martes, 29 de julio de 2014

Buñuel y su último suspiro

La imaginación es nuestro primer privilegio. Inexplicable como el azar que la provoca
L. Buñuel




Contaba su hermana que Buñuel salió una vez disfrazado en un festival de la escuela, blandiendo unas tijeras y cantando: «Con estas tijeras y mi espada y mis ganas de cortar, me voy a España a armar una verdadera revolución». ¿No podemos considerar esto una auténtica profecía?

Mi interés por Buñuel lo despertó un peculiar profesor universitario que decidió proyectarnos El ángel exterminador para hacernos ver en imágenes lo que expresan las palabras en los textos surrealistas. Sus películas han ido desfilando por la pantalla de mi casa desde entonces.

Buñuel nunca tuvo intención alguna de escribir una autobiografía. Pero Jean-Claude Carrière, su mano derecha en el cine durante más de veinte años, se empeñó en recoger los recuerdos del aragonés entre rodaje y rodaje. Buñuel accedió a que su gran amigo le ayudara a publicar esos recuerdos un año antes de su muerte en Mi último suspiro, pero dejó bien claro sus intenciones: «Mis errores y mis dudas forman parte de mí tanto como mis certidumbres. Como no soy historiador, no me he ayudado de notas ni de libros y, de todos modos, el retrato que presento es el mío, con mis convicciones, mis vacilaciones, mis reiteraciones y mis lagunas, con mis verdades y mis mentiras, en una palabra: mi memoria».

La vida de este genial artista se lee como una novela. Es pura literatura y cine a la vez. De su cosmovisión podemos extraer todo un tratado sobre la vida, y también de la muerte. Que nazca con el siglo XX y muera con este agonizando, que conociera a grandes personalidades o fuera amigo de muchas de ellas como Lorca, Dalí, Unamuno, Magritte, Epstein, Primo de Rivera, Alfonso XIII, Salinas, Valle-Inclán, Ortega y Gasset, Gómez de la Serna, Borges, Ramón y Cajal, Juan Negrín, Crevel, Unik, M. Schultz, L. Aragon, Man Ray, Tristan Tzara, Max Ernst, André Breton, Tanguy, Santiago Carrillo, Saint-Exupéry, Lévy-Strauss, George Cukor, Hitchcock, John Ford, Fritz Lang (su inspiración) o Woody Allen entre otros, permite que su biografía se convierta en un relato de la historia del propio siglo.

Buñuel era hijo de un indiano acaudalado, pero siempre se interesó por la clase baja. No era hombre de obras sociales, su aportación la hizo desde donde mejor supo: el cine: «Siempre me ha parecido más atractiva la idea de incendiar un museo que la de abrir un centro cultural o fundar un hospital». Se ayudó del séptimo arte para  mostrar lo que en su juventud vivió, vio, sintió, soñó e interpretó en una España que aún vivía en la Edad Media. La muerte, la  fe y el sexo fueron conceptos que se confundieron desde temprana edad y nunca dejarían de acompañarlo. A ellos se unieron más tarde sus «placeres de aquí abajo», a saber,  el amor precedido del alcohol y seguido del tabaco:  «Los placeres, siempre deseados, se saboreaban mejor cuando podía uno satisfacerlos. Los obstáculos aumentaban el gozo». Pero, averigüen cuál se le daba mejor.

Es muy gratificante conocer de primera mano el encuentro en la Residencia de Estudiantes entre Buñuel, el  «aragonés tosco»,  Lorca, el «andaluz refinado» y Dalí, el tímido pero insolente, extravagante y provocador. Su vida no hubiese sido igual si no hubiese conocido a estos grandes de la cultura española. Allí se le reveló todo un mundo nuevo al que él mismo contribuyó sin mayor esfuerzo.  El momento en que le estampa a Federico sin inmutarse «¿Es verdad que eres maricón?» no tiene precio. ¿Los enfados duran para siempre o a veces duran lo que tarda en derretirse el hielo en una copa de ron?



Pero una España medieval seguida de una España sumida en un «odio irracional, brotado de un recoveco oscuro del inconsciente», no era el escenario adecuado para el desarrollo de su genialidad. Francia y su otra patria, México, se beneficiarían de su arte en primera fila, aunque Hollywood intentase seducirlo a golpe de talonario, as usual. La industria americana no comulgaba en absoluto con sus deseos y sus palabras hicieron temblar la reputación del mismísimo Oscar por culpa de una broma muy buñuelesca. Los americanos se sentían atraídos por lo que mostraba en sus películas, aunque no entendían una sola palabra, una sola imagen.

El interés de Buñuel por los sueños y la ensoñación, esencia de los surrealistas, tampoco fue entendido por la crítica. El artista nunca dejó de asombrarse al verse sicoanalizado a través de sus obras. Idiotas. ¿No comprenden que los sueños son inspiraciones y no perversiones? ¿No comprenden que los sueños solo existen por el recuerdo que los acaricia? Esto es lo que él siempre consideró interesante, algo de lo que siempre quiso hablar, incluso durante el canto del cisne de su último suspiro.

Nota: Hoy se cumplen 31 años de la muerte de Luis Buñuel.

domingo, 20 de julio de 2014

Averno de iniquidad: La noche del cazador

Nunca es más fuerte el hombre que cuando es niño. Durante esos cortos años de la infancia da muestras de una resistencia y una capacidad de aguante como Dios nunca volverá a otorgarle en lo que le resta de vida. Los niños lo soportan todo. Superan cualquier obstáculo

La descripción en una novela de un asesino degollando sin inmutarse a su víctima o arrancando sus extremidades mientras brota la sangre para dar un golpe efectista terrorífico, no me inquieta lo más mínimo. Todo cambia si el niño protagonista le revela lo siguiente a un mayor: «El señor Powell me da miedo. Me asusta más que la oscuridad o los truenos o cuando miro a través de la pequeña burbuja del cristal de la ventana en el vestíbulo del piso de arriba y todo lo que hay fuera se estira y tuerce el cuello. (…) Preferiría que me azotara a que me preguntara, porque el dolor de los azotes solo dura un rato mientras que las preguntas no cesan por siempre jamás, amén». Entonces la cosa cambia.

Los sombreros viejos, los zapatos viejos y los vestidos viejos adoptan siempre la postura, la forma y el volumen del cuerpo humano que los llevó una vez

La obra sumerge perfectamente al lector en un entorno hostil para la vida humana. Son los tiempos de la Gran Depresión, tiempos en los que la miel y la leche no manan en ningún lugar. Los niños juegan sobre la hierba, que se nos antoja grisácea, cantando una terrible canción:

¡Cuelga, cuelga, ahorcado!
¡Mirad lo que hizo el verdugo!

¡Cuelga, cuelga, ahorcado!

¡Mirad cómo se  balancea el ladrón!
¡Cuelga, cuelga, ahorcado!
Mi canción ha terminado


La noche del cazador es una impresionante novela de 1953 de un desconocido Davis Grubb inspirada en un cuento infantil norteamericano. Se trata de una vieja idea maniquea relatada en forma de fábula: Amor/Odio (Love/Hate). Nota: Por favor, no la relacionen con la perversión del lema que supuso aquella horrible serie de televisión hace pocos años.

El personaje central es Harry Powell, un predicador, un falso hombre de Dios, un perseguidor, un cazador, que lleva tatuado en sus manos esas palabras, símbolos del bien y el mal. Nadie mejor que Robert Mitchum para transmitir ese terror en la gran pantalla dos años más tarde, aunque su doblaje al castellano se muestre a veces un tanto ridículo. Un parecido rol le tocó desempeñar en 1962 en El cabo del miedo, cinta de la que tristemente hoy solo se va recordando la paródica apelación ¡Abogaaadoooo! que un humorista español extrajo del muy aceptable remake de 1991. Mitchum dejaba claro que ese tipo de papel lo bordaría siempre que se lo propusiese. Tanto que es probable que se dedicara el resto de su vida a interpretar este personaje, a "su" personaje.

John, el hijo de Ben Harper (una coincidencia homónima y musical), es el blanco de su persecución y el motivo es uno de los fatales enemigos de las sociedades justas: el dinero. El pobre chaval no sabe si esas “manos tatuadas con palabras antagónicas” están de su parte o de los “hombres de azul” que dirigieron a su padre a la horca. Como el propio autor deja plasmado en su libro, estamos ante un auténtico “averno de iniquidad”.

La película fue dirigida por un monstruo de la interpretación, Charles Laughton, al que siempre recordaremos por sus encomiables papeles en Testigo de cargo, La vida privada de Enrique VIII o como Graco en Espartaco. Aunque logró filmar el miedo, fue un estrepitoso fracaso de taquilla y no volvió a dirigir nunca más. Pasado el tiempo, el asunto se ve distinto y hoy en día es considerada una película de culto.

Miguel Ángel Palomo escribió para el diario El País que no sólo es “un clásico fundamental e inimitable; es también el más perverso cuento de hadas de las historia del cine”. Aun estando de acuerdo con esta afirmación, la novela supera enormemente todo lo que la gran pantalla presenta. Su lectura ensancha paulatinamente la oquedad en la que están instalados los ojos y obliga a pasar las páginas con mucho cuidado, como si aguardasen detrás las más horripilantes escenas. Se corría un riesgo, pero era inevitable su versión cinematográfica. El mismo Grubb era consciente de ello: “Es un caso lo bastante triste para tentar al cine”, dice uno de sus personajes al ver alejarse a Willa Harper, la viuda de Ben.


¿Es Dios uno de ellos? ¿Está Dios de parte de los dedos con nombres que son letras como las letras que hay en el reloj del escaparate de la señorita Cunningham?



miércoles, 4 de junio de 2014

Gilda, tratado de amor y odio

No creo que haya tratado de filosofía o sicología sobre el amor y el odio más pertinente que esta película. Los propios protagonistas hacen dispares definiciones del odio, basadas en el amor, bastante clarificadoras. Ballin Mundson (George Macready), el adinerado y corrupto propietario del casino, advierte a Gilda (Rita Hayworth) de sus sentimientos por Johnny Farrell (Glenn Ford): «El odio puede ser una interesante emoción (…), es tan intenso que se palpa (…) el odio es lo único que me sirve de aviso». Y la propia Gilda se dirige a Johnny de esta forma antes de caer en sus brazos: «El odio es una emoción muy intensa. ¿No lo has notado? Muy intensa. Yo también te odio, de tal modo que… que creo que voy a morir».



Ballin, el que menos se deja arrastrar por los sentimientos de los que hablamos, sabe manejar con cabeza fría la situación. Y así lo demuestra cuando Johnny se revuelve ante la orden de arrancar a Gilda de la pista de baile: “El marido siempre resulta ridículo arrancando a su mujer de los brazos de otro”. Nada más ilustrador y fehaciente.

Interesante el papel secundario del guardarropas Tío Pío (Steven Geray), una especie de conciencia de los retretes o representación humana de Pepito Grillo. Un personaje extraordinario capaz de llamar «paleto» al protagonista y decirle, cuando apaga y enciende un cigarrillo tras otro, cosas como: “Las personas frustradas fuman mucho y esa frustración se debe a la soledad”. Desesperante.

La película sigue esa intensidad de la época. Está plagada de constantes miradas que valen por toda una conversación y de diálogos frenéticos y con ritmo acelerado. Nadie se guarda lo que quiere decir, sin importar las consecuencias.

La desfachatez y la provocación con la que Gilda trata a Johnny, cuando presuntamente se conocen, es motivo o causa para que este le pegue de entrada la famosa bofetada que llega más tarde. Así lo expresa el propio protagonista con su narración en off. ¿La mejor bofetada de la historia? Probablemente. Se palpaba, se estaba viendo venir, se pedía a gritos. Con otros escenarios y diferentes motivos, no sabemos bien por qué, siempre se nos viene a la memoria aquella cruel cascada de golpes que en True Romance (Amor a quemarropa) soporta una también excitante y arrolladora Patricia Arquette de manos del malogrado James Gandolfini, para todos Tony Soprano. El escueto y certero tortazo frente a la horrible e injusta paliza.

En algún momento de nuestra vida todos hemos caído rendidos, aunque fuera de forma efímera, ante los andares de una femme fatale de este tipo, que es capaz de producir terremotos en San Francisco o tempestades en Manhattan. ¿Cómo no iba uno a perder la cabeza la primera vez que ve a una mujer así?




Si salimos de la ficción, que no es más que la verdad absoluta, nada nos atrae ya de ese tipo de mujeres fascinantes. Mujeres que dicen cosas así: «Si yo fuera un rancho, me llamarían Tierra de Nadie». Mujeres que mienten por dignidad ficticia. Que se tragan sus lágrimas para no dar pena. Que crean escenas de celos o son capaces de hacerse pegar con el objetivo de poder controlar los sentimientos del hombre. Que se crecen en las luces y se desvanecen en las sombras.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Directos a la carta: Live... In the Raw

La prueba definitiva de que una banda es una gran banda se manifiesta en directo.

Un buen directo se caracteriza principalmente por una buena selección de temas, su buena disposición, un número adecuado de ellos y, sobre todo, un buen sonido. A esos cuatro pilares básicos podemos sumar matices secundarios, como la puesta en escena e interacción con el público, matices que pierden valor en las grabaciones.


El primer disco en directo completo que recuerdo haber escuchado fue Live… In the Raw de W.A.S.P. Nuestro entrañable Antonio el Heavy, nos suministraba en aquella época todo el material musical del que disfrutábamos, hasta que nos pusimos de acuerdo para suscribirnos a Discoplay y compartir la música. Esa revista supuso un antes y un después en nuestras vidas desde el punto de vista musical.

Esta grabación cedida por nuestro benefactor musical a finales de los 80 supuso parte de la banda sonora de las tardes de los primeros años de instituto.



Contaba Nikki Sixx, bajista y alma mater de Mötley Crüe, en los primeros capítulos de The Dirt, que cuando entraba en un local Blackie Lawless, fundador y jefe de W.A.S.P., era arrollador: “Tenía la capacidad de plantarse y quedarse quieto en mitad de un club con sus aires de tipo duro y atraer la atención de todas las mujeres, que no tardaban en rodearle”. Exacto, cuando uno ve a Blackie en persona se da cuenta del extraño y diabólico magnetismo que posee. Un tipo que seduce, rabiosamente, provocando, pero sin acritud. Así lo vivimos al verlo en el Sonisphere de Madrid en 2010. El tiempo no había pasado por ese animal de casi dos metros de altura que saltó al escenario como la estrella que es, con su voz rasposa, su pelo cardado, sus cortantes sierras en los antebrazos y su inseparable camiseta de fútbol americano. Tras escuchar todos sus clásicos, entendí por qué fue durante mucho tiempo mi grupo favorito: Inside the Electric Circus, L.O.V.E. Machine, Wild Child, Sleeping in the Fire (balada con un fantástico solo de guitarra), I wanna be somebody (todo un himno)…

Live… In the Raw está formado por las diez canciones que siempre recordaremos de WASP grabadas en el Long Beach Arena de Los Ángeles y mezclado en estudio, en donde se le añadió el sonido del público (por eso suena de esa forma). A las canciones en directo se les sumó un tema de estudio compuesto para la película Ghoulies II: Scream until you like it (un tanto flojito, podía haber sobrado). Heavy metal directo y sin contemplaciones. Eso es W.A.S.P.

Es difícil destacar una canción por encima de otra. Darle al play en este disco es como meter el dedo en el enchufe sin que nadie te ayude a quitarlo de allí: descarga total hasta que se rompe o apaga, como si estuvieras dentro de un circo eléctrico.


Sin duda alguna, el momento clave del concierto se sitúa en la provocadora entrada de la canción Harder Faster donde el “Manimal Lawless” arremete contra la PMRC debido a la persecución que esta rancia asociación les dedicó. El lascivo verso perteneciente a esta canción “Shuck me suck me eat me raw” no deja indiferente a nadie. Lo cierto es que la estampación del sello de la PMRC, clasificándolos de peligrosos e inmundos, sirvió para que aumentaran su fama (ya se sabe lo que pasa con lo prohibido), pero también tuvo consecuencias horribles: a Blackie Lawless le dispararon dos veces y manipularon su coche para intentar acabar con su vida: la leyenda ya estaba formada.


lunes, 31 de marzo de 2014

Erotismo

Natural, espontáneo, sencillo
casi siempre efímero.
El erotismo se manifiesta
cuando haces esa pose
que consiste en girar un poco la cadera
a la izquierda
apoyando el peso de tu cuerpo
y levantas un poco el pie derecho
girando el tobillo hacia dentro.
El erotismo es ver cómo cae el traje en tus pechos
en el probador de la tienda;
cuando en el más puro invierno,
en la cama,
buscas con tus dedos de los pies
tu espacio entre los míos;
cuando te vistes ese pantalón cómodo en casa
y se baja lo justo para mostrar esos huesitos
en las esquinas de tu cuerpo;
o te inclinas hacia adelante
y dejas ver las mirillas renales de tu espalda
que invitan a mis manos a posarse en ellos
para rozarlos con la yema de los dedos;
cuando, echada en el sillón,
emites con tono aniñado una petición de deseo;
cuando desprendes ayes por tu boca
al hacerte cosquillas en tu vientre,
en tu espalda;
cuando se descubre el esbozo de tu esternón
que interrumpe tu camisa;
y cuando se atisba la pequeña arruga
que se inicia en la comisura de tu boca
cuando planeas algo que terminamos juntos.
El erotismo eres tú cuando te lo propones.

Vikowski

jueves, 20 de febrero de 2014

¿Lo habéis/han notado?

Desde hace poco vengo notando algo que resulta extraño, raro, artificial, antinatural, erróneo y, además, bastante molesto. Yo soy así, me indigno por tonterías.

Al navegar por la red, abrimos un blog, el twitter o el facebook de usuarios canarios y nos encontramos con textos escritos en los que se utiliza de forma habitual la segunda persona del plural (tenéis, buscad, hubieseis, detendríais, habéis tocado...). Un uso, exceptuando pequeños reductos de nuestras islas, que nada tiene que ver con la realidad lingüística del archipiélago.

Las nuevas tecnologías también usan la lengua para comunicarse, afortunadamente. Y es cierto que el uso de la lengua en las redes tiene unas características diferentes al uso habitual, pero no por ello deja de ser lengua, ya que concluye con el mismo objetivo común: la comunicación. Todos esos usos son aceptables. Otra cosa es cuando se vulneran, se cambian, se amalgaman las formas adecuadas de cada situación de habla creando una forma totalmente artificial. Una cosa es usar emoticonos o expresiones creadas para ese tipo de medios y otra es intentar escribir usando las características normativas de otro lugar distintas a las propias. 

El asunto trasciende aún más. Este uso atropellado va más allá de los textos escritos en la plataforma globalizadora. También lo podemos encontrar en la lengua oral en los mismos soportes digitales o en las declamaciones en público. Cuál fue mi sorpresa al encontrar un día en la puerta de mi casa a una chica de mi pueblo que llegaba a venderme un producto que distribuye una empresa peninsular. La chica aconsejaba usar ese producto con argumentos que «vosotros mismos podréis comprobar» o «me llamáis para cualquier duda». Mis oídos no daban crédito. Casi me desmayo al ver cómo combinaba un «ustedes» con un «recordáis» sin inmutarse. A punto estuve de preguntarle si le había pasado algo en la boquita.

Hace poco acudí a una obra de teatro infantil. Disfruté mucho: los niños siempre producen esa sensación agradable cuando son protagonistas en algo. Pero algo hizo saltar la alarma en mi cerebro: los parlamentos de la obra alternaban las formas canarias y las formas peninsulares, creando un popurrí lingüístico inexplicable.

¿Qué será lo próximo? ¿Pronunciar la /z/?




Superada ya hace muchos años la discusión sobre si existe un español estándar, parece contradictorio que encontremos este hecho flotando en el aire cada día más, como un virus.
 
Resulta un tanto quejoso que, cuando por fin aquellos profesionales de la radio y la televisión que procedían de lugares como Canarias o Andalucía han retomado sus acentos originales, empiece a usarse este tipo de características impropias de las zonas y a imitación de otras más castizas. Fíjense en cómo se muestra desde hace ya mucho tiempo el acento andaluz de María Teresa Campos o José Antonio Maldonado sin ningún complejo, o el alivio con el que habla ahora un entrañable Paco Montesdeoca al dejar fluir su acento canario más que correcto. No sé cómo pudo mantener Cristina García Ramos su acento en aquella época en la que era obligatorio pronunciar un español muy de Valladolid o Burgos, si se quería trabajar en un medio de comunicación de amplitud nacional, y lanzar a los cuatro vientos aquel «CoraSón, coraSón». En aquella época y, según algunos, los españoles del sur, noroeste y nordeste (o sea, prácticamente el 65℅ de la población) teníamos «problemas de dicción». En fin. No sé yo quién tendría el problema.

En contrapartida y, sin que mi asistencia sirva de precedente, me he encontrado con la reciente incorporación de un cura a la iglesia de mi pueblo que trasmite su misa haciendo uso de la norma lingüística canaria. Al principio perecía extraño, tan acostumbrados nos tenían a la mezcla entre fragmentos institucionalizados con un uso peninsular y el resto de fragmentos de plática con un uso normativo canario. Pero paulatinamente el discurso se fue haciendo más lógico y, sobre todo, más cercano.

De todas formas, será lo que tenga que ser: los caminos de la evolución lingüística son inescrutables. Así que, podéis (pueden) ir en paz. Y que la bendición del Señor descienda sobre todos vosotros (ustedes).

jueves, 6 de febrero de 2014

Gary Moore, el viaje a la semilla

Para Carlos, el más elegante modesto.



Las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.
Viaje a la semilla, Alejo Carpentier

Como quien contempla el vuelo de un pájaro esperando que se pose en el árbol más cercano, esperábamos que en la página web del gran guitarrista saliese la fecha española de su gira. Pero se posó en el peor árbol para él: el árbol podrido. Quiso el destino que ese árbol se encontrara aquí, muy cerca, en el jardín de un hotel de Estepona (Málaga), y que significara la llegada a tierra de un náufrago que se encuentra con la isla habitada y cae inerte en la ceremonia de bienvenida.

Hoy hace ya tres años desaparecía uno de los grandes guitarristas (y vocalistas) de la escena del blues y el hard rock: Mr. Robert William Gary Moore.

La carrera de este artista, que debió nacer al menos mulato, se puede dividir en dos grandes partes bien diferenciadas: una primera etapa de unos 20 años, en la que estableció como telón de fondo el blues y se entregó al rock, hard rock, heavy metal e incluso al jazz-fusión en bandas poco conocidas como Skid Row (no confundir con la banda de heavy metal), Thin Lizzy (en la que coincidió con su gran amigo Phil Lynott), Colloseum II o en solitario; y, una segunda etapa, con BBM, Scars o con su propia banda a partir de 1990, en la que se entregó de lleno al blues, el origen de toda esta música.

Ya en aquella primera etapa, emulando a la enredadera de «Viaje a la semilla» de Alejo Carpentier, creció una madura y sentida pieza creada junto a su amigo Phil Lynott, un inglés mestizo que se convirtió en un héroe en la vecina Irlanda. Las calles de París son distintas, más bellas si cabe, a partir del día que vino al mundo Parisienne Walkways. El paso del tiempo no ha hecho mella en tremenda composición.



Durante los 80 se introduce en el rock más melódico y se deja seducir por las influencias celtas de su madre patria. Es el momento en que se da a conocer a toda Europa y al resto del mundo. Inolvidable aquella Out in the Fields o la épica Over the Hills and Far Away de su LP Wild Frontier.

El disco After the War de 1989 supone un impasse, un regreso al hard rock a modo de despedida en el que colaboran dos grandes figuras de este género: Ozzy Osbourne y Cozy Powell. La madurez musical enfilaba el cruce de caminos donde se decide el regreso a casa.

Borrábanse patas de gallo, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza.
Viaje a la semilla, Alejo Carpentier

Como en el cuento de Carpentier, las hojas y ramas (el rock, el jazz, el heavy metal) se iban desvaneciendo para dejar al descubierto el tronco y su semilla: el blues. El álbum Still Got the Blues (1990) marca un antes y un después. Gary Moore se vuelve más intimista y gira hacia los encantos y sensualidad de esta música. Los éxitos no tardaron en llegar de la mano de temas como el que da título al disco, King of The Blues, Walking by Myself, Midnight Blues o la excitante Oh, Pretty Woman, grabada junto a uno de los tres reyes de la música del Mississippi: Albert King. A este gran éxito, le siguen After Hours (1992), con la colaboración de B.B. King y Albert Collins, Dark Days in Paradise (1997), la declaración de intenciones que supuso Back to the Blues (2001), el homenaje a los clásicos en Close As You Get (2007), Bad for You Baby (2008) u otros trabajos en diferentes formaciones. En 1993 salió a la venta toda una joya en directo, Blues Alive, un disco para enmarcar digno de una futura entrada en este blog.

Moore captó desde el principio la energía de Jimi Hendrix y nunca tuvo miedo a que su blues sonara a rock ni a que su rock sonara a blues. Es por ello, que el destino quiso que lo último que grabara fuese un disco tributo a esa gran figura: Blues for Jimi (2012).

El tiempo invertido acaba por hacer desaparecer, sin violencia, tranquilamente, a los personajes más relevantes. Pero sus seguidores sabemos que Moore siempre tendrá un blues para nosotros.

Te echamos de menos, Gary.


domingo, 26 de enero de 2014

Reclamación de intenciones

Me irrita
la ausente empatía social y la xenofobia cultural
el que viene con la verdad en la mano porque no ha visto más allá de su frente

Me enoja
el descuido de un camarero sin vocación de bar
que no atina a hacer un paréntesis
en su ridícula conversación deportiva
con el pelele indultado por el pueblo

Me enfurece
el machismo latente encubierto por obras ensayadas a largo plazo
que las confesiones religiosas no sepan ni quieran actuar como teorizan
que los alienados sociales se manifiesten alienadamente contra los no alienados
la búsqueda estéril de reglas
cuando las excepciones salen siempre vencedoras

Me exaspera
el precario y fallido GPS de mi cabeza
que me traiciona a veces y me lleva más allá de mi destino
o me hace abrir la puerta de mi casa con el mando a distancia del coche

Me deprime
la negligencia de un matrimonio veterano que se descuida y desatiende
que considera el erotismo como algo ajeno y del pasado

Me molesta
que se sienta como símbolo patriótico un animal astado
como instrumento favorito una pandereta
los rótulos publicitarios sobreimpresionados en la pantalla
que el correcaminos siempre salga vencedor ¡Mic! ¡Mic!
tras el intento fallido del coyote por hacer explosionar la pólvora ACME mojada
que contestemos ¡bieeeen! a la pregunta payasera de los de bata roja
y no sepamos decir mal con exclamaciones

Me fatiga
alzar la voz sin necesidad y bajarla cuando se precisa un grito
que conozcamos el precio de casi todo, pero el valor de casi nada
que no se dé un paso atrás para coger carrerilla
y se siga adelante, contra la pared

Me agobia
que hagamos el bien mirando a quién
la absurda o ridícula condescendencia del caballero con armadura oxidada
que algunos consideren un disparate esbozar una sonrisa gratuita
que la solidaridad tenga que ser aprendida o impuesta

Me duele
que en toda una vida no se haga una inofensiva locura que salpimiente la existencia
la falta de objetividad: el blanco y el negro de las cosas han muerto
¡Viva el gris!

Me agobia
la imprecisión
la violenta e infantil reacción adulta contra la violencia gratuita
resultado de la ecuación: 1 golpe = 2 impactos (1 de vuelta + 1 de regalo)
la conversión de un hecho aislado en toda una generalidad 

Me da miedo
perder el miedo


Vikowski

lunes, 30 de diciembre de 2013

En el principio fue la música, el arte de las musas

Sin música la vida sería un error
Friedrich Nietzsche





Después de un duro día de trabajo, te trasladas hasta el aparcamiento y entras en el coche; dedo al botón del play y el cansancio va desapareciendo de vuelta a casa gracias a la música. Esto es un sencillo, pero habitual, ejemplo del poder reparador de esta arte. Ya en la Antigüedad Clásica, Platón decía que la música es al alma lo que la gimnasia al cuerpo.

Aunque algunos hayan pretendido históricas asociaciones malévolas, como hizo Hitler con Wagner, la música es un lenguaje universal que no entiende de idiomas, ni de culturas, ni de razas, ni de religiones, ni de sexos… Según el escritor Gonzalo Moure, «la música es el medio para comunicar lo que las palabras no pueden».

La Fundación Barenboim Said formó en 1999 la WEDO (West-Eastern Divan Orchestra), compuesta por talentosos músicos palestinos y judíos con sede en Sevilla, y cuya máxima defiende que “el conocimiento es el principio”. Es muy difícil imaginar que estas dos culturas tan enfrentadas desde hace más de sesenta años se unan con facilidad para crear arte, para crear música, dejando de lado cualquier dogma o precepto. Pero la música lo traspasa todo.

El compositor Eric Whitacre consiguió reunir un coro virtual de unas dos mil voces para unir todo el mundo a través de la música.

Hay sociedades sin escritura pero ninguna sin música. Leonard Bernstein decía que «la música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido». Cuando se escucha música en grupo se produce una actividad emocional que nos une, se forjan lazos sociales, se rebajan las tensiones y se fomenta la cooperación. Como apostillaba Robert Browning, un poeta inglés del siglo XIX, «el que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla». Unos siglos antes, Cervantes escribía que «la música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu».

Recientemente se ha descubierto que al escuchar música se activan las áreas del cerebro que se encargan de la imitación y la empatía (neuronas espejo). Aprendemos a hablar al escuchar los sonidos musicales del lenguaje. Cuando hablamos cantamos, le damos ritmo a la conversación para transmitir una u otra sensación.

La música nos hace sentir cosas diferentes según el momento. Nos hace identificar personas, lugares, situaciones... Forma parte de nuestra vida como un elemento imprescindible. Recordamos nuestras épocas pasadas apoyándonos en canciones que forman parte de nuestra particular banda sonora. La música proporciona recuerdos, sí, también tristes. Y así, se puede decir que una canción no gusta porque es capaz de evocar un momento de la vida que no satisface. No obstante, la música da unas pinceladas y transforma el peor momento en una obra admirable.





La música inunda otras artes, como el cine, para completarlas. La banda sonora de una película nos traduce las emociones y estados de ánimo de los personajes; sin ella el cine pierde contenido o produce una ambigüedad que no es deseada por el director (a veces sí lo es). El mismísimo Steven Spielberg decidió que la vida extraterrestre se comunicaría con nosotros a través de una serie de cinco notas en aquella inolvidable Encuentros en la Tercera Fase.

                            Michael Matijevic  fue la voz de Mark Wahlberg en Rockstar



No hay estación del año que no recordemos gracias a ella, como los villancicos en Navidad o la canción del verano. La música es parte de la publicidad; relacionamos una marca comercial con una sintonía o canción. No es gratuito que muchas empresas nos hagan esperar al otro lado del cable telefónico con una musiquilla. No hay tienda, pub o centro comercial que se precie que no esté ambientada con canciones acordes a la situación. Y no existe una buena fiesta si no hay música de fondo.



De todas las artes, la música es la más solidaria. Muchos músicos pertenecen a organizaciones como Axis of Justice, una organización fundada por Tom Morello de Rage Against The Machine y Serj Tankian de System Of A Down con el fin de buscar mejoras en la política social. Se graban discos benéficos como No Boundaries para recaudar fondos a favor de los refugiados kosovares y en el que han participado artistas tan dispares como Pearl Jam, Black Sabbath, Alanis Morissette, Neil Young, Jamiroquai o Shakira. O se organizan conciertos con los mismos fines, en los que se crea una magia que no aparece en ningún otro tipo de espectáculo. Es el momento en el que algo inexplicable se apodera del entorno tocando conciencias. No es de extrañar que el reputado director de orquesta Pablo Heras-Casado esté convencido de que la música es una combinación de análisis y pasión.



La música es el arte más directo, entra por el oído y va al corazón. La música en vivo es la interacción de las musas. Quizás algo de lo que otras artes carecen. Es el momento en el que se presenta la obra de arte al público en tiempo real.

En 1969 Woodstock representaba a toda una generación unida para protestar contra la guerra y en favor de la paz y el amor. Más de 400000 personas se dieron cita durante los tres días que duró el evento, pese a la lluvia que tiñó de sepia su recuerdo.




El Live Aid, concierto promovido en 1985 por Bob Geldof, reunió simultáneamente en Wembley y Filadelfia a los mejores artistas del momento en favor de los pueblos de África Occidental que sufrían una grave sequía. La actuación de U2 fue una de las más memorables cuando abrieron su actuación con la muy simbólica y emblemática Sunday Bloody Sunday o cuando sacó del público a una fan enfervorizada y bailó con ella. Mientras tanto, en la otra orilla del Atlántico las piernas de Tina Turner se deslizaban por el escenario para acompañar a un hiperventilado Mick Jagger.




1989. Moscow Music Peace Festival. Era la primera vez que las mejores bandas de hard rock cruzaban el histórico Telón de Acero para darse cita en un enorme espectáculo a favor de la paz y en contra de las drogas, aunque la mayoría de los músicos participantes llegaron en su particular vuelo psicotrópico. El público del Lenin Stadium de Moscú enloqueció y se levantó de sus asientos desde el primer momento (cosa que se les tenía totalmente prohibido). Los soldados, que hacían de seguridad, no pudieron más que despojarse de sus chaquetas y gorras uniéndose a la gran fiesta. Tres meses más tarde caía el Muro de Berlín y dos años después la Unión Soviética. No es de extrañar que al evento se le bautizara como el día en que las guitarras fundieron el Telón de Acero. Si esto no se incluye en los libros de Historia, Herodoto se removerá en su tumba.




Parece que todo lo que podemos expresar sobre esta bella arte se queda corto o es insignificante. Las musas me atraparon hace muchos años y no me han dejado salir de su universo. Pero tampoco yo he necesitado en ningún momento huir de su en(canto).



sábado, 21 de diciembre de 2013

Un toque de canela o la sal de la vida

Si miramos atrás en los andenes la imagen permanece como una promesa



Un toque de canela es un inquietante drama cómico lleno de simbolismos que descubre en su trasfondo los problemas históricos entre los pueblos griego y turco. La historia se repite: muchas familias tuvieron que separarse para no volver a verse en muchos años. Los turcos expulsan a los griegos de Estambul por ser griegos y los griegos reciben a estos como turcos. Decidir entre tu padre o tu madre, escoger convertirte a otra religión o poner las creencias e ideales por encima de todo. Demencial, pero real. La triste y vieja historia.

Con la temática gastronómica en forma de metáfora de la vida misma, la obra recuerda la estructura y receta utilizada por la mexicana Como agua para chocolate.

La madurez actual del protagonista Fanis nos remite al recuerdo de su infancia y a la preparación de cualquier comida que se precie.

Los entrantes suponen las primeras lecciones culinarias de su abuelo Vassilis, o lo que es lo mismo, las primeras lecciones de la vida. Vassilis enseña a Fanis (g)astronomía a través de un juego etimológico constante a lo largo de todo el largometraje. Ese detalle lúdico aparece tras el velo de un realismo mágico oriental que nos transporta a pasajes de Las mil y una noches. La guinda de este periodo lo pone la adorable Saime, la niña que baila para Fanis.


 Tenía la habilidad de evocar sin provocar

El plato principal coincide con el  momento de brillantez de un joven capaz de afrontar la vida de otra manera distinta a la de los demás y crear platos sospechosamente deliciosos. Y ya se sabe, los necios mundanos se conjuran contra el genio.

Los postres suponen el reencuentro de Fanis con los valores tradicionales de la familia, la vuelta al pasado desde la perspectiva actual, una visión deformada del recuerdo que se mantiene intacto. Así se lo hace saber su tío, un experimentado capitán de barco: «Hay dos tipos de viajeros en la vida: aquellos que parten y aquellos que retornan; los primeros miran el mapa, los segundos miran al espejo». ¿Seguirá siendo todo igual?

Magistrales saltos temporales utilizados por el director dan linealidad a la historia más que hacernos perder el hilo narrativo. Como ejemplo, la escena en la que Fanis ayuda a un anciano a encender la vela en un templo ortodoxo, tal como había hecho su abuelo Vassilis con él treinta años antes.

La película inunda nuestros sentidos, sobre todo el olfato y el gusto, cosa extraña para un arte que casi siempre entra por los ojos. Las especias en la comida es lo que diferencia un plato de otro. La canela tiene el poder de hacer que las personas se miren a los ojos. Tiene el sabor del pezón que amamanta al recién nacido (y también al adulto). Es el sabor femenino por excelencia: dulce y amargo. Sí, la canela es lo más importante de todo, o lo es la astronomía, o lo es el amor.