domingo, 11 de agosto de 2013

Una cena literaria

   La siguiente entrada no es una idea original sino que fue inspirada en la propuesta interesante de otro blog, que a su vez fue inspirado en otro… La idea era hacer una lista de personajes literarios a los cuales invitarías a una cena. Decidí dar mi aportación, aunque seguro que la lista cambiaría cada vez que la volviese a hacer. Sigo el orden en el que fue planteado este asunto:



   1.- Un personaje que cocina o le gusta cocinar. Jean-Baptiste Grenouille (El perfume de Patrick Süskind). Ya sé que sus “platos” son un tanto macabros y no son exactamente “platos”, pero no podemos negar que olfato tiene de sobra. Lo sé, lo sé, el morbo me corrompe.



   2.- Un personaje que patrocine la cena. Henrik Vanger (Los hombres que no amaban a las mujeres de Stieg Larsson). Dinero no le falta y, si atendemos a sus premisas, tendremos todo lo que pidamos.



    3.- Un personaje que monte una escenita. Ignatius J. Reilly (La conjura de los necios de John Kennedy Toole). Seguro que no nos dejará indiferentes. Algo se le ocurrirá de repente, aunque habrá que tener un poco de estómago.



    4.- Un personaje divertido. Alonso Quijano (Don Quijote de La Mancha de Cervantes). Por mucha distancia que haya en el tiempo, no deja de hacerme sonreír ni de inspirarme.



   5.- Un personaje popular. Voltaire (El jardín de las dudas de Fernando Savater). El personaje intelectual mezclado con el personaje de pasiones más humanas gracias a una mujer.



    6.- Un villano. El Diablo (El rabo del diablo de Francisco Galván) Me encanta que, por primera vez, el Diablo no quiera el alma del protagonista sino “tirarse” a su mujer.



   7.- Una pareja, no necesariamente romántica. El protagonista treintañero y sin nombre, Pablo López en la versión cinematográfica, y la adolescente Rosana, María en la película, (La flaqueza del bolchevique de Lorenzo Silva). Una relación que parte de una venganza y que se convierte en admiración, atracción y respeto entre ellos. Será interesante ver cómo se miran.



   8.- Héroe o Heroína. Allan Karlsson (El abuelo que saltó por la ventana y se largó de Jonas Jonasson). Lo mismo salva o mata dictadores que inventa la bomba atómica. Increíble.



   9.- Un personaje menospreciado. Carpo (A la intemperie de Álvaro Durán). Un desgraciado que puede ser cualquiera de nosotros, entrañable. Además puede llevar algún “condimento interesante” para después de la cena.



   10.- Un personaje de tu propia elección. Guillermo de Baskerville (El nombre de la rosa de Umberto Eco). Ante semejante elenco de comensales, deberá haber alguien que ponga algo de cordura en esta mesa.

viernes, 2 de agosto de 2013

Una misma fórmula y tres resultados diferentes

   Hay tantos buenos clásicos que aún no hemos leído, que normalmente no tenemos mucho tiempo para los bestsellers actuales. Sobre todo porque cuando se encuentra una fórmula que vende, se repite una y otra vez hasta la saciedad y el aburrimiento. No obstante, queremos destacar tres novelas que nos han producido cierto interés en los últimos diez años.




   Los hombres que no amaban a las mujeres. (Stieg Larsson, 2005). Stieg Larsson es una prueba más de que los novelistas del frío norte europeo y los títulos infinitos están de moda y de que en los últimos cincuenta años los autores que triunfan proceden del mundo periodístico. Es probable que García Márquez haya colocado una de las primeras piedras del camino. Pero el autor sueco nunca llegó a ver su obra publicada, ya que murió en 2004 de un infarto (demasiada afición a la comida basura).

   Como en la novela de Jonasson, de la que hablaremos más abajo, lo que más difícil se nos hace es retener toda la onomástica procedente del mundo de Ikea. Hay que hacer un pequeño esfuerzo, pero se puede. Se trata de una novela negra y de suspense (primera de una trilogía) con una trama complicada al principio por esa unión entre el enrevesado mundo empresarial y el periodístico, pero que rápidamente nos sumerge en la historia sin ningún problema en cuanto focalizamos el tema central del relato. Muy acertada en las descripciones de los personajes: es muy fácil imaginarnos ante qué tipo de seres humanos nos encontramos.

   La obra tiene dos adaptaciones cinematográficas, una sueca (un tanto fría como el país) y otra norteamericana (más vistosa), aunque en esta última existen algunas deformaciones con respecto a la versión original literaria.





   El código Da Vinci (2003, Dan Brown). Al margen de los errores históricos, geográficos o religiosos propios de los novelistas norteamericanos en cuanto al viejo continente se refiere (que podemos obviar en cuanto novela de ficción), nos encontramos con una trama intrépida, llena de acontecimientos en cascada que apenas nos dan tiempo de digerir el suceso anterior para sumergirnos en el siguiente. Quizás se echa de menos una redacción algo más literaria, pues la obra posee una escritura más cercana al guion de cine. Poco trabajo tendría el scriptwriter para redactarlo posteriormente y tener éxito con una buena película, aunque no nos acabemos de creer el personaje interpretado por Tom Hanks. Tras leer la novela algunos nos imaginábamos a un personaje algo más intelectual y maduro.



Quienes sólo saben contar la verdad no merecen ser escuchados

   El abuelo que saltó por la ventana y se largó. (2009, Jonas Jonasson). Humor por los cuatro costados al estilo de Eduardo Mendoza o Juan José Millás. Una narración que viaja del presente al pasado y viceversa para contar la historia imprescindible de un hombre a punto de ser centenario. Una historia inmersa en la Historia con gran maestría, dinamismo y desfachatez a través de una recopilación antojosa de hechos y una crítica social bastante ácida. Delirante narración que no pierde en ningún momento su hilo conductor en el que se producen encuentros surrealistas del protagonista con sórdidos personajes como Franco, Churchill, Mao o Stalin. ¿Que cómo es esto? Pasen y lean. Una vez leída se nos antoja que la manera irónica con la que despacha hechos históricos de cualquier índole sea la única forma verosímil de explicar nuestro disparatado presente. ¿Para cuándo la película?

miércoles, 17 de julio de 2013

Seducir y destruir: Magnolia


  
    Rescatemos hoy una gran obra del cine contemporáneo.
   Estamos ante un melodrama que es resultado del cruce entre el David Lynch de Corazón salvaje y el Sam Mendes de American Beauty. Por cierto, esta última del mismo año 1999 y la que le arrebató ¿merecidamente? todos los premios. En fin, otra obra maestra.

   La película narra los acontecimientos sucedidos en unas pocas horas a unos imperfectos personajes llenos de remordimientos, recuerdos horribles y traumas, que están destinados a unirse de alguna forma. Todo ello encabezado por una introducción al más puro estilo tarantiniano. Ese modo de narrar (sin copyright) que más tarde heredarían magistralmente otros cineastas como Paul Haggis en Crash y en el que las historias, en principio subsidiarias, se vuelven primordiales abriéndose casualmente como pétalos por capas para formar una espléndida flor gracias a las estrictas reglas de la naturaleza.
   Se trata de un auténtico y extraordinario derroche por parte del guionista-director-productor Paul Thomas Anderson, ya que se unen en una misma historia nueve tramas que bien hubiesen dado para nueve grandes guiones y otras tantas películas.
  Algunos papeles parecen haber estado perfectamente fabricados para los actores, pues les vienen como anillo al dedo: Tom Cruise representando su realidad ficcionada y Julianne Moore al borde de la esquizofrenia, su mejor versión. Junto a ellos unas espectaculares actuaciones de ¿secundarios? de lujo como Jason Robars (¿un augurio de su propia muerte?), John C. Reilly, Philip Seymour Hoffman, Philip Baker Hall, William H. Macy o Melora Walters.
   Es una de esas películas que hacen que te pegues a la butaca por curiosidad, por imprevisibilidad, por intriga y por inquietud. Sí, es una de esas películas en las que hay mensajes encriptados que no interrumpen el desarrollo del film ni lo hacen en absoluto aburrido, pero que crearán múltiples comentarios después de verla. Varias escenas relacionadas con estas curiosidades pasarán a la historia de este arte y seguro que encabezarán programas relacionados con el cine. No se dejen engañar por estas imágenes.




    Seducir y destruir es el lema autoimpuesto por el personaje de Tom Cruise, y seductor y destructivo es este film en el mejor sentido, como lo es la banda sonora compuesta por temas de Aimee Mann. A ella se suman otras cuatro canciones. Entre ellas, The logical song de Supertramp. Qué bien suena esa canción con una copa en un bar pasada la medianoche. Juzguemos en silencio como hizo Frank C.J. Makey.





miércoles, 3 de julio de 2013

Herejía del escarabajo: (des)montando a los Beatles III


Yellow Submarine. ¿Qué es esto? La sexta herejía, pero en este caso son ellos los herejes.



Abbey Road. Mientras Paul iba a lo suyo, John no paraba de decir que la música que componía su compañero era de abuelitas. Y en algunos casos era cierto, aunque casi mejor haberse callado si tenemos en cuenta parte de su postrera producción en solitario. Además, el álbum se grabó, afortunadamente, gracias al empecinamiento de McCartney, que contribuyó con un fabuloso medley del que destaca el corte Carry That Weight. En realidad, nadie debió quejarse de nadie, pues las composiciones de cada uno por separado no daban para un disco del nivel que hemos estado hablando. Estaba claro que las relaciones dentro de la banda eran nefastas, pero firmaron un armisticio durante el verano de 1969 para grabar esta obra que se encuadra ya, sin ninguna duda, dentro del género del rock.

El resultado es un disco de composiciones individuales en el que colaboraba el resto. Eso se nota desde la primera escucha pero, ¿acaso no fue siempre así? Da igual, el disco no desentona con su trabajo anterior, que parecía insuperable. A la mencionada contribución de Paul, John se marca dos trallazos: uno, el conocido Come Together, compuesto inicialmente para la campaña del controvertido Timothy Leary, defensor de la legalización de las drogas; y, otro, I Want You (She´s so heavy), una fabulosa mezcla de hard rock, rock progresivo y blues, en el que la letra es lo de menos.



En medio, Harrison da una pincelada con una dulce Here Comes the Sun para saltarse por completo el guion y hacer paréntesis ante el duelo de titanes. En la grabación se nota cómo han ido creciendo como músicos: John y Paul esforzándose por cantar mejor que el otro; las guitarras tomando protagonismo con solos sentidos y de nivel; Paul trazando una línea de bajo muy trabajada… Si sumamos todo esto a las leyendas que surgieron alrededor de este disco, el éxito comercial estaba asegurado: ¿muerte de Paul McCartney?, ¿pistas misteriosas en el disco?

Let it be, un flashback. ¿Es este el as en la manga que escondía Apple Records? Con las cartas marcadas gana cualquiera. En principio el disco se iba a llamar Get Back y fue grabado antes que el Abbey Road, pero se descartó lanzarlo primero. La idea, y de ahí el título, era regresar a las raíces del grupo, grabar en directo y en poco tiempo, ser espontáneos. Finalmente, el disco se haría público tras la ruptura oficial de la banda: el último huevo de oro de la gallina.

Con las seis primeras canciones podemos pensar que estamos ante otra obra maestra. Pero esto no es verdad, aunque tampoco su contrario: es un buen disco de rock. No nos engañemos, el tantas veces oído Let it be (una oda a la esperanza) sigue sonando hoy igual de bien.

La séptima herejía: ¿Don´t let medown una cara B del single Get Back? Solo se entiende si aceptamos que la disposición de las canciones del disco no había sido hecha por el grupo, ya que la típica combinación que entremezclaba canciones rápidas y lentas (Lennon/McCartney-McCartney/Lennon) se enturbia un poco y el disco decae en su progresión a medida que avanza.

      Mixtura de herejías. ¡Cuánto se habrán reído los escarabajos de las interpretaciones de sus canciones! (véase letra de Glass Onion). Pero lo que está claro es que la trascendencia de estas, real o adjudicada, ha sido enorme, tanto que forma parte de la cultura general de los pueblos: el impacto que produjo la falsa noticia de la muerte de Paul MacCartney en 1966, la rumorología acerca de que “la culpa de todo la tenía Yoko Ono”, versiones adaptadas al cine (véase la película Across the Universe), apología de las drogas, nombre de esqueletos fosilizados extraídos de sus letras (Lucy), experimentos con otras músicas del mundo, precursores del rock progresivo, adaptaciones de sus canciones para baladas religiosas, entradas de bodas o anuncios publicitarios (recordemos el reciente de Movistar), inicio del fenómeno fan y del primer concierto al aire libre (un auténtico desastre de sonido, por cierto).

Epílogo herético. The Beatles fueron creadores ascendentes de grandes ideas musicales, constructores de esqueletos de diamantes en bruto preparados para que otros los puliesen, arreglasen, versionasen o desmontasen y, así, terminar de crear auténticas obras de arte.


sábado, 29 de junio de 2013

Herejía del escarabajo: (des)montando a los Beatles II



Magical Mistery Tour. Situados en la cúspide de la creación artística, los temas de este álbum y del anterior nacieron en un período que no llegó a un año. Nuestro blasfemo espíritu nos hace pensar que este disco es inconmensurable, lleno de composiciones que hacen honor al título de esta fantástica obra: Magical Mistery Tour, Flying (una simpleza instrumental que indica a la perfección un “viaje feliz”), la preciosista orquestación de Penny Lane, Strawberry fields forever (ya, ya, “campos de fresa”) o la intervención de Lucy, la del cielo con diamantes, en I Am the Warlus junto a la “natilla de sustancia amarilla goteando del ojo de un perro muerto”, que nos hace pensar en la descripción literaria de un cuadro de Dalí. Sencillamente alucinante. La cuarta herejía entra en juego.




El disco blanco. Un álbum que tuvo que esperar más de treinta años para que la crítica admitiera lo que es: uno de los mejores del grupo. Grabación hecha bajo una ya turbulenta relación entre sus componentes, pero suculenta creación artística, y después de la fallida visita al Maharishi Mahesh Yogui en la India, que acabó prácticamente con la sociedad del grupo. El propio Ringo Starr se ausentó del proceso de grabación durante un tiempo y Paul se encargó de la batería durante ese período. Las dos caras de la misma moneda que suponían Paul y John empezaron a convertirse en una lengua bífida: mala cosa para la química que existió hasta ese momento. Todos estos aspectos se reflejan en el resultado final: un disco sobresaliente, pero sin ningún hilo conductor.

Al tener ese formato doble, da mucho de sí: sonidos muy clásicos del grupo como Martha My Dear; las casi inexistentes, aunque presentes, típicas ñoñadas y paridas de John y Paul como Ob-Lla-Di Ob-La-Da, Wild Honey Pie o Revolution 9; sonidos que se asientan en el rock más puro (Happiness Is a Warm Gun, Back in the USSR o Birthday); en el rock psicodélico (la irreverente y crítica con los críticos Glass Onion); los auténticos abrazos a la madre de todas estas músicas: el blues (Why Don't We Do It in the Road?, Yer Blues o Revolution 1); o la introducción de insólitos solos de guitarras… Incluso hay momentos para acercarse al rock que empezaban a desarrollar los Stones, como se aprecia en Everybody's Got Something to Hide Except Me and My Monkey o plantar las semillas del hard rock y el proto-metal de los venideros 70 con el trallazo que supuso Helter Skelter. Como vemos, imposible que sea más completo en cuanto a eclecticismo se refiere, y el simple hecho de contener una canción como While my guitar gently weeps ya merece la pena un disco.




La quinta herejía nace de la asociación de nuestro corpus musical particular. ¿No es un evidente guiño de ojo que uno de los trabajos más conocidos de Metallica se conozca como Black? La vinculación entre el White Album, en formato y estructura musical (mismo número de canciones), con otro grabado 23 años más tarde es clara: Use Your Illusion, los dos discos dobles de los Guns n´ Roses. ¿Un homenaje a una de sus bandas de cabecera? La versión de Live and Let Die de McCartney parece ser una muestra de sus intenciones.




martes, 25 de junio de 2013

Herejía del escarabajo: (des)montando a los Beatles I



Herejía inicial: manual para inexpertos. Llegar hasta el ecuador de nuestra vida oyendo a nuestros músicos favoritos diciendo que una de sus principales influencias es The Beatles y a gente con criterio musical decir una y otra vez “¿Tú has escuchado a los Beatles?”, chirriaba en nuestra cabeza. Tanto que, como mínimo, debíamos dedicarle algo más de atención. Pues bien, durante un largo tiempo hicimos el repaso discográfico que se merecía y este es el resultado.

¿Conocemos realmente esta banda o solo sabemos de su trascendencia a través de un reducido número de canciones, quizás no todas ellas las mejores?

Tomemos prestadas las palabras del gran Gene Simmons: “Cuando John Lennon dijo que Los Beatles eran más populares que Jesús, tenía razón. Había partes en el mundo donde la gente nunca había escuchado hablar de Jesús, pero habían escuchado a Los Beatles”. ¿Qué comentarios podemos aportar sobre una banda que lo ha significado todo en la historia de la música contemporánea? Nada más que herejías.

Trabajos de actualidad sincrónica pero sin trascendencia diacrónica. Los primeros cuatro discos no van más allá de cualquier banda de rock n´ roll de la época como The Yardbirds, The Monkees, The Turtles o The Kinks (los nombres elegidos parecen provenir de la misma fuente de inspiración). Para nosotros, los herejes, todo el sonido de esta época, exceptuando siempre algún que otro tema, se resume escuchando el tema central de la película dirigida por Tom Hanks, muchos años más tarde, The Wonders, That thing you do! Sobre esta etapa recogemos de nuevo una sentencia de Gene Simmons: “Si te fijas en Los Beatles, no tienen nada original, pero cuenta con elementos de cierta creatividad. El resto, lo pidieron prestado de aquí y de allá. Los Beatles son una mezcla de Chuck Berry y Little Richard”.

Help! Todo sigue igual aunque ya se va notando la intencionalidad de crear algo distinto en la canción homónima, o con  la influencia de Dylan en You've Got to Hide Your Love Away. Sí, allí estaba también Yesterday.

El inicio del cambio: Rubber Soul. Como reza el propio título, el soul brota por los acordes de este disco que probablemente sea el primero en poder llamarse así. Es decir: se compuso como tal y no como los anteriores, que eran recopilaciones de canciones sueltas. Destacan temas como Drive my car o, sobre todo, The Word, un corte sesentero exquisito.




Pasemos raya y prescindamos de esta época de la que hemos hablado. Queda fijada la segunda herejía.

Revolver: el primer golpe. Lennon y McCartney empezaban a rendir al máximo. Una obra considerada, con toda la razón, de las mejores de su discografía, aunque contenga la ñoñada de Yellow submarine. ¿Por qué? Una cuidada producción en arreglos llena de soul, rock ácido y los primeros toques psicodélicos, producto de la experimentación con drogas propias de la época. A la ya archiconocida, pero no por ello inferior, Eleanor Rigby, se le suman títulos como She said, She said, Tomorrow Never Knows (con una sencilla línea de bajo pero endiabladamente psicodélica) o el grito de guerra que nos abrió definitivamente la puerta a la guarida del escarabajo: Got to Get You into My Life.

Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band: tercera herejía. ¿Mensajes subliminales empapados de ácido o búsqueda de cinco pies al gato por parte de impertérritos y aburridos críticos musicales? Un sonido exquisito abandera una de las mayores influencias de la historia de la música, o al menos eso dice la prensa especializada. Desde nuestro trono herético y con intencionalidad descarada, saldaremos con un réprobo “no será para tanto”. ¿No sobran canciones? Desde luego, no fueron rácanos y nos espetaron sin dudarlo la muy roquera Sgt. Pepper's, Lucy in the Sky with Diamonds o With a Little Help from My Friends. Esta última, como sucede con otras muchas canciones suyas, queda muy mejorada en la voz (y manos) del sempiterno Joe Cocker.




miércoles, 12 de junio de 2013

La caza (del conejo)

No hablemos de mi película, los filmes no se cuentan, se ven.

Elías Querejeta

La caza del conejo era el nombre inicial ideado para esta película, pero la censura encontró connotaciones sexuales en el título y fue apocopado. ¡Hay que ver, qué pervertidos! Alabada por la crítica francesa, británica y estadounidense y considerada como pieza fundamental de las vanguardias del momento, fue defendida por Pier Paolo Pasolini sin tapujos en el festival de Berlín de 1966, en el que ganó el Oso de Plata (Mejor Director). Sam Peckinpah dijo que su vida había cambiado después de verla (no nos olvidemos de sus Perros de Paja). Sin embargo, los críticos españoles contemporáneos la consideraron tan mala que uno de ellos se atrevió a llamarle la atención a su director con un “¡vaya mierda de película que has hecho!” ¡Qué le vamos a hacer!



La caza, que parece ser el único deporte honorable de la España franquista, es una película minimalista hecha en cuatro semanas con cuatro actores que fueron desaprovechados durante la posguerra, rescatados aquí para desplegar todas sus aptitudes, y con un presupuesto de dos millones de pesetas: uno conseguido por el director Carlos Saura y otro por Elías Querejeta, el corajudo futbolista vasco que se convirtió en uno de los mejores productores de cine de todos los tiempos. Un hombre que nunca entendió el cine sin pasión y sin compromiso y al que se le “ocurrió dejarnos” el pasado fin de semana.

Una película imprescindible para la historia de España del siglo XX que abrió fronteras a la cultura española, que presenta el tópico cinematográfico de la violencia humana y muestra, como ha dicho el propio Saura, “la agresividad que hay en el mundo, la inutilidad de la guerra, la inutilidad de la muerte, la inutilidad misma de la caza, porque hoy se caza por placer, no por necesidad".



El calor es un elemento esencial más de la historia, que se convierte en una reflexión simbólica sobre la guerra civil y que parece haber bebido en las fuentes que inauguró Buñuel. El páramo castellano y un sol horrible sirven de símbolo de una España hastiada de una dictadura que supuso, entre otras cosas, un retroceso cultural impresionante. Las rencillas fratricidas, odios y traiciones surgidas en la Guerra Civil, y que continuaron por muchos años, se trasladan a este filme alegórico, aunque el propio Saura trate de restarle este valor.

Con este contexto o telón de fondo, los instintos básicos humanos, que no son más que los propios de los animales, se desatan, la locura hace acto de presencia y, ya se sabe, la locura es un caballo exaltado que nunca tuvo maestro.






jueves, 6 de junio de 2013

Y conocimos a nuestro enemigo

Hace prácticamente un año estampaba una entrada en este blog en la que mencionaba al Aguere Espacio Cultural. Yo, que acababa de descubrir ese lugar y era un bloguero novato, no dudé en acudir al sitio ni tampoco en mencionarlo en este blog.

Este último año he disfrutado de su oferta, que tan poco abunda por estos lares, todo lo que he podido y me ha dejado este cacho de mar interpuesto entre nosotros. Cuando no acudía a un evento, forzaba una parada en su barra para tomarme un gin tonic y empaparme del look en negro que tanto me atrae de los garitos.

Por allí siempre deambulaba una cara entusiasta, ¿se llama Fernan?, con ganas de ver a la gente disfrutar de lo que allí se hacía, y siempre tenía una sonrisa para los conocidos y los no tan conocidos, como yo. Cantidad de grupos musicales de renombre y de los de no tanto, humoristas, conferencias, charlas, danza... hacían las delicias de los que allí acudían.

Nada, va y lo cierran
otra vez.
¿Problemas de regularización con sus licencias?
¿Pero el Ayuntamiento no estaba en esto?
¡Qué sé yo!
La Cultura no da dinero, ¿verdad?
Sí, bueno, tampoco lo da la Educación
ni la Sanidad.
Pensamiento de borrego
de besugo o sucedáneo.
Sin palabras
me voy quedando.
En fin.

¡Qué bonito!

martes, 21 de mayo de 2013

Prohibido olvidar


¿Será por el recuerdo de esa replicante voz maravillosa de Constantino Terminator que nunca nos dejará y que estalla ahora más que nunca en nuestro cerebro?



¿Será por esos versos colocados perfectamente en su sitio por uno de los mejores albañiles de palabras? No sé qué razones me llevaron a pensar en la letra de una magnífica canción de protesta, o mejor dicho, en un auténtico poema de queja que se materializa en una salsera experiencia musical. No sé por qué la canción se ha metido en mi cabeza a través de los altavoces de mi coche, resonando como nunca, escupiendo realidades de otros tiempos y otros lugares que regresan a la memoria extrapolando situaciones sin grandes esfuerzos. No lo sé. ¿O sí lo sé?


Prohibieron ir a la escuela e ir a la universidad. 
Prohibieron las garantías y el fin constitucional.
 
Prohibieron todas las ciencias, excepto la militar.
 
Prohibiendo el derecho a queja, prohibieron el preguntar.
 
Hoy te sugiero, mi hermano, pa' que no vuelva a pasar,
 
¡Prohibido olvidar!
 

¡Prohibido olvidar!
 
Prohibido esperar respuestas. Prohibida la voluntad.
 
Prohibidas las discusiones. Prohibida la realidad.
 
Prohibida la libre prensa y prohibido el opinar.
 
Prohibieron la inteligencia con un decreto especial.
 
Si tú no usas la cabeza, otro por ti la va a usar.
 
¡Prohibido olvidar!
 

¡Prohibido olvidar!
 
Prohibido el derecho a huelga y el aumento salarial.
 
Prohibieron ir a la calle y al estado criticar.
 
Prohibieron reírse del chiste de su triste gobernar.
 
Prohibieron el desarrollo del futuro nacional.
 
Yo creo que la única forma de darle a esto un final es:
 
¡Prohibido olvidar!
 

¡Prohibido olvidar!
 
Prohibieron los comentarios sin "visto bueno" oficial,
 
Prohibieron el rebelarse contra la mediocridad.
 
Prohibieron las elecciones y la esperanza popular.
 
Y prohibieron la conciencia, al prohibirnos el pensar.
 
Si tú crees en tu bandera y crees en la libertad:
 
¡Prohibido olvidar!
 

¡Prohibido olvidar!
 
Pobre del país donde lo malo controla,
 
donde el civil se enamora de la corrupción.
 
Pobre del país alienado por la droga,
 
porque una mente que afloja, pierde la razón.
 
Pobre del país que, con la violencia, crea
 
que puede matar la idea de su liberación.
 
Pobre del país que ve la justicia hecha añicos
 
por la voluntad del rico o por orden militar.
 
Cada nación depende del corazón de su gente.
 
Y a un país que no se vende, nadie lo podrá comprar!
 

¡No te olvides!
Rubén Blades






martes, 2 de abril de 2013

Arcadia. Un camino sin retorno




¿Hasta dónde puede llegar un alto ejecutivo desesperado que lleva dos años y medio en paro, después de haber sido despedido de una empresa en la que ha trabajado quince años? ¿Hasta dónde puede llegar ese hombre que tiene una esposa y dos hijos, una hipoteca que pagar mensualmente y que no consigue trabajo por estar sobrecualificado?

Recortes, reducción de plantilla, despidos… Palabras que retumban como pestes medievales en nuestra sociedad actual y que fueron elegidas por Costa-Gavras para este film de 2005, basado en la novela The Ax de Donald Westlaker, autor de otros grandes éxitos literarios y cinematográficos como Los timadores. Una comedia dramática, cuya mejor arma es el sarcasmo, cargada de una crítica ácida hacia un sistema de vida actual en declive absoluto. Perfecta para ojos con humor negro.

Ocho años después, Arcadia (Le Couperet) se muestra como una película visionaria que podría estar ambientada en cualquier emplazamiento capitalista del corazón europeo. Oteando la situación actual y comprobando las pocas perspectivas de futuro, a la sociedad le dan ganas de arremeter contra todo y acabar con lo que estorba a nuestra propia supervivencia. Es un milagro no haya más víctimas.

La frase que resume el trasfondo de la película, “Cuando hayan destruido la economía y todos estén parados, ¿a quién venderán sus productos de mierda?”, es una clara alusión al pensamiento del director, quien en unas recientes declaraciones dejaba claro que su “único compromiso es una cierta ética, junto con la realización de un espectáculo interesante, en la línea de Sófocles o Molière”. Y con respecto a la situación económica actual añadía que “hoy en día, Europa ya es solo un gran supermercado”.

Del director ya conocíamos su compromiso político y social basado en hechos reales como en Estado de sitio, Desaparecido o Z, o a través de la ficción como Mad City o esta Arcadia. El título es ironía premeditada, pues el nombre de Arcadia nos remite a un lugar idílico en el que reina la felicidad, la sencillez y la paz y en el que se vive en perfecta armonía con la naturaleza.

Las miserias humanas van creciendo como enanos en Bruno Davert, a medida que se hunde en la senda del fango devastador. Un personaje interpretado por José García, actor francés con ascendencia española que se ha convertido en el particular Jack Lemmon europeo de Costa-Gavras. En él, la pillería se vuelve perversidad y esta, a su vez, en algo macabro. La desolación y la locura que se apoderan de él es un arma de doble filo. Solo cuando se le toca la tecla sensible, la cordura reaparece para salvaguardar a los suyos. El dolor que le produce el retroceso de un revólver de la guerra al accionar el percutor se presenta como metáfora de la frustración y decepción del desempleado.


Quizás sobren algunos minutos de película, pues el buen ritmo que posee desde el principio se frena un poco cuando alcanzamos los tres cuartos del largometraje. Demasiados detalles de algo que ya está bastante claro. ¿Algo tramado por el cineasta para incrustarnos en el cerebro esa sensación de desolación?