miércoles, 26 de agosto de 2015

Aguere, ciudad de La Laguna

Adoro La Laguna.

Aquella ciudad que se mostraba hace unos años desgastada por el tiempo, nunca fue vista por nuestros ojos universitarios como arcaica, sino como sinónimo de cultura, amistades y jolgorio nocturno. Se nos quedó en el hipocampo al contrario de como se suele guardar un lugar entrañable en el recuerdo: ahora ese recuerdo es más interesante, atractivo; una versión mejorada de aquella época, que responde a las exigencias actuales de una ciudad perfectamente integrada en su contexto histórico y cultural.



Me entusiasma que San Benito haga que el timple canario de sudorosas manos resuene en las calles y las impregne de tradiciones con olor a campo. Al día siguiente siempre podremos deslizarnos hacia el metapulmón del Camino Largo, lugar idóneo para pasear o correr, aunque esta última actividad pueda transformarse en un verbo en forma reflexiva por la noche.

Disfruto tomándome una cerveza o un vino en la Venta de la Esquina o en el Venezia, mientras nos mira atenta la torre de la Concepción, escrupuloso testigo de la visita al Punto Criollo en busca de un gofio ensalsado o unas arepas de mechada.

Me agrada pasear por esas calles peatonales que antaño fueron carretera y acera maltrecha; bajar la calle Herradores y pararme en la Tasca de Óscar, la casa del pintor surrealista. Un montadito acompañado de un vino y un saludo a Toni, aquel que hace años me preparaba el bocadillo de lomo en el bar Benidorm, mientras su padre, don Antonio, pelaba y picaba las papas para hacer su famosa tortilla y su hermano Jorge sonreía ante las anécdotas que el pícaro don Antonio dejaba siempre inconclusas.



Aquellos bares de las últimas décadas del siglo XX se han convertido en centenares de bonitas tascas, agradables restaurantes o lugares de tapeo. 


Me distrae hacer algunas compras en esa misma acera y atravesar la galería que conduce al antiguo Cine Aguere. Ahora es un espacio cultural con una acogedora entrada en la que hemos esperado muchas veces antes de disfrutar de películas o exhibiciones musicales como la de Carmine Appice, Javier Vargas y Paul Shortino.





La plaza del Adelantado, abriendo espacio, circundada por el ayuntamiento, la monja incorrupta y el Palacio de Nava, uno de tantos palacetes distribuidos por la ciudad, cuya tertulia literaria se extingue dentro del abandonado edificio, sin las voces del mercado que aún no ha regresado a este lugar emblemático. Es este palacio una de las estaciones de la ruta matemática lagunera, que descubre ejemplos de proporción áurea por toda la ciudad.



A pocos pasos de donde se celebraba la famosa tertulia, cientos de años más tarde se nos muestra una inscripción que recurre a la "incorrección política".



Me gusta subir la calle Carrera escaparateando y hacer una pequeña parada en la plaza de la catedral, donde en un recuerdo nocturno y borroso se visualizan unos patos que tratan de escapar de la fechoría de unos jóvenes estudiantes que se dirigían a placenteros y trasnochados infiernos. Me despierto.

Me agrada acudir a algún evento al reabierto y reformado Teatro Leal, frente al entrañable Hotel Aguere; encontrarme por el camino al eterno heavy metal de mi época estudiantil que baja la calle con su sempiterna camiseta negra de Queensrÿche y cruzar nuestras miradas cómplices, más por las coincidencias estético-musicales que por conocernos.



Que te dé la brisa en la cara en la avenida Trinidad es un deporte que todo lagunero ha experimentado alguna vez. Por allí todos caminábamos para terminar de despertar, carpeta bajo el brazo, y alcanzar el edificio más antiguo de la universidad. Ahora el recorrido lo hacemos para indagar entre estanterías en el catálogo de la librería Lemus.

La Plaza del Cristo, olor a pólvora húmeda, conciertos al aire libre, productos frescos en la nueva ubicación del mercado.

Calle San Agustín. ¿Cuántos intelectuales la habrán recorrido? El fantasmagórico Palacio de Lercano alberga hoy el Museo de Historia y Antropología, aunque después de la visita solo retumbe en tu cabeza los chasquidos del carruaje del señor de la casa entrando a las caballerizas del palacete. Allí, en la religiosa calle, en un marco colonial incomparable, se encuentran ubicadas la UNED, frente a la antigua Universidad de San Fernando y actual Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife; la Fundación Cristino Vera con su sala de exposiciones; la casa Salazar; el antiguo Convento y actual IES Cabera Pinto; el Hospital de Dolores; o la Casa Montañés (actual sede del Consejo Consultivo de Canarias). Todavía hoy se puede sentir un escalofrío cuando alcanzamos la iglesia devastada por el terrible incendio de 1964 que, como si de una maldición se tratase, se repetiría en el edificio del Obispado de la misma calle en 2006.





El Pasaje de la Concepción, un nuevo espacio de ocio, alejado del denostado Cuadrilátero que llenaba las calles de etílicas charlas provocadas en la esquina de La Troya y rematadas más tarde en el Blues Bar. Por la mañana este pasaje se cruza para hurgar entre las portadas de discos o rebuscar entre camisetas con mensaje; por la noche se atraviesa para disfrutar de música en directo junto a amigos y copas.



Casi sin darnos cuenta hemos cruzado el casco histórico, que mantiene el mismo trazado del siglo XV, sobre los pasadizos ocultos por los que probablemente misteriosos personajes circulaban de forma clandestina a lo largo de la ciudad.


Me seduce la fina lluvia de Aguere en primavera, teñida por el rastro que deja el incienso de procesiones de Semana Santa. Me gusta quejarme del frío que hace en invierno porque siempre se soluciona con un buen abrigo o cobijándose en cualquiera de los innumerables lugares que nos ofrece la ciudad. Me embelesa su verano porque los cobijos siguen estando ahí en esta estación calurosa, endulzada por la brisa que baja la calle por la tarde. El encanto de las fachadas invernales aumenta durante el otoño y se intensifica con la luz veraniega, dejando pequeños detalles al descubierto. No es de extrañar que el artista sudafricano Conrad Van Wick se haya enamorado recientemente de esta ciudad y haya querido plasmarla en sus obras.









Siempre que voy a La Laguna duermo en el edificio que hoy se eleva sobre el antiguo campo de fútbol de la calle San Juan. Desde allí, casi en el corazón de la ciudad y perfectamente acompañado, se puede contemplar la incordiosa niebla veraniega de Los Rodeos; desde allí, pasada la medianoche, se oye cómo regresan a casa los jóvenes estudiantes después de una velada agradable.


Como ya se sabe, hay personas que pasan por la universidad pero la universidad no pasa por ellas. No obstante, todos aquellos que estudiamos en La Laguna, la antigua Aguere, somos también laguneros, y nos vemos orgullosamente obligados a volver a ella una y otra vez.

miércoles, 22 de julio de 2015

Perr(l)as de música: liposucción musical para Cenicienta en el espacio exterior


Mystoria de Amplifier (2014): liposucción musical. Parte de la crítica ha caído en lo fácil con este último trabajo de la banda de Manchester: han querido analizarla haciendo comparaciones con su magistral Octopus. Craso error. Dos cosas solo son comparables en el mismo contexto. Como ellos mismos han declarado, lo que querían era volver a sus raíces, "desarrollado un nuevo concepto, una fórmula sin sentido; podríamos llamarlo liposucción musical". Y así es. Y la verdad es que les ha salido fantástico, digan lo que digan algunos críticos. Una vez se haya empezado a escuchar esta grabación no se puede parar. Se trasciende lo progresivo y se ilumina con flashes de stoner, space o incluso blues y riffes del metal más melódico en busca de una aparente sencillez (Named After Rocky). En definitiva, un disco con una trabajada composición (en la que destaca esta vez una formidable ejecución de batería) de la que se elimina todo detalle innecesario y todo lo que pueda oler a lo que ya está hecho, dejando una gran pureza musical (véase la juguetona Cat´s Cradle). Mientras no aparezcan los Porcupine Tree con nuevo álbum, aquí está el grupo.





Cannibals de Richie Kotzen (2015): savoir faire. Este es otro "zas en toda la boca" para los "pesaditos" que se pasan media vida diciendo que estos músicos virtuosos solo hacen música para otros músicos, sin haber escuchado ni una nota de sus producciones. Aquí tenemos a un tipo que, después de grabar un enorme disco con The Winery Dogs y realizar una exitosa gira mundial, da a luz este delicioso disco de rhythm and blues y soul (con un toquecito de country y un puntito de rock), que podemos catar en delicias como In an instant. Otra etiqueta (de las de gama alta) para su extensísima producción individual y en otras bandas como la citada anteriormente, Mr. Big o Poison.






... The Stories We Could Tell de Mr. Big (2014): la sonrisa de la Cenicienta. Si bien este trabajo no supera su anterior What if..., aquí ha vuelto el Gran Señor a demostrarnos la habilidad musical hardrockera que poseen sus miembros. Las facultades instrumentales y vocales siguen tal cual, deslumbrantes. Un disco bastante comercial que arranca en cuarta velocidad con temas como Gotta Love The Ride y Forget To Breathe para hacer una estación en baladas como The Man Who Has Everything y en las que sobresale el buen hacer a la voz de Eric Martin. Monster In Me nos trae frescura con un riff guitarrero de Paul Gilbert y una base de bajo de Billy Sheeham que nos recuerda a algunas creaciones de Nuno Bethencourt en aquel entrañable Pornograffiti de Extreme. Después de pasar por los clásicos sonidos de la banda, nos vuelven a dar un empujón con la blusera Cinderella Smile para decidir que nos quedamos satisfechos de este trabajo. En fin, buen hard rock para todos los gustos.





Gravitas de Asia (2014): levitando en el espacio. Dos años después de lanzar su buen XXX, volvieron a la carga estos incombustibles que no se cansan de producir temas melódicos en la onda AOR progresiva, muchísimo más centrados en lo primero que en lo segundo. A Geoff Downes, John Wetton y Carl Palmer se les ha unido un joven guitarrista, Sam Coulson, un descubrimiento de Paul Gilbert que tiene la responsabilidad y el enorme placer de sustituir a nada menos que a Steve Howe. El trabajo es de los que podemos calificar de "no sorprendente, pero muy gratificante"; de los de poner en el coche para un largo y tranquilo recorrido.





martes, 23 de junio de 2015

Musicomicircus

El Palau Sant Jordi se vistió de gala para recibir a la banda de rock más caliente del mundo. Tras el ascenso a Montjuic, casi con la puesta de sol, el bocadillo de butifarra y la cerveza fría proveniente de unas manos del este de Europa, nos dirigimos hacia el pabellón. Estricto y correcto control de seguridad, y adentro. A la cabeza se nos vino el concierto de Scorpions del año pasado en Vista Alegre: allí todo fue confusión, colas serpenteantes y kilométricas (literalmente) que nos introdujeron en el barrio de Carabanchel, entrada al recinto cuando ya estaban acabando los teloneros, indicaciones confusas y personal casi inexistente. En fin, en el Palau fue todo lo contrario: fácil acceso, información y seguridad en todos lados. Menos mal que los Escorpiones nos hicieron olvidar rápidamente todo aquello.

A la hora en punto, los teloneros Dead Daisies salieron a escena. Difícil papeleta la de abrir para una de las grandes bandas de la historia del rock. Comandados por John Corabi (Mötley Crüe) y Marco Mendoza (Thin Lizzy, Whitesnake), quien tomó las riendas para interactuar con el público en su español chicano, se esforzaron en calentar motores durante sus 45 minutos de actuación. Con su hard rock angelino nos devolvieron a los locales de finales de los 80 de la costa oeste americana. La banda traía consigo a dos miembros de los actuales (y nefastos) Guns N´ Roses, el teclista Dizzy Reed y el guitarrista Richard Fortus, quien puso la imagen, las ganas y el desenfado sobre el escenario. Un grupo que es totalmente desconocido por estos lares, algo que supone un reto difícil de superar. Para paliar estas dificultades Mendoza recordó que "agarraran" su nuevo disco cuanto antes y se marcaron un par de clásicos que dejaron a la gente bastante satisfecha: Hush, el tema de Joe South popularizado por Deep Purple, y el archiversionado Helter Skelter de Beatles.



A estas horas, las gradas laterales ya estaban a tope de gente, no así la pista.

Faltaban tres minutos para las 9:30. Telón arriba con el nombre de la banda, esa marca que ha vendido y sigue vendiendo millones de objetos de merchandising. Suena por megafonía el lema del grupo: You wanted the best, You've got the best, the hottest band in the world... Kisssssssssssss.



Cae el telón, los acordes de Detroit Rock City resuenan acompañados por las primeras explosiones de la noche y confunden el sonido hasta casi el final de la canción. Sin descanso y con la ayuda de un genial equipo técnico, Simmons interpreta Deuce salvando la siempre difícil entrada. Mueve su cabeza de forma diabólica y teatral, estampa a la audiencia su ya clásico I wanna hear you entre estrofa y estribillo, le regala al público su encantadora mirada asesina y su lengua parece lamer la cara de todos los asistentes. Las cosas se ponen en su sitio.

Pero realmente, hasta que no sonaron los primeros acordes y versos de Psycho Circus, no nos dimos cuenta del mensaje y significado de aquel espectáculo: Hello! / Here I am! Here we are / We are one/ I've been waiting for this night to come / Get up! Now it's time for me to take my place / The make-up runnin' down my face / We're exiles from the human race / You're in the psy, You're in the Psycho Circus / I say Welcome to the show. Un despliegue absoluto de pirotecnia, luces, láser, brillantina, disfraces, maquillaje, papeletas que vuelan por los aires, cámaras que captan todos los detalles y que, a través de las enormes pantallas situadas estratégicamente, trasladan al público al escenario y acercan el escenario al público.



Sin duda alguna, el mejor de la noche fue Gene Simmons, el Demonio. Perfecto en la interpretación vocal, que alcanza casi el 50% del set. Dinámico en el escenario, lanza fuego por su boca y toma entre sus vampíricas manos una espada-antorcha que clava en medio del escenario para calentar aún más al encendido público. Tras la celebrada y coreada Lick it up, su personaje comienza a actuar desafiando al público con miradas que acompaña de rugidos que provoca su distorsionado bajo. Y tras escupir sangre por la boca y manchar la parte delantera de su traje, vuela a una velocidad endiablada hacia lo alto del pabellón para posarse en una plataforma desde la que comienza a interpretar God of thunder. El corazón se nos encogió. Juraríamos ante Dios que voló de verdad.



Paul Stanley hizo de maestro de ceremonias interactuando verbal y físicamente con el público. Introdujo cada tema en su contexto histórico, clásico tras clásico: I love it loud, War Machine (respaldada por un fantástico vídeo en la pantallas), Do you love me, Calling Dr. Love, Cold Gin o un grandioso The Creatures of the night... Habló del tamaño de sus plataformas, nos hizo competir con las gradas para ver quién aullaba más, nos mostró a través de las cámaras a la enfurecida Kiss Army española, agradeció nuestra asistencia y nos hizo creer (así lo aseguró) que el rock and roll estaba allí para nosotros, para "Baselona" (según dijo). Surcó una vez más el cielo blandiendo sus "armas del amor" para regresar con el "diamante negro" entre sus manos. Ya en la plataforma central que da vueltas como un tiovivo, a escasos diez metros de nuestra posición, se engancha la guitarra y exhala los primeros versos de Love Gun: I really love you, baby / I love what you've got / Let's get together, we can...get hot. Fue ahí cuando se pudo confirmar lo que ya se venía apreciando: su voz de agudos inalcanzables ya no es la que era. El muy listo dosificaba al máximo sus vocales y, cuando no llegaba a la octava alta, bajaba dos más. El muy seductor se mordía el labio, movía su cadera con sus típicos saltitos juveniles, guiñaba el ojo o enviaba un beso con la púa entre sus dedos. Más que suficiente para enloquecer al público y hacerle cantar hasta la extenuación. El héroe regresa al escenario tras su baño de masas a través de la tirolina mientras Eric Singer interpreta Black Diamond y su batería se eleva en una plataforma a lo más alto. No hay tregua.



El solo de batería de Singer consiste en tocar toda la cacharrería que tiene armada mientras la plataforma sube y baja. El solo de guitarra de Tommy Thayer, por llamarlo de alguna manera, se limita a excretar una escala tras otra sin ningún rumbo aparente, pendiente de que salgan despedidos los cohetes que tiene insertados en el mástil. Poca cosa para un buen guitarrista. Su duración es breve y no enturbia el espectáculo. Se toma más como el merecido descanso de unos señores de 63 y 65 años.

Los cañones de fuego se activan a la vez que Eric Singer golpea la caja y la traca de petardos no permite ninguna distracción sobre el escenario. El grupo se retira y regresa a escena rápidamente. Saludan y ataviados de sus instrumentos nos dan la última y esperada descarga: Shout it out loud, I was made for lovin´you y la festera Rock and roll all nite, con la que el público se desgañita finalmente bajo la lluvia de confeti que inunda el pabellón.

Las 11:00 de la noche. Una última caña en la barra del fondo mientras suena God Gave rock and roll to you II y con la sensación de que el espectáculo ha sido corto pero intenso.

Si te gusta la música, puedes escucharla. Si te gusta el cómic, puedes leer uno. Si te gusta el circo, puedes acercarte a la carpa. Si te gustan las tres cosas a la vez, tienes que ver a Kiss: Welcome to the show.

miércoles, 1 de abril de 2015

El príncipe torpe

El príncipe inclina el cuerpo y adelanta la cara. El sapo está justo frente a él. La papada se le hincha y deshincha sin cesar. Ahora que lo ve tan de cerca siente que lo invade el asco. Pero no tarda en reponerse y acercar los labios al morro del anfibio. Le da el esperado beso, pero no pasa nada. Vaya, piensa, seguro que no lo he besado con suficiente convencimiento, es tan repugnante. Un  nuevo intento. Ahora sí que llega la esperada metamorfosis, aunque el sapo hace lo posible por resistirse.



Allí estaba aquella supuesta princesa que esperaba. Pero desde el momento en que abrió la boca le pareció otra más, nada diferente. Además, estaba vestida como las otras, como todas. La tiró al suelo con su pierna izquierda y con su rabia.

En solo unos instantes el príncipe sintió cómo su brazo verdoso se le reducía y vio cómo se le caía algún diente, a la vez que iba menguando su cuerpo. Ahora lo estaba viendo todo muy distinto y en un momento dejó de pensar y solo pudo decir: “¡Croac!”.



miércoles, 4 de febrero de 2015

Vivir es horrible en tierras lejanas

Living is a problem because everything dies
                                                  Biffy Clyro



Vivir es un problema porque todo muere
el pensamiento de fondo de aquel niño de tierras lejanas
visualización externa de otras tierras más cercanas
tierras que no aceptan realidades foráneas
las propias nublan la perspectiva instantánea
y nos llenan de espasmos que hacen temblar los ojos

Vivir es un problema porque todo muere
me lo dijo Dios en un descuido inerte
en un gesto confidente
inmaduro
abierto
desesperante
ahogado en un hipido imberbe
es algo bíblico
quizás apocalíptico
levítico, pero real
nebuloso


Vivir es un problema porque todo muere
es viajar en coche con una pistola apuntándote en la nuca en
el asiento trasero
descubrir que la máquina del tiempo que había inventado
te traslada al tiempo que no tenemos
a los recuerdos en los que nadas
asegurándonos pardójicamente un horror de futuro

Vivir es un problema porque todo muere
preguntándonos cuándo será nuestro turno



                                                                  
                
                                                                                     Vikowski

sábado, 27 de diciembre de 2014

Willie Nelson, la historia interminable


¿Qué puede valorar un sacrílego sobre el country y de una de sus más destacadas figuras? Como no me hagan un recopilatorio del mejor country partiendo de lo mejor de los recopilatorios de los mejores artistas de country, estamos aviados.

Abarcar toda la carrera musical de un octogenario que tiene editados alrededor de 75 discos se hace una tarea ardua, incluso cansina. 75 discos en 52 años de carrera salen a dos discos por año, contando con los retiros y regresos. Pues eso.

Cuando no se conoce a un artista, normalmente uno se dirige a un grandes éxitos, a un recopilatorio (The Essential, 2003). Si tras un par de rondas no ha gustado lo que se ha escuchado, lo mejor será que no se siga intentando. Pero la tarea ya estaba empezada y había que terminarla.

(¿75 discos? ¿75 ruedas de churros?)

La vida de este músico es la lucha por la supervivencia, la lucha de muchos americanos que nacieron y vivieron en la Gran Depresión. A los trece años, muerta su madre y abandonado por su padre, ya se subía a los escenarios para eludir la recogida de algodón con sus abuelos. Desde ese momento supo que la música era su vocación, aunque intercalara trabajos eventuales como operador telefónico, podador de árboles, militar en las fuerzas aéreas, guardia de un club nocturno, obrero en un campo petrolífero o pinchadiscos. Una vida intrigante, sin ningún tipo de cerca que pudiera acotar su forma de actuar. Una carrera musical llena de luces y de sombras, de retiros y de regresos, de problemas con la justicia por evasión de impuestos y por posesión ilegal de marihuana. Un activista convencido, defensor de la agricultura familiar, de la marihuana, de los biocombustibles y del matrimonio homosexual; crítico con la Guerra de Irak y con la versión oficial del ataque terrorista a las Torres Gemelas (bastante curiosa su opinión, por cierto). Un hippie en toda regla, sin ironías.

Una vida musical que se inicia con los ritmos repetitivos de Funny How Time Slips Away, Hello Walls, Pretty Paper y Crazy, que cuentan historias de tierras distanciadas, realidades lejanas que pueden emocionar a la mayor parte del suroeste de los Estados Unidos y a parte de Canadá y Australia. Eso, que “cuentan” historias que emocionan a esas gentes.

Tarea ineludible era escuchar los tres discos que lo encumbraron: Shotgun Willie de 1973, Redheaded Stranger de 1975, Stardust de 1978. Desde esos años, Nelson es ya considerado el mayor representante del outlaw country, una escisión del country tradicional de Nashville, una diferencia que solo pueden percibir los expertos en esta música. Una interesante y preciosa historia la de sus letras. Eso, una.



(¿75 discos? ¿75 ruedas de churros?)

¿Composición musical? Hablamos de música, ¿no? Cuando escuchamos unos acordes que proceden del country, el cerebro nos traslada a lugares concretos que hemos asimilado como parte de nuestra otra cultura. Nos agrada esa traslación cultural, pero solo para contextualizar. El mismo efecto podrían haber producido los acordes ejecutados por un sitar en la India. Con una es suficiente.

Lo siento, pero me pasa como con los cantautores: que produzcan veinte o treinta discos, y a lo mejor extraeré un par de temas que me interesen (y me leeré veinte o treinta libros de poemas suyos sin ningún problema). Pero no me pidan que me fume un disco entero. Composiciones basadas en los tres mismos acordes de siempre con la única variación, en aquellas canciones un tanto mejor construidas, de un cambio de tono con el que se repite el estribillo una y otra vez hasta la extenuación y un cambio de ritmo al galope de un caballo que ni siquiera tiene el interés de ir desbocado.

(¿75 discos? ¿75 ruedas de churros?)

Digo yo, que esto de la música va, por encima de todo, sobre música. Y es que en cuanto a música, instrumentación, hay poca cosa: la música se convierte en una excusa para plasmar historias. ¿No será mejor escribir un libro? Sin duda, sería leído con gran entusiasmo.

No obstante, siempre queda la libertad de opinión sobre el arte, que para eso es arte. O esta es la mejor música del mundo o la majadería más grande jamás escuchada.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Record-mendaciones: grunge, un toque semiprogresivo y mucho rock and roll

Lightning Bolt de Pearl Jam: Sigue dando jugo. Quizás no sea el mejor disco de la mejor banda grunge de la historia, probablemente no, seguramente no. Pero la esencia de la mermelada de perla está justo aquí: esos medios tiempos emocionantes y contradictorios, que nos hacen ser felices al mismo tiempo que se nos cae una lágrima. Puro sello Eddie Vedder y Cía.



World on fire de Slash: Caminando en buena compañía. En realidad, esta es una doble recomendación: Slash, un disco de 2010 de colaboraciones, aunque muy logrado, y World on fire, en el que definitivamente al músico se ha unido Myles Kennedy formando perfecta conjunción. Alejado ya de la órbita que suponía Guns N´Roses, el peluche de Slash demuestra, si es que tenía algo que demostrar, que está en forma, como cuando de sus dedos brotaron auténticos clásicos como Mr. Brownstone o Nightrain. En esta etapa de su vida no quiere ni oír hablar de la reunión con los gunners, ese simulacro actual mal ejecutado liderado por el juguete roto que es Axl en la actualidad.



The Essential de Richie Kotzen: Cuerda para rato. Desde hace ya años conocíamos a este virtuoso guitarrista. Pero para este blog ha sido una sorpresa muy emocionante poder prestar oídos, primero, a su trabajo con The Winery Dogs, donde mostraba también su talento a la voz; y ahora, este disco recopilatorio (con parte eléctrica y acústica). Un rock básico hecho y mostrado con mucha maestría, cada acorde en su sitio, sin florituras pero intenso. Zas en toda la boca para los que piensan que los virtuosos solo hacen música para otros músicos.



Second Nature de Flying Colors: Sobrevolando horizontes. El segundo trabajo de esta superbanda, apelativo un tanto manido últimamente, es otro trabajo para enmarcar. Eso sí, tras la reiterada escucha de esta obra, nos atreveríamos a decir que la senda compositiva estuvo marcada por algunos componentes más que por otros (léanse Neal Morse y Mike Portnoy). Y eso se nota. Este segundo trabajo tiende más a la onda progresiva en detrimento del asombroso y atractivo eclecticismo de su ópera prima. Si exceptuamos el segundo tema Mask Machine, una creación que podía haber encajado perfectamente en el álbum debut, este trabajo toma esos derroteros, inevitables por otra parte. No obstante, es una obra accesible, ya que no abandona nunca el matiz comercial añadido, entre otros, por el cantante Casey MacPherson. El tiempo pondrá esta creación en el lugar que le corresponde, bien alto.



Lazaretto de Jack White: Como en madera y yeso. El exmiembro de los White Stripes lanza su segundo disco con resultados contradictorios. Al del look a lo Tim Burton, esto de la música a veces se le va de las manos. Da la impresión de que intenta cubrir algunas carencias musicales mezclando diferentes estilos, desde el folk hasta el garage, pasando por el blues o el country, la sicodelia o el poprock británico, o tiñendo sus creaciones con efectos de pedalera (¿intento de ser top trending?). Sin embargo, ha conseguido captar nuestra atención y, aunque no sea un disco cohesionado, vale la pena darle una oportunidad porque tiene cortes muy agradables al oído, producto de su maravillosa mente inquieta.




Shine de Bernie Marsden: La sombra de la serpiente es muy alargada. Acercarse al disco de Bernie sin mostrar una sonrisa cómplice en la boca es muy difícil. El viejo zorro ha creado aquí lo que pudo haber sido el álbum que precediese al Saints & Sinners de Whitesnake. Una humilde y apenas promocionada pero formidable obra, que registra los ritmos rockanroleros y bluesies propios de la época británica de la Serpiente Blanca, al que se le suman baladas, medios tiempos y un toque de AOR. Colaboraciones de lujo como Joe Bonamassa o los purple Ian Paice y Don Airey. Pero el guiño está claro cuando David Coverdale acepta de buen grado, tras su renovada amistad, revisar en este disco uno de los clásicos creados conjuntamente allá por el año 1978: Trouble.