domingo, 10 de septiembre de 2017

Miedos cotidianos. Desmemoria Blues

Solo se inventa mediante el recuerdo

Alphonse Karr

El otro día estaba leyendo un libro y algo hizo que me detuviese, algo que ahora mismo no recuerdo. Era algo que había leído y quería comprobar documentalmente. Como un resorte, cogí el móvil, como hago siempre, a modo de manual de consulta inmediata. Pulsé la barra de Google pero no supe qué teclear. El cursor parpadeaba, me miraba. Intuí que tenía la mano en la cintura, en forma de jarra, con un gesto de "estoy esperando", pero no pude contestarle. No supe. Volví al libro que me estaba leyendo. Era... ¿Cómo era el título? No recuerdo. Era una escritora danesa. O era una escritora francesa. Nada. No recuerdo nada. Ah, sí, eso, Nada, ese era el título.

Por la tarde, conversando con unos amigos sobre música, comenzamos a recordar influencias de unos músicos sobre otros músicos. Las canciones de las que hablábamos me recordaban claramente a sus intérpretes, a sus composiciones, pero no era capaz de recordar cómo se llamaban. Los veía en mi cabeza tocando en el escenario, pero ni rastro de sus nombres. Escuchaba sus acordes perfectamente, pero no era capaz de recordar ni un título. La conversación se paralizaba por momentos para esperar por mis referencias musicales, que no aparecían. ¡Qué imagen estaría dando, por Dios! Pero esto tampoco lo recuerdo.

Luego pasamos a las películas, y a las series de televisión, de las que solo fui capaz de recordar temáticas y argumentos, pero nada sobre los actores y sus interpretaciones. Justo cuando pasaban por allí unos familiares lejanos que decidieron saludarme, de los que no pude recordar sus nombres, un amigo me hablaba de otro amigo común del colegio. Me dio su nombre y características físicas y síquicas, pero mi cerebro no acercó imagen suya alguna.

Achaqué todo esto a la gran cantidad de información que se va acumulando en nuestros cerebros, la que acumulamos todos cada día, la que llega por todos lados desde que abrimos los ojos a primeras horas de la mañana, o de la tarde, o de la noche. ¿Estaría acercándose ese Alzheimer galopante que va invadiendo los discos duros de nuestra sociedad? ¿Quizás la culpable sea cierta bebida espirituosa que ingiere mi organismo en cantidades desproporcionadas de vez en cuando, o a menudo? No sé ahora mismo si lo achaqué a otra causa. No lo recuerdo.



El lunes pasado, sin ir más lejos, ¿o fue el viernes?, me preparé para salir de casa. Llamé al ascensor, llegué a la planta baja, abrí la puerta de la calle, recorrí dos manzanas y entré en una farmacia. El dependiente que estaba al otro lado del mostrador me indicó con un gesto que era mi turno, pero... Sí, así fue: arrastré una m larga buscando en mi cabeza el motivo por el que estaba allí, pero no surgió la más mínima idea. No sé cómo se me ocurrió, pero en unas décimas de segundo me vi contestándole al dependiente algo absurdo: "No se preocupe, estoy echando un vistazo". El hombre mostró un gesto forzado de complicidad, giró su cabeza para buscar a sus compañeros de trabajo y avisó con la mirada de mi presencia sospechosa en el establecimiento. Todo ello lo sé porque vi ese gesto a través del cristal del nuevo expositor de complejos vitamínicos. Al menos, eso es lo que yo recuerdo. Es sorprendente como la memoria difumina los hechos.

Anoche me llegaron a la cabeza, de pronto y sin avisar, una lista de títulos de libros y otra muy larga de nombres de músicos. Tenía todos los datos numéricos de la deuda económica de los países de la Unión Europea, podía recitar ¡de memoria! los miembros más destacados de la Generación del 27, la lista de clase de 8º de EGB con nombres y primeros apellidos, los títulos de canciones de más de trescientos discos con referencias de su autor y año de publicación, podía recitar diez o quince poemas de la historia de la literatura española, las alineaciones del Fútbol Club Barcelona de las últimas cinco temporadas, las mejores películas americanas con sus directores y actores principales, y hasta la tabla periódica de los elementos. Pero no pude recordar para qué recordaba todo eso. Era una llegada aterradora, más aterradora aún que la sensación de no recordar. Quizás porque empiezas a vomitar toda esa retahíla de súbito, sin más, y puedes llegar a parecer un demente.

Entonces pensé que todo podía estar motivado por una maniobra que había realizado hacía ya unos meses en casa. Decidí que era el momento de abrir espacio, de tirar a la basura todo aquello que ya no era útil. Pero este es un acto que sabes cuándo inicias pero no cuándo finalizas. El detonante está en tirar un viejo recuerdo: aquel llavero que te trajo tu hermana cuando fue de viaje a Alemania; una fotografía de aquella excursión que hiciste al parque nacional con un grupo del que ya no recuerdas la mitad de sus nombres; un horrible sacatapas que compraste en Portugal; ay, aquellas cintas de casete de toda aquella música generacional que sigue sonando en mi cabeza y en mi alma... En definitiva, que empecé a desechar cosas que entendí que eran inservibles sin darme cuenta de que, en realidad, lo que estaba haciendo era enterrando mis recuerdos.



Últimamente he decidido apuntarlo todo lo más rápidamente posible, pero creo que normalmente me olvido de hacerlo. Ahora mismo no recuerdo. Un amigo me dijo que no me preocupara, que eran tonterías mías pero, que si me quedaba más tranquilo, que se lo comentara al médico de familia en cualquier consulta rutinaria. Pero el caso es que siempre que voy a consulta me olvido de hacerlo. Ya ven, juzguen ustedes mismos si es para preocuparse o no.

Pero, ¿qué les estaba contando?