obituary sonaba en el Rock Stage cuando asomábamos la cabeza al recinto. Momento perfecto para la hidratación de cebada y echar un vistazo al merchadising y a la carpa anexa, donde los más valientes se atrevían con el karaoke rock.

La tarde se animaba en el Fest Rock con el virtuosismo guitarrero de Impelliteri. Hard rock de bella factura.

Anthrax. Con la formación original se presentaba en Can Zam la banda más gamberra del thrash metal. Poco a poco fueron contaminando al público de su energía, sobre todo la que demostró el siempre irreductible Scott Ian. Con las masas achicharradas por el sol que golpeaba en nuestras nucas, sonaron aquellas versiones que les hicieron tan famosos. Fue el momento en el que nos pusieron a cantar Got the time tick-tick-tickin' in my head y You're anti, You're antisocial a grito pelado, mientras el sol bajaba y, justo por el lado contrario, la luna salía tras el escenario (when the sun goes down, si fuera David Coverdale quien describiese la escena, ese momento mágico para la metamorfosis nocturna).



La barca vikinga de Amon Amarth navegaba en el Fest Stage para que sus múltiples seguidores se sumaran a una fiesta pagana llena de cuernos de cerveza.

¿Quiénes son hoy en día Thin Lizzy? ¿Es la banda, un tributo de la banda o qué demonios es? A la banda del añorado Phil Lynnot y de la que formara parte el gran Gary Moore, se le han sumado Tom Hamilton de Aerosmith y Scott Travis de Judas Priest. Recordaron clásico tras clásico como Black Rose o Jailbreak y entusiasmaron a los más veteranos, y a los que no lo eran tanto, con The Boys Are Back In Town, para cerrar en forma de fiesta irlandesa con Whiskey In The Jar. Fantástico.


Whitesnake, el Hombre. Sinceramente, no tiene sentido alguno encadenar dos giras durante dos años, la del Purple Album y la de Greatest Hits. Desde mayo de 2015 la banda sale a escena cada noche prácticamente, sin parar. Pero ahí estaban, o mejor dicho, ahí estaba el hombre, David Coverdale. Por mucho aguante que se tenga, el cansancio y la edad merman el rendimiento. Al menos el de los hombres. Y David Coverdale, aunque no lo parezca, es un hombre. A los vocalistas, al menos a los humanos, se les va estropeando su instrumento, no como al resto del grupo que siempre puede cambiar las cuerdas de su guitarra o los parches de su batería. La interpretación de Coverdale, un tanto alejada de aquella maravillosa voz de la que disfrutamos en La Riviera de Madrid en 2008, fue bastante aceptable, no nos engañemos. Incluso hubo muchos destellos de antaño.

Dicho esto, el setlist dejó contento a todo el mundo. Coverdale es un frontman que, en cuanto pone un pie sobre el escenario, ya tiene ganada a la mayoría del público. Se pasea por el escenario como por el salón de su casa en el Lago Tahoe, con una forma física envidiable.



Después de oír el clásico aullido "Are you ready?" empezaron a sonar los grandes temas de los 80. Al finalizar la primera canción, Bad Boys, bajo la atenta mirada de la luna sobre el escenario, Coverdale abandonaba las tablas mientras sonaba aquello de "running undercover of moonlight". El momento dio lugar a varias interpretaciones. ¿Una preciosa coincidencia o el esfuerzo del arranque en frío había pasado factura? La duda se diluyó rápidamente cuando el cantante surgió tras el altar de la batería y marcó la primera estrofa de Slide It In, a la que siguió Love Ain't No Stranger.

Quizás la inclusión en esta gira de un temazo como Judgment Day, que sonó espléndidamente, pudiera ser una premonición con respecto al futuro de la banda.

A partir de ahí no había vuelta atrás y lo que tocaba era llegar a esos imposibles agudos, siempre con el apoyo del resto del grupo. Con enorme profesionalidad, Coverdale tomó el pie de micro como él solo sabe, lo tiró hacia arriba del revés, lo giró entre sus manos, se lo cruzó entre las piernas con sus ya característicos movimientos sexuales de cock rock y espetó sin pensárselo un "¡Barcelonaaaaa! ¡It is On Fire!" para que comenzara la intro de la gran Fool For Your Loving.

Coverdale siempre se rodea de grandes músicos como el guitarrista Reb Beach; algunos de ellos además vistosos, como lo es Joel Hoekstra, que puso su melena rubia al servicio del rincón izquierdo del escenario. Ambos desarrollaron sus correspondientes solos, muy correctos y nada cansinos. Tras el interludio de la siempre envolvente Slow an' Easy, el solo de bajo de Michael Devin sirvió para que Coverdale volviera a descansar la voz y atacara de nuevo el reto de interpretar Crying in The Rain.

Una de las grandes atracciones de la noche fue volver a ver al gran Tommy Aldrige junto a Whitesnake. Su interpretación fue perfecta y su solo como siempre: genial, variado, imparable, tirando las baquetas al público para terminar golpeando parches y platillos con sus manos y puños como podemos ver en el Live... In The Still of The Night.



Recta final con platos fuertes. Barcelona se convirtió en la ciudad del amor cuando Michele Luppi introdujo al teclado Is This Love. Sin pausa se inició Give Me All Your Love, brazos en alto y a cantar. Here I go Again valió para que el frontman inglés se reivindicara y Still of The Night, una de las mejores canciones del hard rock, selló la actuación con el clásico agradecimiento de Coverdale: “Be safe, be happy, and don’t let anybody make you afraid!. God bless you."

Twisted Sister. La verdad es que Dee Snider lleva todavía la actitud del rock en las venas. No para de correr por el escenario y de jalear a las masas. Bien es verdad que tampoco hay que ser un portento para interpretar el tono que marca la instrumentación de la banda. "We Are Twisted Fucking Sister!", gritó el muy cabrón tras la primera canción. Y ya está. Reunión de temas clásicos, no se esperaba otra cosa: I wanna rock, The kids Are Back, I am (I'm me) o el himno imperecedero We're Not Gonna Take It. Suficiente para dejar el pabellón bien alto, aunque quizás sobrara el exceso de palique del vocalista y sus pretensiones de dejar claro que ellos han sido una auténtica banda de rock 'n' roll y de asegurar que esa sí era su última gira, no como otros. Ya veremos.

Llegó el momento de presentar a la banda y de hacer hincapié en el apoyo rítmico que tenían detrás: "Mr. Mike Portnoy. Mike, es increíble poder contar contigo". El que es uno de los mejores baterías del mundo se mostró activo pero comedido, como estrella invitada que era, sin variar demasiado las grabaciones originales de la banda, no fuera que el Dios de las baquetas las convierta en otra cosa.

Y eso fue todo.

Si tenemos que destacar algo de este festival nos quedaríamos con la sobresaliente organización, algo muy habitual por tierras condales. Pero no con el fervor de un público, que siempre se nos antoja un tanto soso en esta ciudad.

Nunca se nos olvidará aquel papá que se pasó todo el concierto con su hijo en los hombros. Un niño que disfrutaba de la música con su puño y su mano cornuta. Una imagen bella que hace recuperar la sensación de la inmortalidad del rock.


domingo, 19 de junio de 2016

Credogma



Creo en todas las Artes, porque me gratifican y me devuelven la visión de la verdad cuando esta se ha deformado irremediablemente.

Creo ciegamente en la Música, el Arte de las musas. Y en sus intérpretes. Creo en sus voces, en sus ritmos de batería y bajo, y en sus riffs de guitarra que entornan mis ojos de gozo cuando suenan y plasman perfectamente todos mis estados de ánimo. Y en sus letras, que narran a la perfección las historias de mi vida.

Creo en la Literatura, porque al leer (y al escribir) enfoco las cuestiones desde diferentes perspectivas y me formo una imagen de la vida libremente, sin moldeados.

Creo en el Cine, porque comparte a través de imágenes esas vivencias libres.

Sí, creo en la Literatura y el Cine porque narran como nadie la Historia, muestran el presente y predicen el futuro prácticamente sin equivocaciones.

Creo en la lealtad que implica el Amor y la Amistad; y creo en las personas que las desarrollan.

Creo en la Esperanza y las Expectativas. Y si estas no se cumplen, creo y confío en reponerme del efecto de sus fracasos y hacerme más fuerte. Y volver a creer.

Creo en la Coherencia como único valor que da sentido a todos los demás, independientemente de si encaja o no en los parámetros personales de uno mismo.

Creo en la Objetividad, como valor casi extinto y entendido como una racional suma de subjetividades; como enfoque adecuado de la realidad y solución evidente a su deformación; como el único camino que nos lleva a ser tolerantes.

Creo ciegamente en las mal llamadas Causas Perdidas, porque desde que haya causa debemos luchar por ella y negarnos a que se le añada adjetivo alguno. Las causas no se pierden: permanecen y perduran; se mantienen vigilantes ante aquellos que les adjudican calificativos.

Creo en el "algo a cambio de nada", sin recibir de vuelta. Porque cuando se da a cambio de algo, el acto se torna impuro y deleznable.

Creo en el Poder de la Risa, sin contemplaciones; como un arma recurrente y eficaz; como un proceso introspectivo que se proyecta hacia el exterior.

Creo en los Pueblos Libres, que gestionan sus alegrías (o sus tristezas) a su antojo; que viven en paz, sin necesidad de tener que defenderse continuamente de monstruos que les quiten el sueño.

Creo en los que tienen un Sueño y mantienen intactas sus ilusiones sin ver una meta próxima, porque ellos me mantienen soñando.

Creo en que no me fallen las fuerzas para seguir creyendo.

Hasta el final.



sábado, 28 de mayo de 2016

Ovejas eléctricas por cerditos repletos de dólares

#VerdadOAcción
Arte: mentira que dice la verdad.
Historia del arte: la verdad sobre la mentira.
Estética: la verdad de la mentira.
Filosofía: la verdad.
Eric Jarosinski


El arte se crece en tiempos difíciles. Aparte de su finalidad estética, el arte trata de mostrar y transmitir la realidad (tal cual o deformada, al fin y al cabo da igual) para retratarla, idealizarla, criticarla y también transformarla, tras una reflexión interna individual o de un colectivo humano. Por eso, debemos recurrir a las obras que nos aportan salidas ante situaciones reales adversas.

Estas disquisiciones nos han llevado a la ciencia ficción. Un género un tanto curioso ya que, con el paso del tiempo, sus obras van ganando en su primer apelativo y perdiendo en el segundo. Un género que analiza la realidad apartando su mirada del efecto inmediato que produce la propia existencia. En palabras de Picasso: «El arte es una mentira que nos acerca a la verdad».

De entre toda la producción de este género hemos hecho una revisión del clásico cyberpunk: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick (1968), y su versión cinematográfica Blade Runner de Ridley Scott (1982).



La película Blade Runner es una obra maestra del cine, un imprescindible del mundo del celuloide. Pero también es verdad que es una pésima adaptación de la obra narrativa original, que es otra auténtica obra de arte. Aunque ambas producciones, literaria y cinematográfica, parten de una visión distópica de la sociedad, la película cambia detalles estructurales y argumentales que terminan transformando la historia en "otra historia".

William Burroughs prestó el título de una de sus novelas para registrar el film, pues en principio se iba a denominar Días peligrosos. Además, fueron modificados los tan recurrentes nombres de los personajes principales de los cazadores de bonificaciones y los androides o andrillos por los más cinematográficos blade runners y replicantes, respectivamente.

Del famoso monólogo del personaje Roy Batty, de gran belleza poética pero extremadamente alabado (lo siento por los adoradores del celuloide) no hay ni rastro en la novela, ni falta que hace (y si apuramos, tampoco en la película). Cuando vamos concluyendo el libro, con el ceño fruncido por culpa del sustrato cinematográfico que subyace en nuestras mentes, nos preguntamos cómo demonios puede encajar aquel recordado texto en el grandioso argumento de esta novela. Esa es la pregunta trampa que nos despista del planteamiento original y fundamental que da título a la obra escrita y en la que se debaten temas tan latentes y universales como la religión, el medioambiente o la lucha continua contra las tiranías y la superioridad de unas clases sobre otras.

Que en el cine transformasen algunos datos básicos de la obra de Dick como el tiempo narrativo externo o el espacio donde se desarrollan los hechos, que no aparezca ese maravilloso instrumento como es la Caja de Ánimos Penfield, o que no se haya explotado la filosofía religiosa del mercerismo, fue algo innecesario. Que tras el éxito de la película, la novela se vendiera bajo el título de Blade Runner es algo imperdonable.



Es por ello que abordamos estas dos grandes obras como separadas. El propio guionista Hampton Fancher declaró en su momento que su escrito era un «guion original basado libremente en la novela de Dick». Es más, Ridley Scott contrató a David Peoples para hacer más cambios en el script ante la negativa de Fancher.

Philip K. Dick, condenado al ostracismo injustamente, pudo catar escenas de la película antes de fallecer. Aun teniendo poca fe en la factoría de Hollywood declaró que «Blade Runner cambiaría la manera de ver las películas». Y así fue. Pero también es verdad que se hubiese divertido mucho viendo como millones de seguidores se han pasado años discerniendo sobre si Rick Deckard (Harrison Ford en la película) es o no un replicante. Una auténtica memez si tenemos en cuenta la obra literaria. Eso sí, no hay duda de que la industria del cine y todo su entorno propagandístico se trabajó el asunto a conciencia, como en tantos otros casos. 

Está claro que con lo que soñaban los productores del celuloide no eran ovejas eléctricas, sino más bien cerditos repletos de dólares.

jueves, 28 de abril de 2016

Asincronía. Fuera de temporada


A mí la literatura escrita me empezó a interesar realmente en 2º de BUP. Y digo escrita porque de la oral ya disfrutaba de pequeño con las historias que nos contaban los mayores y con los cuentos infantiles que Radio Nacional emitía cada mediodía.

Decía que me empezó a interesar la escrita cuando la profesora titular estuvo de baja y llegó Felisa, la sustituta, una mujer impresionante que nos trataba de "mi niño" y nos hacía componer pequeños poemas y canciones; a diferencia de la profesora titular que leía unos apuntes amarillos desgastados por el tiempo.

Felisa era alta y corpulenta, vestía leotardos de colores, se maquillaba lo justo para resaltar sus grandes ojos negros y tenía una sonrisa pícara y disuasoria. Yo caí rendido a sus encantos el día que me levantó la mirada para decirme que yo podía componer aquel poema sin problemas, que veía mucha sensibilidad en mí. Pasé mucha vergüenza por mis compañeros, que suspiraron al unísono un "¡oh!" mayúsculo. No es que no me gustara que me motivara y halagara de esa forma, pero sí que lo hiciera así, delante de todos mis compañeros, unos compañeros con los que nunca me identifiqué y que me mostraban el peor de los rechazos: no sabían que existía hasta ese momento. No quería que Felisa dejara de decirme esas cosas, pero aguantar aquellas miradas... Eso no. Por eso resolví escribir poemas o canciones mediocres, lo justo para aprobar y no llamar la atención, mientras algún listillo de clase copiaba canciones de José Luis Perales o Julio Iglesias.



Pese a todo ello, la asignatura me gustaba cada día más, tanto que ya no me parecía una asignatura. En casa, mi madre se extrañaba al ver que por primera vez me sentaba cada tarde para hacer la tarea. En realidad, componía poemas para Felisa, poemas que nunca llegaron a su destino.

En aquella época estaba seguro de que Felisa escuchaba en casa Al otro lado del silencio de Ángeles del Infierno, y eso me agradaba. Hoy estoy seguro de que lo que hacía era disfrutar de Miles Davis y su Kind of blue; eso me satisface y me hace comprender aquella forma de caminar que tenía en el pasillo.

Felisa se fue sin avisar para casarse cuando habían pasado dos meses. Ella nunca supo el daño que le hizo a aquel chaval de 16 años con la cara marcada por el acné, los vaqueros llenos de parches musicales y el bigotillo de pelusa. No, el enfado no era por lo de su matrimonio. No nos avisó, otro desprecio más.

Su baja la cubrió el sustituto de la sustituta, un cabrón que nos hacía copiar apuntes sin ninguna finalidad.

Cuando Felisa regresó ya nada fue igual. A aquel chaval ahora ella le parecía otra persona, algo más feliz, algo más distraída y menos preocupada por sus alumnos.

La profesora titular volvió y la luz azul que iluminaba la hora de Literatura se fue apagando en favor del amarillo rancio que portaban sus folios. En un par de semanas se me olvidó el interés por la literatura, pero siempre se mantuvieron en el recuerdo aquellos poemas y canciones desechados que Felisa consiguió inspirar en mí.


lunes, 14 de marzo de 2016

Ojos divergentes

En una definición de miopía se especifica, en su primera acepción, que esta anomalía se debe a una curvatura excesiva del cristalino que hace que las imágenes de los objetos se formen un poco antes de llegar a la retina. Como ven, no es que los miopes no veamos bien, sino que nos anticipamos a las imágenes, vamos por delante.

Los miopes tenemos el globo ocular más alargado y la córnea es más curva que la de los "buenavista". ¿Y que hay de malo en eso? ¿En el canon de belleza no ha estado siempre la línea curva? ¿No ha sido siempre la cualidad de rasgado algo atractivo en los ojos? Como ven, también es una cuestión estética.



Una segunda acepción del término apunta hacia la incapacidad para ver cosas que son muy claras y fáciles de entender o para darse cuenta con perspicacia de algún asunto. ¿Incapacidad? Perdonen, pero eso no es cierto. Nosotros cerramos los ojos así, como haciendo de chino, enfocamos todo y lo desenfocamos a nuestro antojo hasta que damos con la imagen que nos agrada. Si eso no es perspicaz...

Los miopes vivimos situaciones divertidas. O mejor dicho, divergidas. Esa escena en la que salimos del agua en la playa tras haber perdido las lentillas, no tiene por qué ser entendida como algo terrorífico. En realidad, lo que sucede es que estamos haciendo vida social. Aunque en principio pueda parecer terrible, comenzamos la búsqueda imposible de nuestra toalla y vamos a parar a lugares extraños que reconocemos así solo justo cuando abordamos la intimidad de las personas extrañas. Explicamos nuestro problema a esas personas, nos miran con extrañeza (si no son miopes), pero acaban comprendiendo (si no son demasiado convergentes). Nos despedimos y comenzamos la nueva búsqueda, hasta que nuestros compañeros de toalla nos rescatan si no damos con el lugar exacto. Si eso no es divertido...

La miopía se "corrige" con lentes divergentes. Divergentes, así queremos ser los miopes: exigimos y no nos conformamos. No convergemos como se nos ha impuesto, nos rebelamos ante la convergencia como axioma inescrutable. Queremos divergir, revolvernos y abrir otro camino diferente que también pueda ser posible y viable (pensamiento divergente). Necesitamos discrepar y disentir para comprobar. En ese sentido, casi podríamos decir que somos insurgentes. Siendo miope se soporta mejor la cantidad de injusticias sociales que estamos viviendo en este mundo supuestamente avanzado. Ser miope hace que visualicemos desde varias perspectivas y que juzguemos sin prejuicios.



Los miopes soñamos diferente a los "buenavista". Soñamos que vemos como ellos y surcamos el mundo viendo y disfrutando hasta el último detalle. Soñamos que somos miopes -es muy fácil- y solo vemos lo que vemos. Ya en el mundo consciente decidiremos qué hacer: con o sin lentes.

Los miopes descansamos dos veces cuando nos quedamos dormidos en el sofá: la primera vez, como todo el mundo; y, la segunda, cuando nos despertamos, nos quitamos las gafas y nos volvemos a dormir sin ellas, ahora ya en la más profunda oscuridad.

¿A que dan ganas de ser miope? Pues empiecen a divergir.

lunes, 15 de febrero de 2016

Más allá del séptimo traste: The Winery Dogs

9 de febrero de 2016
Teatro Joy Eslava (Madrid)

Cuando se lleva un buen tiempo esperando por ese concierto que crees que valdrá la pena y que te hará feliz, se crean expectativas que pueden desembocar en una auténtica tragedia. Es decir, que puede que lo que se esperaba no cumpla con lo esperado. En esta casa hemos aprendido eso desde hace mucho tiempo y esa es la premisa de la que partimos antes de acudir a un evento: intentar ir con las mínimas expectativas, en la medida en que esto pueda ser posible, y esperar a ver qué pasa. Era la primera vez que nos saltábamos esa regla. Pero, afortunadamente, no hubo consecuencias negativas.

Extramuros
A mediodía nos acercamos al callejón de San Ginés para ojear el acceso a la Joy Eslava y -ya puestos- con la tonta esperanza de ver llegar a los artistas al teatro. Sentados en la chocolatería del mismo callejón, conocimos a David, un chaval de Vallecas que, además de batear en Clave Zero, toca en dos bandas más; un batera fanático del rock y el metal y superfan de Mike Portnoy. Allí lo vimos erguido, nervioso, moviéndose de un lado a otro, y lo invitamos a sentarse con nosotros. Más tarde apareció Pedro, un periodista extremeño que trabaja para Canal Extremadura, que toca el bajo en un par de grupos y que había viajado desde Plasencia acreditado para entrevistar a Billy Sheehan (lo oiremos en su programa de radio). La tonta y esperanzadora estancia se convirtió en una agradable conversación musical y cinéfila.

Sin previo aviso apareció Billy Sheehan, un tipo enorme de tremendas zancadas, tan largas que casi no pudimos reaccionar a tiempo. David llamó su atención y él se giró justo en la puerta para decir que ahora no podía, que tenía la prueba de sonido y que volvería en unos minutos. Ese momento nunca se produjo.

El frío se colaba en el callejón (unos 10° con una inusual humedad en la capital de un 94 %), pero allí nadie se movía de la mesa por si se producía la aparición wineryana. Cuando en la mesa solo se encontraban justo los dos que más esperaban el momento, aparecieron Richie Kotzen y Mike Portnoy. Mike, sonriente como siempre y con su forma eléctrica de caminar; Richie con su atuendo monacal para pasar desapercibido, tanto que no nos dimos cuenta de que era él hasta un poco más tarde.




Se oyó la voz de alarma y saltamos de la mesa. David sacó su disco para que le estamparan la firma y el que escribe le iba dando a la cámara con el dedo, que se había tranquilizado gracias al frío. Kotzen, en segundo plano, le hacía burlas a Portnoy mientras este las recibía estoicamente y nos hablaba: "¡Ok, ok, man, quick, quick!". Hecho. Apenas pudimos balbucear un Thank you que en realidad significaba me acabas de hacer muy feliz.




Intramuros
Con bastante puntualidad apareció en el escenario la banda inglesa Inglorious. Un buen nombre para una banda que dará mucho de qué hablar en breve en la escena hardrockera europea. Su set estaba preparado a la perfección para el tiempo que tiene una banda telonera. Así, arrancaron sin contemplaciones con un riff muy cañero que el público recibió con gratitud, mientras el cantante de la banda bajaba las escaleras histriónico, arreglándose el pelo a lo Robert Plant. Ya estábamos pensando en lo peor, cuando se apoderó del micro y emitió las primeras sílabas. Al rato ya se le había quedado un tanto corto el escenario y, sin embargo, le sobró espacio para mostrar sus cualidades vocales. El batería aporreaba los parches como si fueran de usar y tirar. El bajista nos recordó a Michael Anthony de Van Halen. La formación se completaba con dos correctos guitarristas, uno de ellos un exótico sueco que tuvo un extraño problema con su instrumento, que se solucionó justo cuando entraba su solo de guitarra en un blues muy bien ejecutado. Las influencias de Led Zepelin, Deep Purple o Whitesnake eran evidentes y metieron al público en vereda cuando nos hicieron corear a todos el I surrender de Rainbow y remataron con su single Until I Die. Fue el momento en el que el cantante echó una ojeada al teatro y recordó a David Coverdale y su ya clásico grito de guerra: "¡It is on fire!". Ya estaba todo dicho.

Los Perros salen a escena
V = (c + h) × a

(La valía de alguien es igual a su conocimiento,
más su habilidad, multiplicado por su actitud)
Víctor Küppers

Portnoy pone la interacción verbal y el ritmo hipnotizador de la banda; Sheehan, la ejecución y los gestos; y Kotzen, la presencia, la voz y el buen hacer. Todos juntos, una enorme calidad y muchísima melodía.

Al arranque inicial y arrollador de Oblivion, le siguieron Captain Love y un We Are One que hizo desenvainar las lenguas de los asistentes. Llega el momento para el sonido más funk de la banda, sin perder nunca la base rockera, con su Hot Streak, título de su segundo álbum. Y vuelta a la carga con el How Long de puño en alto, para dar paso a Time Machine. Un tema que no se incluía en la edición europea de la citada obra y, sin embargo, es un tema indispensable que recuerda mucho a Mr. Big (Billy Sheehan), donde el trío se funde en una sola voz con un estribillo pegadizo y efectivo.




Durante todo este tiempo, Portnoy pone su atención tanto en el público como en sus compañeros, haciendo guiños y gestos cómplices para atacar un estribillo o pausar la canción con un cambio de ritmo perfecto. Verlo tocar es una gozada: goza y hace gozar. Su mano izquierda tiene cinco funciones: darle a la caja y platos en el momento justo, golpearse la cabeza con los nudillos, hacer movimientos giratorios con la baqueta entre los dedos, soltarla al aire y recogerla, y señalar a cualquier parte de la sala para que se produzca la ósmosis entre el artista-emisor y el público-receptor. Su solo no fue gran cosa, ¿para qué nos vamos a engañar? Cada canción estaba interpretada con tanto magisterio que no hacía falta demostrar nada más. Esto no iba de demostraciones virtuosas, esto era hard rock, eso sí, de altísima calidad. No obstante, salió de la batería con sus baquetas y marcó ritmos por el suelo del escenario, en los monitores, en el bajo de Sheehan y hasta lo intentó en la guitarra de Kotzen.

Sin pausa pero sin prisas suenan los primeros acordes de Empire y el público que conocía la letra de la canción hizo suyo el estribillo, como si se lo redirigiéramos a la banda, porque "debes saber que cuando te vayas, este imperio caerá ante ti". Este subidón pedía un momento de tregua. Billy y Mike abandonan el escenario dejando la batuta a Richie, que se calza la guitarra acústica para introducir Fire, una balada un tanto ñoña que se transforma en un verdadero temazo cuando la interpreta el vocalista. En el segundo acorde, parte del público pidió silencio absoluto y el resto obedeció respetuoso tras un "¡We Love You, Richie!" de una enfervorizada seguidora. Pero no solo las féminas se estremecieron con la voz del solista. Todos caímos rendidos tras tener la oportunidad de responder a su "We are fire" con el consiguiente "and nothing but ashes remain". Este momento se volvería a repetir un poco más adelante cuando se sentó al piano para interpretar Think It Over y, ya enfilando la recta final del concierto, con Regret, ambas canciones con una carga de soul importante. Sencillamente, llenas.


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Richie Kotzen es el resultado de una mezcla de timidez, introspección y genialidad. Un tipo que no sonríe más que unas décimas de segundo; que mueve sus hombros marcando ritmo y elegancia; que canta con gesticulación un tanto curiosa, entre la exageración y el disimulo, trabajando el equilibrio perfecto entre el estómago y la vocalización adecuada para lograr ese torrente de voz que raspa los graves y acaricia los agudos. Un tipo que toca magistralmente la guitarra sin púa, usando sus dedos pulgar e índice, de los que brotan solos con una naturalidad pasmosa.

Tras la ultrarrítmica The Other Side, es el momento para que Billy Sheehan haga en solitario lo que venía trabajando en grupo. Las notas iniciales de El vuelo del moscardón de Rimsky-Korsakov como punto de partida, que evocaba aquel famoso solo de Joey DeMaio, sirvieron de aguijón envenenado para cierto periodista español que, unos días antes, quiso obtener respuestas que tenía pensadas, intentando menospreciar el trabajo de la banda. Tras los argumentos dados por el bajista, no le quedó más remedio que reorganizar la entrevista y rendirse a las evidencias: demasiado buenos para algunos; como si eso fuera un defecto.

Sheehan es un tipo grande en todos los sentidos. A sus 62 años está pletórico: gira su cabeza marcando el ritmo desde el inicio del espectáculo y recorre el mástil de su bajo endiablado, realizando tappings que llenan los temas de forma extraordinaria, dejando ver para qué sirve la zona que va más allá del séptimo traste.

El ataque continúa con Ghost Town, el medio tiempo de I'm No Angel y una Elevate, que llevó una vez más a la audiencia a lo más alto. El espectáculo está a punto de acabar y una Desire inmensa abre varios caminos: Kotzen se sale a la guitarra; Sheehan ofrece las cuerdas de su bajo al público para que toquen los instantes previos del tatachán final; y en medio del escenario, Portnoy golpea los platillos con su butaca. En medio del griterío, el público asistente jadea pidiendo volver a empezar. Si fuera posible...

Nadie pudo quedar insatisfecho porque se cumplieron todos los propósitos de la música. Expectativas cumplidas y superadas.

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PD: Gracias a David y Pedro por su grata compañía y por su sabiduría musical. Y sobre todo, gracias a Chiqui, la mejor compañía posible como siempre, por su insistencia en que nos quedáramos en la chocolatería de San Ginés por si pasaban por allí algunos de los artistas que tanto admiro.

lunes, 25 de enero de 2016

Un bálsamo que sana y fortalece

La música tiene la capacidad de elevarse a las alturas profundizando en el espíritu del ser humano y expresar sus hallazgos con un atractivo universal
Tim Blanning

De todas las artes, la música es la de mayor poder global en el mundo actual, la que ostenta la supremacía cultural. Pero, ¿qué debe poseer un músico, una banda, para triunfar con su arte? Hablamos de un triunfo en el sentido de trascendencia, de una confirmación temporal de ese triunfo, y no del éxito momentáneo. El triunfo no es el éxito, que es normalmente efímero. El triunfo de la música significa la instalación en el corpus mental y emocional del pueblo. Según el prestigioso profesor Tim Blanning*, para garantizar el triunfo de la música deben coincidir cinco elementos esenciales: la categoría (del artista), el propósito, los lugares y espacio, la tecnología y la liberación.

Hasta el siglo XVIII, los músicos eran esclavos y sirvientes. Ni Händel ni Haydn se liberaron de esta lacra hasta que marchan a Londres, capital de la música por aquella época. Mozart tuvo prestigio, pero hasta que no llega la figura de Beethoven los músicos no conocen la fama. Ya en el siglo XIX Rossini fue un auténtico ídolo de masas, el primer músico famoso de la historia. Paganini sumó a estas características su virtuosismo y una leyenda. Como relata Blanning, "circulaba el rumor de que había perfeccionado su técnica durante los 20 años pasados en la cárcel por asesinar a su amante, e incluso no faltaban quienes decían que la cuerda de sol de su violín estaba hecha con parte del intestino de la difunta". El público de la época pensaba que había vendido su alma al diablo: nadie podía tocar tan bien sin una ayuda sobrenatural. Creaba expectación haciendo esperar al público. Cuando salía al escenario, lo hacía con tres cuerdas rotas y ejecutaba con una sola cualquier pieza magistralmente. Poseía un irresistible atractivo sexual y las mujeres hacían esfuerzos en vano para no perder sus prendas íntimas bajo el escenario. Tamaña combinación de arte y artificio creó una imagen de un enorme poder, una auténtica estrella del rock.



Su sucesor fue Liszt, esta vez al piano. Sus conquistas femeninas dentro de la aristocracia europea fueron muy sonadas, algo que le hizo merecedor del odio en el ámbito masculino. La lisztomanía creó el primer fenómeno fan de la historia de la música: el público femenino gritaba excitado cuando salía al escenario, algo que no pudo ni verse ni oírse hasta un siglo más tarde con la beatlemanía. Con él, el músico dejó de ser sirviente para ser el amo.

Con Wagner se produjo el distanciamiento entre el músico y el público. Se buscaba un nivel tan alto que parecía que los músicos componían para otros músicos. Si bien es verdad que a mediados del siglo XVIII, "la formación de un público musical había avanzado hasta tal punto de que este empezó a ejercer una influencia cada vez mayor en la categoría tanto de la música como de los músicos".

El concierto público como máxima expresión institucional de la música se consolidó en el siglo XVIII. En los albores del XIX se había convertido en el principal medio de la música: pagar para ver y escuchar tiene un origen hasta cierto punto reciente. Hasta ese siglo no se reconoció a ningún músico como personaje importante en la sociedad, espacio reservado para artistas de otras especialidades. Ya en el siglo XX esto empezó a cambiar, sobre todo en la música popular. De hecho, en el Reino Unido, y a partir de la década de los 60, se convirtió en una tradición darles nombramientos honoríficos a los músicos, incluso más que a otros artistas de diferente ámbito. Son los casos de Bob Geldof, Paul McCartney, Elton John, Mick Jagger o Tom Jones. Fue en tierras británicas donde por primera vez se dieron cuenta del poder de los músicos en la sociedad y fue allí donde los políticos se rifaron a los Beatles como estandarte en sus campañas para atraer votantes. Las visitas a Downing Street de Bono o Noel Gallager, los eventos como el Live Aid de Bob Geldof y la actuación política del líder de U2 en Little Rock en 2004 son grandes muestras de triunfos musicales.



La música abraza el corazón herido con manos curativas y derrama en él un bálsamo que sana y fortalece
Carl Friederich Zelter

Los propósitos de la música son variados: poder, dinero, placer, redención o entretenimiento. La música siempre estuvo relacionada con la religión, pues esta era (y es) quien ostentaba el poder en muchos entornos. Con un propósito religioso o de redención se concebirían grandes obras como la Pasión según San Mateo de Bach o el Mesías de Händel. La música llegó tarde a la emotividad, la introspección, la autoexpresión, la originalidad, el culto al genio y la sacralización que surgen con el Romanticismo, pero fue el arte que mejor se instaló en este movimiento revolucionario, porque es el arte que mejor se percibe por los sentidos. A partir de Wagner, los dedicados a la música clásica "aceptarían como axioma la necesidad de crear música sincera, expresiva, espontánea, individual y, sobre todo, original". La música se había sacralizado y ya era de todos.

Aparte de la música clásica (diremos mejor, culta) hay dos géneros que demuestran que la música es el arte más romántico: el jazz y el rock. El jazz con figuras como Louis Armstrong, Duke Ellington o John Coltrane y su obra maestra A Love Supreme; el rock, que había nacido en los 60 de sus padres el rock 'n' roll y el blues, con nombres de la talla de The Beatles, The Animals, Yardbirds, Rolling Stones, los Cream de Eric Clapton o la canción protesta, más tarde electrificada, de Bob Dylan. Todos ellos contribuyeron a "la capacidad perdurable de la música para llegar a incalculables millones de personas y no solo para entretenerlas, sino también para estimularlas, elevarlas y, tal vez, incluso redimirlas". Pese a su fama o éxito, el pop no posee estos propósitos de redención, pues se trata de una música, normalmente, efímera, excesivamente hedonista y superficial, una música pasajera que centra su objetivo en el puro entretenimiento. Los Beatles no hacen su mejor música hasta después del encuentro con Bob Dylan, después de dejar atrás el ¡Yeah, Yeah, Yeah! y ponerse en manos de los "poderes artísticos" que les proporcionan la marihuana o el LSD. Todos los propósitos de la música se concentraron en ellos desde ese momento.

Los espacios donde se muestra la música también suponen un elemento importante. Durante los siglos XVIII, XIX y parte del XX la música se mostraba para la aristocracia en las iglesias y en los grandiosos teatros de ópera que se fueron construyendo; para el pueblo, la música se mostraba en las tabernas. Con el incremento de la clase obrera en la segunda mitad del siglo XIX, estas tabernas fueron transformándose en otro tipo de espacios que darían como consecuencia el music hall. Así es como los menos pudientes consiguieron deleitarse con estos espectáculos, que más tarde atraerían también a los más adinerados. Por otro lado, justo antes de que acabara el siglo XIX, apareció un nuevo espacio que cambió la forma de emitir y recibir la música: el cine. Al principio, el asunto se limitaba a integrar extractos de piezas clásicas a las imágenes. Más tarde, fueron piezas compuestas exclusivamente para este nuevo arte: la banda sonora. Tanto se integró que hoy sería casi imposible imaginar una película sin la existencia del recurso musical. Pensemos en lo incompleto que sería el género en obras como El último mohicano, La guerra de las galaxias, El Señor de los anillos, Piratas del Caribe o Titanic. ¿El arte dentro de otra arte? El cine parecía poner punto y final a los espacios para la música. Pero no fue así. Pronto llegarían la radio y la televisión y se pasó del espectáculo compartido al espectáculo personal, apoyado por la nuevas tecnologías que irían surgiendo: la casete y el walkman, el mp3 y el iPod... Pero no por eso los espacios públicos se extinguieron. Al contrario, se centraron en ser más gigantescos. Todo comienza con el concierto que los Beatles dan en el Shea Stadium de Nueva York en 1965 ante 55600 espectadores, el primer concierto multitudinario de la historia y que descubre la máquina de hacer dinero con este tipo de eventos. Las catedrales de antaño mutan a estadios en los que se celebran conciertos de rock: la música es la religión del pueblo.

En cuanto a la tecnología, la idea de mejorar los instrumentos y el sonido que producen está patente desde el primer momento, como en el caso del primitivo clavicémbalo que se metamorfoseó en pianoforte. La creación de nuevos instrumentos como el oboe, el fagot, el clarinete, la trompa o el violonchelo a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, el saxo y la tuba en el XIX, o la guitarra eléctrica en el XX, fueron conformando y regenerando los recitales públicos. Estos instrumentos se abarataron con el tiempo y el pueblo pudo adquirirlos: por primera vez cualquier "humano ordinario" podía hacer música sin necesidad de saber cantar.

Pero si hay algo que tecnológicamente ha avanzado es la grabación. De aquel rudimentario fonógrafo inventado por Thomas Edison en 1878 y aquellas antiguas y nostálgicas producciones con ruido de fondo, hemos pasado a grabaciones de un resultado exquisito. A partir de entonces todo el mundo puede escuchar música.

La radio fue la que dio el empuje definitivo a esas grabaciones. O más bien deberíamos enfocarlo de otra forma: fueron esas grabaciones musicales las que impulsaron el auge de la radio. Algo parecido sucedió con la televisión. Al sonido se le sumaban las imágenes, que con el tiempo inmortalizaría la MTV, aunque esta solo emita ahora de todo menos música. Parecía que el video killed the radio star, pero no ha sido así. Las discotecas, surgidas en los años 60, se unieron a la radio y a la televisión para crear la máxima expresión de la ubicuidad de la música en el siglo XX. Con el tiempo, el vinilo dio paso a la casete, al walkman, al disco compacto y al mp3, y la forma colectiva de escuchar música cambió. Es increíble cómo, con un simple deslizamiento del dedo sobre la pantalla del teléfono móvil, la música, cualquier música, empieza a sonar: "sean cuales sean los avances tecnológicos que haya en el futuro, el arte que más probablemente se beneficiará de ellos será la música".

Sí, es cierto, la música está al alcance de todos. Sus características actuales de accesibilidad, portabilidad, diversidad y ubicuidad lo hacen posible. Pero también han hecho que la forma actual de escucharla ponga en duda su triunfo. Pese a que la tecnología haya avanzado, el uso indiscriminado de soportes inadecuados para el acto sagrado de escuchar música ha pervertido su finalidad, lo ha cambiado. No hay correspondencia directa entre tecnología y calidad: la música es escuchada por más público que nunca; sin embargo, una gran  parte de esa multitud no la escucha en el soporte apropiado y este hecho pone en peligro su triunfo.

La música es un elemento de liberación, ha sido y es el orgullo de los pueblos, la forma con la que se expresa el sentimiento de lo propio. Los nacionalismos del siglo XIX tiraron de la música para exaltar las tierras que pisaban sus habitantes y conocieron la fuerza que emanaba. Numerosos hechos constatados dan fe de ello: los himnos cantados por el ejército prusiano de Federico II el Grande lograba victorias extraordinarias sobre las tropas austriacas, aunque estas fueran muy superior en número. Todas las grandes naciones se esforzaban por tener mejor música que sus vecinos. Y es en este momento cuando surgen los himnos, una forma de bandera y símbolo. El poder musical era inversamente proporcional al poder militar y económico.

La Marsellesa es el himno más destacado de la historia en este sentido. Con ella se liberó al pueblo francés del absolutismo, aunque con ella también se cortaron cabezas (culpables e inocentes) y, en la actualidad y en su nombre, se bombardean pueblos y ciudades de Siria tras la masacre perpetrada por los terroristas en París. Sin duda, es el himno nacional más sangriento que se haya escrito nunca. Su lenguaje combina perfectamente un sentido de la rectitud absoluta con una paranoia violenta, un himno sin rival hasta que la Internacional Socialista adquirió popularidad a finales del siglo XIX. Quedémonos aquí con el uso dado a este himno como liberación de un pueblo oprimido, tal como lo reflejó magistralmente Michael Curtiz en una de las mejores películas de la historia. Con el consentimiento de Rick, la Marsellesa fue dirigida espiritualmente por Victor Lazlo para aplastar a la alemana Die Wacht am Rhein. Sencillamente, emocionante.



Desde los inicios del siglo XX en EEUU ("el país de las libertades"), la raza negra ha luchado por una integración que se les había negado desde siempre. Y fue la música su única forma de protesta en un principio, su mejor aliado, la que abrió la puerta a todos los movimientos sociales posteriores. Fue esta música de la que hablaba Duke Ellington cuando expresaba que "la de los negros es la voz creativa de América, es la América creativa y el día en el que el primer pobre esclavo llegó a sus costas fue un día afortunado para América". Durante muchos años en el continente americano la música se dividió en música negra y blanca, la vieja y testaruda visión maniquea. Pero fue la propia música, una vez más, el arte más luchador para acabar con la segregación racial y romper las barreras entre ambas razas. Los blancos americanos no tuvieron más que rendirse a la supremacía artística negra que, con el jazz y el blues (el rhythm and blues), encandilaban a todo el mundo. A partir de ahí, las consecuencias fueron inevitables: el country blanco y el rhythm and blues negro se casaron y nació el rock ´n´roll, ese "peligroso" hijo mestizo que ejerció de afrodisíaco sexual.

En los 60, el soul fue la voz de los derechos civiles. Las canciones de Aretha Franklin como Respect o el Say it loud -I'm black and I'm proud de James Brown se convirtieron en auténticos himnos abiertos, la banda sonora con la que Martin Luther King nos habló de su sueño, un sueño que se enfocó de manera distinta en los 70 y 80 con la llegada del hip-hop y el rap.

El mundo de la política ha querido, torpemente, atraerse esta fórmula para sus discutibles fines. Aquella ñoña adaptación de 1987 en campaña europea que la entonces Alianza Popular hizo de The Final Countdown de Europe, el éxito rockero del momento, horrorizó a todos los fieles seguidores de los suecos. Más recientemente, el actual candidato republicano Donald Trump subió al escenario mientras se escuchaba el It´s the End of the World as We Know It (and I Feel) de REM sin el consentimiento de la banda. Al enterarse sus creadores lo mandaron literalmente a la mierda. No contento con ello, el candidato intentó que sonara en su campaña el Dream On de Aerosmith y el himno de Neil Young Rockin' In The Free World. Ambas respuestas fueron negativas. ¿Como iba a acceder el viejo rockero a prestar una canción que habla de un mundo libre a un tipo que defiende que el mundo sería mejor con Sadam Hussein y Gadafi? Pero su empeño no decayó. Tenía claro que en su campaña tenía que sonar un clásico del rock, y lo consiguió finalmente: los Twister Sister han cedido su We´re Not Gonna Take It. (No comment).

Nos resulta imposible no ver la correlación entre música y sexualidad, porque, al ser tan increíblemente rítmica, la música está muy correlacionada con la sexualidad y con el ritmo de esta, y con el ritmo del corazón al latir y con los movimientos del coito, y con el modo en que te hace sentir cuando la oyes. Intentamos que nuestra música provoque una erección
Flea, bajista de Red Hot Chili Peppers

Desde muy pronto la sexualidad estuvo expresada por la música en todos los géneros en que intervenía, desde la ópera hasta el cine, aunque inicialmente no fuera tan explícito. En el siglo XX, el camino iniciado por el rhythm and blues, lo continuó el rock 'n' roll, el género que mejor se desprendió de todo tabú para mostrarse, desde su propia denominación, con una sexualidad implícita y explícita: Elvis Presley, David Bowie, Mick Jagger, Robert Plant, Roger Daltrey... Los sociólogos Simon Firth y Angela McRobbie aseguran que "de todos los géneros de masas, el rock es el más interesado explícitamente en la manifestación de la sexualidad". Hasta el mismísimo George Bernard Shaw acuñó desde un primer momento una definición de rock 'n' roll que aún parece seguir vigente: "Es la expresión vertical de un deseo horizontal legitimado por la música".

De la petición de autógrafos en los 50 se pasó a la formación de groupies en los 60, cuyo objetivo era ofrecer todos los servicios sexuales a sus héroes. Aquel chaval llamado Eric Patrick (Clapton) que pasaba totalmente inadvertido en el instituto, tomó una guitarra, formó una banda y todas las chicas quisieron echarse la siesta con él. Otros, como David Lee Roth, se sumaron al negocio de la música para ver cumplidas sus fantasías sexuales. Estos últimos, normalmente, se vieron engullidos por sus propios egos tiempo más tarde.

La llegada de la liberación homosexual fue acompañada de forma espléndida por la música. El andrógino y tristemente desaparecido David Bowie, abiertamente bisexual, abrió la Caja de Pandora de esta justa liberación y se convirtió en el mayor icono de los 70 de otras expresiones sexuales. En los 80 Elton John continuó a su manera la lucha por esta apertura. Una vez más, fue el rock el género musical que abría sus puertas de par en par a lo desconocido, quien se arriesgaba a ofrecer cobijo a los necesitados, sin conocer muy bien las consecuencias.

1992 fue el año del homenaje al icono más grande que haya tenido la música contemporánea: Freddie Mercury. Aquel día los 72000 espectadores de Wembley, más los 500 millones de personas que lo vieron en directo a través de sus pantallas, convirtieron al cantante en un mártir y fue canonizado por las musas en un acto de redención colectiva.



El hombre que no posee música en sí ni se siente movido por el concierto de dulces sonidos es muy apto para traiciones, estratagemas y rapiñas; los movimientos de su espíritu son más negros que la noche y oscuras como el Erebo sus inclinaciones: no hay que fiarse de él. Sigue la música
William Shakespeare, El mercader de Venecia
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*Blanning, Tim, El triunfo de la música. Los compositores, los intérpretes y el público desde 1700 hasta la actualidad, Ed. El Acantilado, Barcelona, 2011.