Desde hace poco vengo notando algo que resulta extraño, raro, artificial,
antinatural, erróneo y, además, bastante molesto. Yo soy así, me indigno por
tonterías.
Al navegar por la red, abrimos un blog, el twitter o el facebook de usuarios
canarios y nos encontramos con textos escritos en los que se utiliza de forma
habitual la segunda persona del plural (tenéis, buscad, hubieseis, detendríais,
habéis tocado...). Un uso, exceptuando pequeños reductos de nuestras islas, que
nada tiene que ver con la realidad lingüística del archipiélago.
Las nuevas tecnologías también usan la lengua para comunicarse,
afortunadamente. Y es cierto que el uso de la lengua en las redes tiene unas
características diferentes al uso habitual, pero no por ello deja de ser
lengua, ya que concluye con el mismo objetivo común: la comunicación. Todos
esos usos son aceptables. Otra cosa es cuando se vulneran, se cambian, se
amalgaman las formas adecuadas de cada situación de habla creando una forma
totalmente artificial. Una cosa es usar emoticonos o expresiones creadas para
ese tipo de medios y otra es intentar escribir usando las características
normativas de otro lugar distintas a las propias.
El asunto trasciende aún más. Este uso atropellado va más allá de los textos
escritos en la plataforma globalizadora. También lo podemos encontrar en la
lengua oral en los mismos soportes digitales o en las declamaciones en público.
Cuál fue mi sorpresa al encontrar un día en la puerta de mi casa a una chica de
mi pueblo que llegaba a venderme un producto que distribuye una empresa
peninsular. La chica aconsejaba usar ese producto con argumentos que «vosotros
mismos podréis comprobar» o «me llamáis para cualquier duda». Mis oídos
no daban crédito. Casi me desmayo al ver cómo combinaba un «ustedes» con un
«recordáis» sin inmutarse. A punto estuve de preguntarle si le había pasado
algo en la boquita.
Hace poco acudí a una obra de teatro infantil. Disfruté mucho: los niños
siempre producen esa sensación agradable cuando son protagonistas en algo. Pero
algo hizo saltar la alarma en mi cerebro: los parlamentos de la obra alternaban
las formas canarias y las formas peninsulares, creando un popurrí lingüístico
inexplicable.
¿Qué será lo próximo? ¿Pronunciar la /z/?
Superada ya hace muchos años la discusión sobre si existe un español estándar,
parece contradictorio que encontremos este hecho flotando en el aire cada día
más, como un virus.
Resulta un tanto quejoso que, cuando por fin aquellos profesionales de la
radio y la televisión que procedían de lugares como Canarias o Andalucía han retomado
sus acentos originales, empiece a usarse este tipo de características impropias
de las zonas y a imitación de otras más castizas. Fíjense en cómo se muestra
desde hace ya mucho tiempo el acento andaluz de María Teresa Campos o José
Antonio Maldonado sin ningún complejo, o el alivio con el que habla ahora un
entrañable Paco Montesdeoca al dejar fluir su acento canario más que correcto.
No sé cómo pudo mantener Cristina García Ramos su acento en aquella época en la
que era obligatorio pronunciar un español muy de Valladolid o Burgos, si se
quería trabajar en un medio de comunicación de amplitud nacional, y lanzar a
los cuatro vientos aquel «CoraSón, coraSón». En aquella época y, según algunos,
los españoles del sur, noroeste y nordeste (o sea, prácticamente el 65℅ de la
población) teníamos «problemas de dicción». En fin. No sé yo quién tendría el problema.
En contrapartida y, sin que mi asistencia sirva de precedente, me he
encontrado con la reciente incorporación de un cura a la iglesia de mi pueblo
que trasmite su misa haciendo uso de la norma lingüística canaria. Al principio
perecía extraño, tan acostumbrados nos tenían a la mezcla entre fragmentos
institucionalizados con un uso peninsular y el resto de fragmentos de plática
con un uso normativo canario. Pero paulatinamente el discurso se fue haciendo
más lógico y, sobre todo, más cercano.
De todas formas, será lo que tenga que ser: los caminos de la evolución
lingüística son inescrutables. Así que, podéis (pueden) ir en paz. Y que la
bendición del Señor descienda sobre todos vosotros (ustedes).
Las horas que
crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son
las que más seguramente llevan a la muerte.
Viaje a la
semilla, Alejo Carpentier
Como quien
contempla el vuelo de un pájaro esperando que se pose en el árbol más cercano,
esperábamos que en la página web del gran guitarrista saliese la fecha española
de su gira. Pero se posó en el peor árbol para él: el árbol podrido. Quiso
el destino que ese árbol se encontrara aquí, muy cerca, en el jardín de un
hotel de Estepona (Málaga), y que significara la llegada a tierra de un
náufrago que se encuentra con la isla habitada y cae inerte en la ceremonia de
bienvenida.
Hoy hace ya
tres años desaparecía uno de los grandes guitarristas (y vocalistas) de la
escena del blues y el hard rock: Mr. Robert William Gary Moore.
La
carrera de este artista, que debió nacer al menos mulato, se puede dividir en
dos grandes partes bien diferenciadas: una primera etapa de unos 20 años, en la
que estableció como telón de fondo el blues y se entregó al rock, hard rock,
heavy metal e incluso al jazz-fusión en bandas poco conocidas como Skid Row (no
confundir con la banda de heavy metal), Thin Lizzy (en la que coincidió con su gran amigo Phil
Lynott), Colloseum II o en solitario; y, una segunda etapa, con BBM, Scars o
con su propia banda a partir de 1990, en la que se entregó de lleno al blues,
el origen de toda esta música.
Ya
en aquella primera etapa, emulando a la enredadera de «Viaje a la semilla»
de Alejo Carpentier, creció una madura y sentida pieza creada junto a su amigo
Phil Lynott, un inglés mestizo que se convirtió en un héroe en la vecina
Irlanda. Las calles de París son distintas, más bellas si cabe, a partir del
día que vino al mundo Parisienne Walkways. El paso del tiempo no ha hecho mella
en tremenda composición.
Durante
los 80 se introduce en el rock más melódico y se deja seducir por las
influencias celtas de su madre patria. Es el momento en que se da a conocer a
toda Europa y al resto del mundo. Inolvidable aquella Out in the
Fields o la épica Over the Hills and Far Awayde su
LP Wild Frontier.
El
disco After the War de 1989 supone un impasse, un regreso al hard rock a modo
de despedida en el que colaboran dos grandes figuras de este género: Ozzy
Osbourne y Cozy Powell. La madurez musical enfilaba el cruce de caminos donde
se decide el regreso a casa.
Borrábanse
patas de gallo, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza.
Viaje a la semilla, Alejo Carpentier
Como
en el cuento de Carpentier, las hojas y ramas (el rock, el jazz, el heavy
metal) se iban desvaneciendo para dejar al descubierto el tronco y su semilla:
el blues. El álbum Still Got the Blues (1990) marca un antes y un
después. Gary Moore se vuelve más intimista y gira hacia los encantos y
sensualidad de esta música. Los éxitos no tardaron en llegar de la mano de
temas como el que da título al disco, King of The Blues, Walking by Myself,
Midnight Blues o la excitante Oh, Pretty Woman, grabada junto a uno de los tres reyes de la
música del Mississippi: Albert King. A este gran éxito, le siguen After Hours (1992),
con la colaboración de B.B. King y Albert Collins, Dark Days in Paradise (1997), la declaración de intenciones
que supuso Back to the Blues (2001), el homenaje a los clásicos en Close As You
Get (2007), Bad for You Baby (2008) u otros trabajos en diferentes formaciones.
En 1993 salió a la venta toda una joya en directo, Blues Alive, un disco para
enmarcar digno de una futura entrada en este blog.
Moore
captó desde el principio la energía de Jimi Hendrix y nunca tuvo miedo a que su
blues sonara a rock ni a que su rock sonara a blues. Es por ello, que el
destino quiso que lo último que grabara fuese un disco tributo a esa gran figura:
Blues for Jimi (2012).
El tiempo
invertido acaba por hacer desaparecer, sin violencia, tranquilamente, a los
personajes más relevantes. Pero sus seguidores sabemos que Moore siempre tendrá
un blues para nosotros.
Después de un duro día
de trabajo, te trasladas hasta el aparcamiento y entras en el coche; dedo al botón del play
y el cansancio va desapareciendo de vuelta a casa gracias a la música. Esto es
un sencillo, pero habitual, ejemplo del poder reparador de esta arte. Ya en la
Antigüedad Clásica, Platón decía que la música es al alma lo que la
gimnasia al cuerpo.
Aunque algunos hayan
pretendido históricas asociaciones malévolas, como hizo Hitler con Wagner, la
música es un lenguaje universal que no entiende de idiomas, ni de culturas, ni
de razas, ni de religiones, ni de sexos… Según el escritor Gonzalo Moure, «la
música es el medio para comunicar lo que las palabras no pueden».
La Fundación Barenboim
Said formó en 1999 la WEDO (West-Eastern
Divan Orchestra), compuesta por talentosos músicos palestinos y judíos con sede en Sevilla, y cuya
máxima defiende que “el conocimiento es el principio”.Es
muy difícil imaginar que estas dos culturas tan enfrentadas desde hace más de
sesenta años se unan con facilidad para crear arte, para crear música, dejando
de lado cualquier dogma o precepto. Pero la música lo traspasa todo.
El compositor Eric Whitacre consiguió reunir un coro virtual de unas dos mil voces para unir todo
el mundo a través de la música.
Hay sociedades sin
escritura pero ninguna sin música. Leonard Bernstein decía que «la
música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido». Cuando se escucha música en grupo se produce una actividad
emocional que nos une, se forjan lazos sociales, se rebajan las tensiones y se
fomenta la cooperación. Como apostillaba Robert Browning, un poeta
inglés del siglo XIX, «el que escucha música siente que su soledad, de repente,
se puebla». Unos siglos antes, Cervantes escribía que «la música compone los
ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu».
Recientemente se ha descubierto
que al escuchar música se
activan las áreas del cerebro que se encargan de la imitación y la empatía
(neuronas espejo). Aprendemos a hablar al escuchar los sonidos musicales del
lenguaje. Cuando hablamos cantamos, le damos ritmo a la conversación para
transmitir una u otra sensación.
La música nos hace sentir cosas diferentes según el momento. Nos hace identificar personas, lugares, situaciones... Forma parte de nuestra vida como un elemento imprescindible. Recordamos nuestras épocas pasadas apoyándonos en canciones que forman parte de nuestra particular banda sonora. La música proporciona recuerdos, sí, también tristes. Y así, se puede decir que una canción no gusta porque es capaz de evocar un momento de la vida que no satisface. No obstante, la música da unas pinceladas y transforma el peor momento en una obra admirable.
La música inunda otras
artes, como el cine, para completarlas. La banda sonora de una película nos
traduce las emociones y estados de ánimo de los personajes; sin ella el cine
pierde contenido o produce una ambigüedad que no es deseada por el director (a
veces sí lo es). El mismísimo Steven Spielberg decidió que la
vida extraterrestre se comunicaría con nosotros a través de una serie de cinco
notas en aquella inolvidable Encuentros
en la Tercera Fase.
Michael Matijevic fue la voz deMark Wahlbergen
Rockstar
No hay estación del año que
no recordemos gracias a ella, como los villancicos en Navidad o la canción del
verano. La música es parte de la publicidad; relacionamos una marca comercial
con una sintonía o canción. No es gratuito que muchas empresas nos hagan
esperar al otro lado del cable telefónico con una musiquilla. No hay tienda,
pub o centro comercial que se precie que no esté ambientada con canciones
acordes a la situación. Y no existe una buena fiesta si no hay música de fondo.
De todas las artes, la música es la más solidaria. Muchos músicos pertenecen a
organizaciones como Axis of Justice,
una organización fundada por Tom Morello de Rage Against The Machine y Serj
Tankian de System Of A Down con el fin de buscar mejoras en la política social.
Se graban discos benéficos como No Boundaries para recaudar fondos a
favor de los refugiados kosovares y en el que han participado artistas tan
dispares como Pearl Jam, Black Sabbath, Alanis Morissette, Neil Young,
Jamiroquai o Shakira. O se organizan conciertos con los mismos fines, en los
que se crea una magia que no aparece en ningún otro tipo de espectáculo. Es el
momento en el que algo inexplicable se apodera del entorno tocando conciencias.
No es de extrañar que el
reputado director de orquesta Pablo Heras-Casado esté convencido de que la
música es una combinación de análisis y pasión.
La
música es el arte más directo, entra por el oído y va al corazón. La música en vivo es la
interacción de las musas. Quizás algo de lo que otras artes carecen. Es el momento
en el que se presenta la obra de arte al público en tiempo real.
En 1969 Woodstock representaba a toda una
generación unida para protestar contra la guerra y en favor de la paz y el
amor. Más de 400000 personas se dieron cita durante los tres días que duró el
evento, pese a la lluvia que tiñó de sepia su recuerdo.
El Live Aid, concierto promovido en 1985 por Bob Geldof, reunió simultáneamente en Wembley y Filadelfia a los mejores artistas del momento en favor de los pueblos de África Occidental que sufrían una grave sequía. La actuación de U2 fue una de las más memorables cuando abrieron su actuación con la muy simbólica y emblemática Sunday Bloody Sunday o cuando sacó del público a una fan enfervorizada y bailó con ella. Mientras tanto, en la otra orilla del Atlántico las piernas de Tina Turner se deslizaban por el escenario para acompañar a un hiperventilado Mick Jagger.
1989. Moscow Music
Peace Festival. Era
la primera vez que las mejores bandas de hard rock cruzaban el histórico Telón
de Acero para darse cita en un enorme espectáculo a favor de la paz y en contra de las drogas, aunque
la mayoría de los músicos participantes llegaron en su particular vuelo psicotrópico.
El público del Lenin Stadium de Moscú enloqueció y se levantó de sus asientos
desde el primer momento (cosa que se les tenía totalmente prohibido). Los
soldados, que hacían de seguridad, no pudieron más que despojarse de sus
chaquetas y gorras uniéndose a la gran fiesta. Tres meses más tarde caía el
Muro de Berlín y dos años después la Unión Soviética. No es de extrañar que al
evento se le bautizara como el día en que
las guitarras fundieron el Telón de Acero. Si esto no se incluye en los
libros de Historia, Herodoto se removerá en su tumba.
Parece que todo lo que
podemos expresar sobre esta bella arte se queda corto o es insignificante. Las
musas me atraparon hace muchos años y no me han dejado salir de su universo.
Pero tampoco yo he necesitado en ningún momento huir de su en(canto).
Si miramos atrás en los andenes la imagen permanece como una promesa
Un toque de canela es un inquietante drama cómico
lleno de simbolismos que descubre en su trasfondo los problemas históricos
entre los pueblos griego y turco. La historia se repite: muchas familias
tuvieron que separarse para no volver a verse en muchos años. Los turcos
expulsan a los griegos de Estambul por ser griegos y los griegos reciben a
estos como turcos. Decidir entre tu padre o tu madre, escoger convertirte a
otra religión o poner las creencias e ideales por encima de todo. Demencial,
pero real. La triste y vieja historia.
Con la temática
gastronómica en forma de metáfora de la vida misma, la obra recuerda la
estructura y receta utilizada por la mexicana Como agua para chocolate.
La madurez actual del
protagonista Fanis nos remite al recuerdo de su infancia y a la preparación de
cualquier comida que se precie.
Los entrantes suponen
las primeras lecciones culinarias de su abuelo Vassilis, o lo que es lo mismo,
las primeras lecciones de la vida. Vassilisenseña
a Fanis (g)astronomía a través de un juego etimológico constante a lo largo de
todo el largometraje. Ese detalle lúdico aparece tras el velo de un realismo
mágico oriental que nos transporta a pasajes de Las mil y una noches. La guinda de este periodo lo pone la adorable
Saime, la niña que baila para Fanis.
Tenía la habilidad de evocar sin provocar
El plato principal
coincide con elmomento de brillantez de
un joven capaz de afrontar la vida de otra manera distinta a la de los demás y crear
platos sospechosamente deliciosos. Y ya se sabe, los necios mundanos se
conjuran contra el genio.
Los postres suponen el
reencuentro de Fanis con los valores tradicionales de la familia, la vuelta al pasado
desde la perspectiva actual, una visión deformada del recuerdo que se mantiene
intacto. Así se lo hace saber su tío, un experimentado capitán de barco: «Hay dos tipos de viajeros en la vida:
aquellos que parten y aquellos que retornan; los primeros miran el mapa, los
segundos miran al espejo».¿Seguirá
siendo todo igual?
Magistrales saltos
temporales utilizados por el director dan linealidad a la historia más que
hacernos perder el hilo narrativo. Como ejemplo, la escena en la que Fanis ayuda
a un anciano a encender la vela en un templo ortodoxo, tal como había hecho su
abuelo Vassilis con él treinta años antes.
La película inunda
nuestros sentidos, sobre todo el olfato y el gusto, cosa extraña para un arte
que casi siempre entra por los ojos. Las especias en la comida es lo que
diferencia un plato de otro. La canela tiene el poder de hacer que las personas
se miren a los ojos. Tiene el sabor del pezón que amamanta al recién nacido (y
también al adulto). Es el sabor femenino por excelencia: dulce y amargo. Sí, la
canela es lo más importante de todo, o lo es la astronomía, o lo es el amor.
Desde
que soy mujer todo es distinto. He experimentado muchas sensaciones extrañas y
nuevas para mí. Mi cuerpo se balancea de una manera diferente cuando camino,
formando un pequeño ritual exótico al que me estoy acostumbrando gratamente.
Puedo ver la tele y leerme un libro al mismo tiempo con total comprensión. Me
molesta ver lo tontos que suelen ser los personajes femeninos de las películas
de domingo por la tarde. En realidad, eso también me molestaba antes, cuando
era hombre. Si busco la mantequilla en la nevera o la factura de la luz del mes
pasado las encuentro siempre en su sitio. Qué bien me hace sentir eso.
El
lunes, maldita sea, en una tienda de ropa corregí a un tío que había confundido
el naranja con el rosa palo. ¿Estaba ciego o qué? Sin embargo, me encantó que
me mirase de aquella forma al salir de allí. Me sonrojé y se me escapó una
pequeña sonrisa.
El
martes un señor me cedió el paso al salir de las oficinas del banco y lo
censuré con la mirada. Sin embargo, ese mismo día por la tarde, un hombre se
introdujo delante de mí en el ascensor y lo tildé de maleducado. Bueno, por lo
menos no era la misma persona de la mañana.
El
miércoles estábamos todas mis amigas juntas a la mesa con dos compañeros de
trabajo y, no sé cómo, se torció la cosa. Formamos un alboroto tremendo. Yo
alababa las habilidades de mis amigas hasta que de repente noté que me estaban
sacando ventaja frente a los chicos. Sentí un impulso extraño y empecé a
retarlas verbalmente. Me molestaba que mis compañeros se fijaran más en ellas
que en mí. Sentir eso es lo que me molestaba en realidad. Por suerte fui un
momento al baño y allí, mientras me liaba con la ropa que me tenía que quitar,
reflexioné y determiné que tenía que irme a casa. Ya no me lo estaba pasando
bien. ¡Dios!, ¿qué me pasa?
El
jueves Juan, el chico guapo que trabaja en la oficinas de al lado, me dijo que
me sentaba muy bien el pantalón que llevaba y yo le respondí irónicamente: «Sí,
supongo que igual que el lunes y el martes pasado». Ahora lleva un par de días
raro conmigo y no sé por qué. Incluso creo que me esquiva. Hay que ver cómo son
estos tíos. Antes, cuando no me hacía ese tipo de comentarios, me llamaba más
la atención. Ahora, me parece uno más.
¿Qué
querría decir este viernes por la mañana mi jefe cuando me comentó que teníamos
que hablar para acordar una estrategia común para la nueva campaña? Seguro que
ya tiene algo planeado, seguro que lo que quiere es decirme que no cuenta
conmigo esta vez. Debe ser eso, pues la última vez tuvo que admitir que mi
alternativa era mejor que la de él. Supongo que querrá dejar claro quién es el
jefe.
El
sábado le conté a mi amiga Marta todo esto y ella cree que tengo una visión
equivocada, que todavía tengo algo de hombre dentro de mí y por eso estoy
confundida.
Sinceramente,
es más fácil ser hombre. Pero los domingos tengo más tiempo para mí y se me
pasa la idea de dejar de ser mujer cuando me voy al espejo, me miro, me quito
el sujetador y me presiono las tetas con mis manos aún masculinas.
Cuando era niño, Antonio jugaba con su
amigo Jorge. Sus padres les habían puesto las cajas de juguetes en el suelo del
comedor. Antonio se fijó primero en la caja de su amigo y protestó: esta tenía
más juguetes que la suya, o eso es lo que él creía. Se esforzó muchísimo en
dejarlo claro una y otra vez y, por mucho que los padres usaron cualquier tipo
de argumento para hacerle entender, Antonio no aceptó aquello y no paró hasta
que trasladaron algunos juguetes de la caja de Jorge a la suya. Jorge no
entendía nada y se mantuvo apartado y expectante durante mucho tiempo, en
silencio.
A los 12 años, los padres de Antonio y
Jorge decidieron dejarlos salir juntos.
Les pusieron un horario de vuelta y les dieron algo de dinero a cada uno. Aun
sin haberse fijado en lo que su progenitor le había dado, a Antonio le pareció
que el padre de Jorge había sido más generoso con este. Solo tuvo ojos para lo
que había percibido su amigo y determinó que era mucho más de lo que a él le
habían aportado. Una auténtica injusticia, pensó Antonio, y decidió que ya no
tenía ganas de salir.
Agolpados tras las listas del tablón de
anuncios, los resultados de las pruebas de selectividad arrojaron un 8.2 para
Antonio. Jorge le sonrió y, con un golpe en la espalda, lo felicitó
entusiasmado. Ambos se abrazaron. Pero Antonio se dio la vuelta y deslizó su
dedo por el papel hasta alcanzar el apellido de su amigo. Todo se vino abajo:
Jorge había obtenido un 9.1. Intentó disimular su reacción, pero un ardor le
recorría el cuerpo. Hizo un comentario insincero y adujo excusas poco claras
para marcharse de allí.
Aunque Antonio se fue a estudiar a
Salamanca y Jorge a Barcelona, años más tarde coincidieron en la misma empresa
aeronáutica. La amistad entre ambos no era la de antaño y ya no hablaban como
antes. Antonio se enteró por un compañero de que Jorge atravesaba económicamente
un mal momento. Sus padres habían muerto y le habían dejado como herencia una
multitud de deudas.
Cuando llegó Navidad, los jefes
decidieron hacer regalos económicos a sus trabajadores. La empresa no supo
elaborar con elegancia la entrega de estos premios y adjudicó directamente
sobres con dinero en mano. Cuando estaban haciendo el brindis de despedida,
Jorge fue al servicio y dejó el sobre a la vista de Antonio. Una fuerza
misteriosa, pero extrañamente conocida, hizo que Antonio comprobara el interior
del envoltorio sepia. Vio que su amigo Jorge tenía el sobre prácticamente vacío
y que, curiosamente no se había quejado. Esto lo dejó helado, pues su propia
moral le avisaba de la situación controvertida en la que se encontraba. Aun
así, le restó importancia, cerró su propio sobre y lo apretó con su mano
derecha para que no se le escapara de allí dentro ni un solo céntimo.
The Winery Dogs de The Winery Dogs. Sin duda, será uno de
los mejores discos del año. Un soplo de aire fresco que viene a las mil
maravillas para reflotar, con la extrema calidad de sus creadores, la
exquisitez y sencillez del rock clásico: Richie Kotzen (Kotzen/Howe Project,
Poison, Mr. Big), presta su desconocida voz, que recuerda muchísimo a la de
Chris Cornell, a la vez que se encarga magistralmente de las seis cuerdas; el
gran Billy Sheehan (Mr. Big, Steve Vai) a las cuatro cuerdas; y, el omnipresente y versátil Mike Portnoy a las baquetas en su enésimo grupo. Un power trío de
lujo que no tiene pinta de perdurar en el tiempo. Ojalá nos equivoquemos.
Mientras tanto, a disfrutar de mucha melodía.
13 de Black Sabbath. Los inventores del heavy
metal han superado sus diferencias y han vuelto para quedarse un poquito más,
aunque no pudieran terminar de convencer a Bill Ward (¿pretensiones
económicas?). Pero no se rindieron y, ni cortos ni perezosos, han contratado a
Brad Wilk de Rage Against The Machine. La voz de Ozzy suena mejor que nunca,
incluso parece que ha perdido esa nasalidad que a los menos adeptos molestaba.
Geezer Butler, creador de todas las letras, está majestuoso y Iommi se encarga
de resucitar el temible tritono para aterrorizar al mundo.
Heavy MetalMusic de
Newsted. El hijo pródigo regresa tras la expulsión, pero no a su antigua casa
de Metallica. Tras su fugaz paso por la interesante banda alternativa Echobrain
y algunas otras, Jason Newsted se planta con este disco de título simbólico que
se mezcla con un trash metal bastante correcto, pero nada sorprendente.
Salvando las grandes diferencias cualitativas, el sonido se podría situar entre
su exbanda Metallica y los Megadeth de Dave Mustaine, el otro desterrado de aquella
primera banda. Casi convendría que Newsted se uniera a este último y formaran
algo más interesante juntos.
Device de Device. Si te gustaron Disturbed y no
te importa que se le haya sumado a su sonido un salpimentado de música
electrónica, casi imperceptible, no hay duda de que los degustarás. Se había
dicho que la voz de David Draiman pasaba por graves dificultades, pero debe
haberse recuperado del todo porque no se nota absolutamente nada: la melodía
sigue saliendo despedida de su boca acompañando al ritmo de forma única.
Loud like lovede Placebo. Esperadísimo
regreso de esta banda que siempre ha sonado diferente a todo lo demás. Sin
afirmar que su anterior Battle for the
sun fuera un mal disco, con este han vuelto a reafirmarse sobre su sonido
inicial, que aún tiene mucho que decir. Aunque se ha criticado las letras de esta última obra
por redundar en los mismos temas juveniles desde hace años, los que estamos más
pendientes de la melodía, riffs y ritmos, disfrutaremos de esta nueva entrega
muy bien equilibrada. Sin duda.